Querida Mónica, feliz cumple
El 4 de junio, hace días, participé en la celebración del Día de la Maestra y el Maestro, organizado por el Grupo Interno Coordinador del SITUAM, en la unidad Iztapalapa de la UAM. Allí presenté de manera puntual lo que se había publicado en estas páginas el día 31 de mayo 2026 (La desposesión cognitiva. ¿Las tecnologías comienzan a pensar por nosotros?). Lo que ahora presento es una continuidad a propósito de algunas reflexiones finales. Al menos aquí va parte de una respuesta (seguirá otra) a los comentarios e interrogantes.
I
Para tomar camino, recordemos lo que señalaba Beatriz Martínez García, que la “mutación cultural”, se constituye por distintas dimensiones: “repliegue de las grandes ideologías, el debilitamiento de los lazos solidarios, la desaparición de referentes tradicionales y la globalización de la economía. El trabajo, por otra parte, presenta nuevas formas que han impactado en la vida del hombre, como el teletrabajo, los contratos laborales cortos, el desempleo extendido a lo largo del tiempo, el cambio de trabajo a lo largo de la vida, las nuevas formas de contratación (por ejemplo, la tercerización), y han surgido nuevos conceptos como el de empleabilidad” (Martínez García, 2005). Parece una historia viejita, pero está plenamente incrustada en la situación actual. Hagamos un ejercicio hacia atrás, con base en las revoluciones industriales, para apoyar los argumentos que queremos destacar. Enunciemos brevemente en el siguiente cuadro parte de lo que es necesario incorporar para pensar en el impacto de las tecnologías en el trabajo, a lo que trataremos aun de manera sucinta de llenar de contenido.

Relacionando estos períodos de cambios tecnológicos significativos con las mutaciones en el trabajo, como se aprecia en la siguiente gráfica, en los siglos XIX y XX se vive una tendencia sistemática a la caída en las actividades en agricultura y minería. No significa dejar de comer, porque justamente los avances tecnológicos disminuyeron la necesidad de fuerza de trabajo en los campos del mundo, en particular de la realidad en Estados Unidos, como se aprecia.

Ahora, volteemos a ver el caso mexicano. Nos encontramos con similitudes notables en donde, como en el caso estadounidense, cae la presencia de fuerza de trabajo en actividades rurales (el sector primario), las actividades manufactureras se mantienen (sector secundario), en tanto se aprecia un crecimiento significativo en el sector terciario. Insistimos, las correspondencias entre los cambios tecnológicos y las mutaciones en el mundo del trabajo se aprecian claramente.
Población Económicamente Activa según sector de actividad

Las dos gráficas precedentes permiten observar las transformaciones acumuladas de más de dos siglos de innovación tecnológica. Sin embargo, la lectura por sectores económicos tiene una limitación: muestra dónde trabajan las personas, pero no permite observar qué ocurre con las ocupaciones concretas. Para comprender los alcances de la cuarta revolución industrial resulta necesario descender a la escala de los oficios, profesiones y actividades específicas que comienzan a ser impactadas por la inteligencia artificial. Lo que sí es que las gráficas expuestas nos permiten observar un fenómeno de larga duración que rebasa coyunturas nacionales específicas. Tanto en el caso estadounidense como en el mexicano se aprecia una tendencia persistente: disminuye el peso relativo de la fuerza de trabajo vinculada a las actividades agropecuarias y extractivas, las actividades industriales mantienen una presencia importante -aunque sin el dinamismo expansivo que caracterizó otras épocas- y el sector servicios se convierte progresivamente en el principal espacio de ocupación laboral.
Estas transformaciones constituyen la expresión histórica de los cambios tecnológicos asociados a las distintas revoluciones industriales. La primera revolución industrial (1760-1840), basada en la mecanización y la máquina de vapor, inició el desplazamiento masivo de trabajadores desde el campo hacia las ciudades. La agricultura comenzó a requerir proporcionalmente menos fuerza de trabajo, mientras la manufactura industrial absorbía crecientes contingentes de población.
La segunda revolución industrial (1870-1914), caracterizada por la electricidad, la producción en serie, la química industrial y los motores de combustión interna, profundizó este proceso. La productividad agrícola siguió incrementándose y la gran fábrica se convirtió en el centro organizador de la vida económica y social.
La tercera revolución industrial (1969-2000), asociada a la electrónica, la informática, las telecomunicaciones y la automatización, introdujo nuevas mutaciones. Si bien la industria continuó siendo estratégica, comenzó a requerir menos trabajadores para producir mayores volúmenes de mercancías. La automatización desplazó numerosas tareas repetitivas y favoreció el crecimiento del sector terciario.
Finalmente, la cuarta revolución industrial (2000-presente), sustentada en la inteligencia artificial, la robótica avanzada, el big data, el internet de las cosas y las plataformas digitales, parece estar alterando incluso el patrón histórico observado durante las etapas anteriores. Si las revoluciones industriales precedentes desplazaron trabajadores desde la agricultura hacia la industria y posteriormente hacia los servicios, la revolución actual comienza a cuestionar la estabilidad de los propios servicios, incluyendo aquellos que durante décadas se consideraron relativamente protegidos debido a su contenido intelectual o creativo.
Por ello, las dos primeras gráficas son la condensación de más de dos siglos de innovación tecnológica. Lo que observamos no es únicamente una redistribución sectorial de la fuerza de trabajo, sino una modificación constante de las actividades humanas consideradas necesarias, productivas y económicamente valiosas. En la condición moderna, señalan los estudiosos sobre la cuarta revolución industrial, en particular la IA propone la fragmentación, el trabajo individual. En esas nos encontramos, con perplejidad incluida.
Respecto al cambio de paradigma, “nos está tocando un momento singular en la historia de la humanidad; aquel en el que somos superados intelectualmente”, señala José Ignacio Latorre, físico teórico.
Ubicando los períodos destacados en la línea del tiempo expuesta, nos encontramos en un presente altamente complejo, en el que de entrada las actividades repetitivas, monótonas, esas que describía meticulosamente H. Braverman -catalogándolas en la síntesis de la “degradación del trabajo en el siglo XX”- vuelven a vivir el apretón de tuercas del desplazamiento laboral.
No obstante, con matices, Sofía Scassera hace un apunte que debe ser considerado: no nos van a desplazar las máquinas; la construcción colectiva del miedo al desplazamiento es más para el disciplinamiento social.
Pero el crecimiento del desempleo, haciendo una lectura particular sobre el crecimiento del sector informal, permite comprender lo apuntado por Claudio Martínez, de que los cambios tecnológicos en la coyuntura actual no permiten ocupar un hueco en las condiciones del mercado de trabajo. De nuevo retomando a Martínez: la IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo.
La cuestión ya no consiste únicamente en reemplazar brazos, sino funciones cerebrales. En este sentido, hemos documentado parte de los problemas: los casos de los locutores en la radio, periodistas en espacios que parecían intocables, las huelgas de los guionistas y actores en Hollywood y las aplicaciones en los trabajos de las granjas californianas.
Recordemos lo expuesto en El Universal (05/08/2023): Comentábamos colaboraciones atrás, de que “Sorprende un robot con IA (Inteligencia Artificial) que resuelve el trabajo de 30 personas en una granja”, conquistando el corazón del granjero de California. Después sorprendía Google anunciando la aplicación de IA para la elaboración de artículos periodísticos (gulp). No acabábamos de dar vuelta a la hoja del calendario cuando en los periódicos se comenzó a hablar de la huelga de actores, articulada a la de los guionistas en Estados Unidos, atentos frente a “la destrucción de trabajo y el extractivismo digital, a combatir con regulación” (Varsavsky, 2023).
Ahora desde Polonia, sin bombos ni platillos, sino en una emisión radial de prueba que seguramente llegó para quedarse […] se anuncia sobre el primer programa de radio presentado por una IA, que comenzó sus emisiones este fin de semana, con un aviso que no es ninguna garantía: “ningún empleado será sustituido por una inteligencia artificial” (esto lo señaló el editor jefe de la emisora, Rafal Kurowski -Inicia la era de la radio inteligente: emiten el primer programa presentado por IA. Forbes Staff 24/07/2023).
En el conjunto de casos se aprecia el avance, en potencia y de facto, de la expulsión de fuerza de trabajo, lo que está estrechamente ligado a la conversión del proceso científico/tecnológico, con el correlato de una disminución significativa en el número de trabajadores ocupados. Esto tiene a su vez implicaciones en la reducción de la fuerza de las organizaciones de los trabajadores. Si avanza el proceso de extractivismo digital que pretenden imponer las corporaciones cinematográficas es porque la innovación tecnológica posibilita y contribuye en la descalificación del trabajo, es decir, permitirá –si prospera la estrategia empresarial- la contratación de trabajadores en el futuro descalificados (y desvalorizados). La lucha de los actores y guionistas tiene como objeto regular las condiciones en que se realizan sus respectivos procesos de trabajo y mantener, en consecuencia, los controles para el acceso del oficio”.
Es lo que ha llevado a los estudiosos en el mundo del trabajo a preguntarse: ¿hacia dónde va el trabajo humano? Siguiendo esa línea de exploración, veamos con atención la siguiente gráfica; se valen los estremecimientos y los ejercicios de espejo.

La tercera gráfica permite observar este desplazamiento con mayor precisión. Ya no estamos frente a una discusión abstracta sobre sectores económicos, sino ante actividades laborales concretas. Lo que aparece en ella son ocupaciones específicas cuya vulnerabilidad frente a la automatización, la inteligencia artificial y los sistemas algorítmicos comienza a hacerse visible.
Durante buena parte del siglo XX se asumió que los trabajos vinculados al conocimiento, la creatividad, la comunicación o la toma de decisiones permanecerían relativamente protegidos frente a la automatización. Las máquinas podían sustituir fuerza física, pero no capacidades intelectuales complejas. Hoy ese supuesto comienza a resquebrajarse.
Los casos de periodistas, locutores, programadores, traductores, diseñadores, asistentes administrativos, actores, guionistas e incluso analistas especializados muestran que la discusión ya no se limita al trabajo manual. Nos encontramos frente a una disputa por espacios tradicionalmente reservados al trabajo cognitivo.
Nuestro profesor de UAM Xochimilco, Enrique Guinsberg, exploró sistemáticamente cómo el control de los medios se concretaba en el control del hombre. Desde esa óptica, el control de los cuerpos se materializa en el control del hombre.
Traigamos a la discusión a Francisco Piñón cuando apuntaba que “uno mismo es el que se sujeta dentro de un sistema y dentro de una mentalidad, y ésta se convierte en una inmensa tela de araña” (Piñón, 2001).
Sin desdeñar su relieve, asistimos a algo todavía más invasivo. “Hoy vivimos presos en una caverna digital, aunque creamos que estamos en libertad. Nos encontramos encadenados a la pantalla digital [...] La caverna digital nos mantiene atrapados en la información. La luz de la verdad se apaga por completo” (Han, 2022). Las desventuras por no leer, no criticar, no comprender, ser anulados, “sujetos dóciles” en términos de Michel Foucault, ahora enmarcados en pantalla completa y enredados digitalmente, tienen sus consecuencias. O para rematarlo con Martínez: “Si el algoritmo manda, manda el que escribe el algoritmo”.
Este mismo autor ponía el caso de los programadores, esos armadores de la inteligencia artificial que observan cómo sus propias creaciones empiezan a desplazarlos. De herramienta útil a hacer mi trabajo mejor que yo. Para comprender sus alcances, se calcula que hacia el año 2050 convivirán aproximadamente 650 millones de humanoides en el mundo, con profundas implicaciones para el trabajo, la vida cotidiana y la vigilancia masiva.
En prospectiva, hagamos el ejercicio de imaginar el futuro que nos aguarda y que se está construyendo día a día, con el apoyo de lo que se enunció en la última gráfica expuesta.
II
Activamos una reflexión, a partir de mirarnos hacia adentro, reconociendo que en general somos docentes de nivel superior en México que no fuimos inicialmente habilitados para ejercer docencia a ese nivel. Se comentaba que nos vamos formando sobre la marcha, y que, en la situación actual, ¿cómo haremos para incorporar la IA como herramienta?, no para que les estudiantes se sometan a ella, en el amplio sentido. Se agrega a esta circunstancia específica el que somos más de 8,000 millones de personas -se planteaba-, gruesamente el 44% está debajo de la línea de pobreza, ¿cómo la IA, sus demonios y esperanza, les alcanza? -interrogaban-. Intento acercarme al problema.
La expansión de las tecnologías digitales constituye uno de los procesos más profundos de transformación social de las últimas décadas. Lejos de tratarse de un fenómeno restringido a determinados sectores sociales o a grupos privilegiados, la digitalización se ha extendido de manera constante hasta convertirse en un componente estructural de la vida cotidiana. El acceso a internet, los teléfonos inteligentes, las plataformas digitales y las redes sociales forman parte de una nueva ecología social que atraviesa el trabajo, el consumo, el entretenimiento, la información, la comunicación y, desde luego, la educación.
Los datos aportados por la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (INEGI, 2024) permiten observar con claridad esta tendencia. A nivel nacional, el 93.91% de la población dispone de teléfono celular o smartphone, mientras que el 74.67% cuenta con acceso a internet. Incluso la computadora o laptop, un bien históricamente asociado a mayores niveles de ingreso, se encuentra presente en el 38.16% de los hogares. Estas cifras muestran que la digitalización, en su conjunto, ya no puede ser considerada un fenómeno marginal o exclusivo de determinados grupos sociales.
Sin embargo, la expansión tecnológica no elimina las desigualdades históricas. Considerando localidades de acuerdo a la población, lo que conlleva condición de urbana o rural, los mismos datos revelan diferencias significativas entre territorios y condiciones sociales. En localidades de entre uno y 9,999 habitantes, únicamente el 55.20% dispone de acceso a internet y apenas el 19.22% cuenta con computadora o laptop. En contraste, en localidades de 10,000 habitantes o más, el acceso a internet alcanza el 83.91% y la disponibilidad de computadoras llega al 47.15%. Se matiza la brecha con el acceso al celular. En las localidades más grandes, en general, se accede en un 96.41%, mientras que en las localidades más pequeñas, en general también, se tiene un acceso en el orden de 88.64%.
Estas diferencias expresan que la llamada brecha digital continúa existiendo, pero bajo nuevas formas. Ya no se trata únicamente de la exclusión absoluta del acceso tecnológico, sino de grados diferenciados de incorporación a la cultura digital. Mientras algunos sectores participan de manera intensiva mediante múltiples dispositivos, conexiones permanentes y competencias tecnológicas avanzadas, otros acceden de forma más limitada, precaria o intermitente, lo wque se matiza con el uso diferenciado de las tecnologías.
Así, lo relevante es que incluso los grupos históricamente excluidos forman parte de este proceso. La pobreza ya no implica necesariamente desconexión absoluta. Los teléfonos inteligentes han penetrado prácticamente todos los estratos sociales, convirtiéndose en la puerta de entrada principal al mundo digital. La digitalización alcanza a los sectores populares, aunque lo haga en condiciones distintas a las experimentadas por los grupos de mayores ingresos. Se configura así una ciudadanía digital estratificada, donde las diferencias no radican exclusivamente en estar dentro o fuera de la red, sino en las condiciones materiales y culturales bajo las cuales se participa en ella.
Este proceso debe analizarse también desde una perspectiva cultural y política. Como señala Byung-Chul Han: “En contraste con la intocable telepantalla del Big Brother, la pantalla táctil inteligente hace que todo esté disponible y sea consumible. De ese modo, se crea la ilusión de la ‘libertad de la yema de los dedos’. En el régimen de la información, ser libre no significa actuar, sino hacer clic, dar al like y postear. Así, apenas encuentra resistencia. No debe temer a ninguna revolución. Los dedos no son capaces de actuar en sentido enfático, como las manos. No son más que un órgano de elección consumista” (Han, 2022).
La observación de Han permite comprender que la expansión tecnológica no constituye únicamente un incremento de dispositivos disponibles, sino una transformación profunda de las formas de interacción social. El sujeto contemporáneo participa crecientemente mediante interfaces digitales que median buena parte de sus experiencias cotidianas.
En esta misma línea, se ha señalado que el problema central no reside en la mera presencia de los medios digitales, sino en las estructuras económicas y políticas que controlan la producción, selección y circulación de contenidos. Como advierte Marcos Roitman, detrás de las plataformas digitales se encuentran actores corporativos vinculados a los grandes centros de poder económico global, configurando nuevas formas de influencia cultural e ideológica.
Han profundiza esta reflexión cuando sostiene que “los aparatos digitales traen una nueva coacción, una nueva esclavitud. Nos explotan de manera más eficiente por cuanto, en virtud de su movilidad, transforman todo lugar en un puesto de trabajo y todo tiempo es un tiempo de trabajo. La libertad de la movilidad se trueca en la coacción fatal de tener que trabajar en todas partes” (Han, 2014).
La pandemia aceleró de manera extraordinaria estas tendencias. Como señala Paul B. Preciado: “Esta mutación se ha extendido y amplificado más durante la gestión de la crisis de la Covid-19: nuestras máquinas portátiles de telecomunicación son nuestros nuevos carceleros y nuestros interiores domésticos se han convertido en la prisión blanda y ultraconectada del futuro” (Preciado, 2020:183).
La experiencia del confinamiento mostró que la digitalización no era una posibilidad futura, sino una realidad instalada. Trabajo, educación, consumo, trámites gubernamentales y relaciones personales migraron masivamente hacia entornos virtuales.
La magnitud de este fenómeno puede apreciarse también a escala global. Según Kepios (2023), existen más de 4,888 millones de usuarios de redes sociales en el mundo. Facebook supera los 3,030 millones de usuarios y TikTok mantiene tasas aceleradas de crecimiento. El 60.6% de la población mundial utiliza redes sociales y las personas dedican en promedio dos horas y veintiséis minutos diarios a estas plataformas. Asimismo, el uso de redes sociales representa más de un tercio del tiempo total que los usuarios permanecen conectados a internet (GWI, 2021).
No se trata, por tanto, de una moda pasajera ni de un fenómeno coyuntural. Estamos frente a una transformación estructural de la organización social contemporánea. Como afirma Preciado, “estamos pasando de una sociedad escrita a una sociedad ciberoral, de una sociedad orgánica a una sociedad digital, de una economía industrial a una economía inmaterial, de una forma de control disciplinario y arquitectónico, a formas de control microprostéticas y mediático cibernéticas” (Preciado, 2020).
Es precisamente en este contexto donde surge una problemática particularmente relevante para las universidades públicas mexicanas, y para la Universidad Autónoma Metropolitana en particular. La cultura digital atraviesa por igual a estudiantes y profesores, pero no necesariamente de la misma manera. Existe una diferencia generacional y formativa que produce tensiones concretas dentro del aula universitaria.
Históricamente, los profesores universitarios mexicanos fueron contratados por sus conocimientos especializados en disciplinas específicas. Ingenieros, economistas, sociólogos, administradores, biólogos, médicos o físicos llegaron a las aulas por su formación profesional y por sus trayectorias académicas. La mayoría no fue formada originalmente para ejercer la docencia. Aprendieron a enseñar mediante la práctica, la experiencia acumulada y diversos programas de actualización pedagógica desarrollados posteriormente por las instituciones. Esta situación no implica descalificar el trabajo docente universitario. Significa reconocer una condición estructural de la educación superior mexicana: la formación disciplinaria precede habitualmente a la formación pedagógica.
La irrupción acelerada de las tecnologías digitales complejizó aún más este escenario. Una parte importante del profesorado desarrolló su trayectoria académica en un contexto previo a internet, a las redes sociales, a los teléfonos inteligentes y a las plataformas de aprendizaje virtual. Su proceso de apropiación tecnológica ha sido gradual y, en muchos casos, posterior a la formación profesional inicial.
Los estudiantes, en cambio, nacieron y crecieron en entornos profundamente digitalizados. Su socialización cotidiana se encuentra atravesada por dispositivos móviles, redes sociales, plataformas audiovisuales, motores de búsqueda, inteligencia artificial y múltiples formas de interacción digital. Aunque ello no los convierte automáticamente en sujetos críticos o expertos tecnológicos, sí los sitúa en una relación más inmediata y naturalizada con estas herramientas. La tensión queda sintetizada en la observación de Aguilar: “el analfabeto digital (docente) debe enseñar al erudito tecnológico del siglo XXI (estudiante) […] la pandemia actual provocada por la COVID19 obligó de manera abrupta a cambiar el proceso de enseñanza y aprendizaje presencial a un escenario virtual sin considerar el contexto de las comunidades educativas” (Aguilar, 2020).
La formulación puede resultar provocadora, pero señala un problema real. La universidad contemporánea enfrenta el desafío de articular dos universos culturales parcialmente distintos: el de profesores cuya socialización profesional ocurrió antes de la consolidación de la cultura digital y el de estudiantes que han construido buena parte de su experiencia vital dentro de ella.
La pandemia visibilizó esta situación de manera dramática. Muchos docentes tuvieron que aprender en cuestión de semanas el manejo de plataformas virtuales, sistemas de videoconferencia, herramientas colaborativas y recursos digitales que hasta entonces ocupaban un lugar secundario en sus prácticas educativas. Al mismo tiempo, los estudiantes debieron adaptarse a formas de aprendizaje mediadas tecnológicamente que tampoco estaban exentas de limitaciones y desigualdades.
Por ello, la discusión sobre la digitalización universitaria no puede reducirse a la disponibilidad de equipos o conectividad. El desafío es también cultural, pedagógico y generacional. Supone revisar las formas de enseñanza, los modelos de interacción en el aula, los mecanismos de producción del conocimiento y las estrategias de formación docente.
La evidencia presentada muestra que la digitalización continúa expandiéndose sin pausa. Alcanza tanto a los sectores privilegiados como a los grupos en condiciones de pobreza; penetra las grandes ciudades y las pequeñas localidades; transforma el trabajo, la vida cotidiana y la educación. La Universidad Autónoma Metropolitana no se encuentra al margen de esta dinámica. Por el contrario, constituye uno de los espacios donde las tensiones de esta transformación se expresan con mayor claridad.
La cuestión ya no consiste en determinar si la cultura digital llegará a la universidad. Esa llegada ocurrió hace tiempo. El problema consiste en comprender sus implicaciones, reducir las desigualdades que reproduce y construir capacidades pedagógicas que permitan aprovechar críticamente sus posibilidades sin ignorar los riesgos que acompañan a la expansión de la sociedad digital.
PS. Palestina libre
(Profesor UAM) alexpinosa@hotmail.com

