Indio Solari († 2026): “La maffia es el sistema, el dueño del imperio, las corporaciones que gobiernan,

y que gobiernan el mundo a través de la tecnocracia

[…] Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”

Las descalificaciones lanzadas por Javier Milei (presidente de Argentina) contra el Papa Francisco y los cuestionamientos formulados por Peter Thiel (Palantir-Silicon Valley) y Donald Trump hacia el Papa León XIV no son episodios aislados ni simples diferencias de opinión. Detrás de ellas se encuentra una confrontación ideológica de fondo que atraviesa buena parte del escenario político contemporáneo: la disputa entre una visión ultraliberal e individualista de la sociedad y una tradición eclesial que insiste en la justicia social, la solidaridad, el bien común y la responsabilidad colectiva frente a la desigualdad. En este sentido no es ocioso recordar a M. Thatcher, con su argumento de que “no existe tal cosa como la sociedad", y entender su impronta en los modernos ultraderechistas.

Aunque los contextos nacionales y las trayectorias personales sean distintos, Milei, Thiel y Trump coinciden en un punto fundamental: reaccionan con particular hostilidad cuando la Iglesia abandona un papel exclusivamente espiritual y se pronuncia sobre los efectos sociales de la concentración de la riqueza, la exclusión, la pobreza o el poder de las grandes corporaciones.

I. Antes de llegar a la presidencia argentina, Javier Milei calificó reiteradamente al Papa Francisco como “el representante del maligno en la Tierra”, acusándolo de promover el comunismo y de defender una concepción de la justicia social que el propio Milei consideraba un “robo”. El aún no presidente sostenía que el pontífice estaba “parado del lado del mal” y que sus orientaciones contravenían incluso los Diez Mandamientos.

Más allá del tono agresivo de las declaraciones, el centro de la crítica no era sustancialmente religioso sino político y social. Lo que se cuestiona desde el discurso de la ultraderecha apunta a los pilares de la doctrina social de la Iglesia: la idea de que la riqueza debe estar subordinada al bien común, de que las sociedades tienen obligaciones hacia los sectores más vulnerables y de que la economía no puede reducirse exclusivamente a la lógica del mercado. La condena a la “justicia social” expresa, en realidad, el rechazo a cualquier principio redistributivo que limite la acumulación privada o que coloque la solidaridad por encima de la competencia individual.

La distancia entre ambas visiones resulta evidente al revisar algunas de las principales intervenciones de Francisco. En la encíclica Laudato Si’, el pontífice denunció la explotación irresponsable de la naturaleza y llamó a proteger la “casa común”, subrayando la relación entre degradación ambiental y exclusión social. Frente a ello, Milei ha sostenido posiciones radicalmente distintas, defendiendo una confianza casi absoluta en los mecanismos de mercado para resolver incluso los problemas ecológicos.

Algo similar ocurre con Fratelli Tutti, donde Francisco advirtió sobre los riesgos de la concentración de poder en las plataformas digitales y sobre las nuevas formas de manipulación de las conciencias en el entorno tecnológico. Allí también aparece una diferencia profunda con el pensamiento libertario, que suele contemplar el avance tecnológico como un fenómeno que debe desarrollarse con mínimas restricciones regulatorias.

Las posturas del Papa Francisco fueron criticadas virulentamente por Milei: “habría que informarle al imbécil ese que está en Roma”; el “maligno en la Tierra, ocupando el trono de la casa de Dios”, “promueve el pobrismo”, con ese término que se oye dulce de la justicia social; “impresentable que está en Roma”, que impulsa el “comunismo”, el “bien común”. Todo esto bajo la premisa de que “mi enemigo es el socialismo”, “el colectivismo”, y el Estado, pues es la materialización del maligno, una organización criminal. Esto lo planteaba Milei, que se asumía (se asume aún) como el elegido (en últimas encuestas de opinión comienza a despuntar la sensación de que Milei padece de afecciones mentales, lectura incluso presente en sus propios votantes), recibiendo señales en ese sentido.

II. La confrontación adquiere nuevas dimensiones con León XIV. Desde el inicio de su pontificado, el nuevo Papa ha colocado en el centro de sus preocupaciones el impacto social de la inteligencia artificial y la creciente concentración del poder tecnológico. Esa postura ha generado fuertes tensiones con sectores empresariales vinculados a Silicon Valley.

Peter Thiel, uno de los empresarios más influyentes del ecosistema tecnológico estadounidense, representa con claridad esa reacción. La disputa entre ambos no gira exclusivamente en torno a la tecnología, sino alrededor de una cuestión más amplia: quién debe controlar los recursos estratégicos del siglo XXI y bajo qué criterios éticos deben utilizarse.

La confrontación entre Thiel y León XIV expresa una disputa que trasciende el ámbito religioso. El magnate tecnológico cuestiona la resistencia del Vaticano a una expansión sin límites de la inteligencia artificial y a la concentración de poder en manos de las grandes corporaciones tecnológicas. Desde su perspectiva, los llamados papales a la regulación de la IA y a la subordinación de la tecnología al bien común constituyen obstáculos para el liderazgo global de Occidente -un lazo articulador con Trump-. En contraste, León XIV sostiene que los avances tecnológicos deben estar sometidos a criterios éticos y orientados a la dignidad humana, evitando que una minoría de actores privados concentre capacidades de decisión superiores incluso a las de numerosos Estados.

Esta preocupación quedó expresada con claridad en la encíclica Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026), donde León XIV advierte que la inteligencia artificial y la digitalización están transformando aceleradamente la vida humana y que el creciente protagonismo de actores privados transnacionales plantea desafíos inéditos para la democracia, la soberanía y el bien común.

Thiel ha llegado a referirse al pontífice como una encarnación del Anticristo debido a sus posiciones respecto de la inteligencia artificial y la desigualdad económica. El Papa León XIV ha sostenido que el desarrollo tecnológico debe ser regulado para proteger a la humanidad y evitar la consolidación de una minoría de élites tecnológicas con poder desmedido. Frente a ello, Thiel interpreta esos llamados a la regulación como expresiones de una lógica de control centralizado que obstaculiza el avance tecnológico.

Nuevamente, la discusión rebasa el terreno estrictamente tecnológico. Lo que está en juego es una disputa acerca de los límites éticos del poder económico y sobre la responsabilidad social de quienes concentran recursos, conocimiento y capacidad de decisión. La preocupación del pontífice por los efectos de la inteligencia artificial sobre la desigualdad y la exclusión social representa una continuidad de la tradición social cristiana, mientras que la reacción de Thiel expresa una visión profundamente individualista que privilegia la libertad irrestricta de las élites económicas y tecnológicas.

La crítica del magnate tecnológico Peter Thiel frente al discurso de la justicia social y el progresismo de la Iglesia se centra en su visión del "Anticristo" y la teoría mimética. Thiel argumenta que la Iglesia fomenta un igualitarismo nivelador y promueve una gobernanza global pacifista que, paradójicamente, allana el camino para formas modernas de autoritarismo y control social.

Su crítica al igualitarismo nivelador tiene una base material. Recordemos a Marx: “El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”. Sin dogmatismos, esto viene a cuento para aplicarlo a P. Thiel, y el (in) discreto encanto de la burguesía: adquirió una mansión en Buenos Aires, que costó 12 millones de dólares, que en México asciende a casi 210 millones de pesos mexicanos (para evitar el molesto hacinamiento, la casa cuenta con más de 1.600 metros cuadrados cubiertos con todas las comodidades). Aparte de eso, compró en Uruguay cinco lotes por 10 millones de dólares, cerca de Punta del Este (¡Qué viva la meritocracia, y los contratos con el Pentágono!).

III. Vamos ahora con Trump, en su disputa con León XIV. La controversia también alcanza a Donald Trump. Las diferencias entre el mandatario estadounidense y León XIV se han manifestado en cuestiones vinculadas a la política internacional, la migración, los conflictos armados y la justicia social. Trump ha criticado al pontífice por considerar que sus posiciones son excesivamente liberales y por cuestionar determinadas estrategias geopolíticas impulsadas desde Washington.

Las opiniones de Trump sobre el pontífice han sido rígidamente confrontadas. El presidente estadounidense lo ha tachado públicamente de "muy liberal" y "débil ante el crimen", sugiriendo que debería centrarse en la religión y no en la política. Trump llegó a afirmar que el Papa simpatiza con sectores de la "izquierda radical".

Un origen clave de la confrontación Trump-León XIV se circunscribe a Irán, en particular cuando Trump señaló que "una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás", que a Irán va a "hacerlo retroceder a la Edad de Piedra”, señalando a manera de justificación que los integrantes de la cúpula gobernante de Irán son "salvajes" y "bárbaros".

El tema nuclear es el epicentro de la disputa. Trump ha criticado duramente la oposición del Papa a los conflictos bélicos y al embargo contra Irán, señalando que las posturas del pontífice "ponen en peligro a muchos católicos" al insinuar, según el mandatario, que sería aceptable -desde la perspectiva del Vaticano- que el gobierno iraní posea un arma nuclear.

Otro aspecto de rispidez en las relaciones diplomáticas entre USA y el Vaticano apuntan hacia Israel y Oriente Medio. La postura de Trump está anclada en un respaldo militar y diplomático incondicional a Israel, lo que ha generado tensiones recientes. Aunque su meta principal es contener la influencia de Irán en la región, su relación con el primer ministro Benjamin Netanyahu ha enfrentado fricciones. Recientemente, Trump ha presionado de manera enérgica para asegurar un alto el fuego y frenar las ofensivas israelíes en Líbano, buscando priorizar y acelerar las negociaciones con Irán y evitar una escalada total.

IV. El punto de encuentro entre las críticas de Milei, Thiel y Trump aparece con especial claridad en su rechazo a la noción de justicia social. Milei la ha definido reiteradamente como una forma de despojo institucionalizado, incompatible con la propiedad privada y la libertad individual. Thiel, por su parte, observa en los discursos contemporáneos sobre igualdad y justicia social expresiones de un igualitarismo que, según él, termina limitando la innovación y el desarrollo tecnológico. Trump comparte buena parte de esa visión al privilegiar soluciones de mercado frente a las políticas redistributivas.

Frente a ello, tanto Francisco como León XIV recuperan una tradición histórica de la Iglesia que se remonta a Rerum Novarum y que sostiene que la economía debe estar subordinada a la dignidad humana. En esa perspectiva, el mercado constituye una herramienta importante, pero no puede convertirse en el criterio supremo de organización de la vida social (aclaro que no pertenezco a ninguna orden de la “vela perpetua”, recordando a Eduardo del Río, Rius).

Por ello, las descalificaciones dirigidas contra Francisco y León XIV pueden interpretarse como parte de una ofensiva más amplia contra las tradiciones éticas y políticas que defienden la cohesión social. Lo que incomoda no es una cuestión doctrinal estrictamente religiosa, sino la persistencia de una voz que cuestiona los efectos destructivos de ciertas formas de acumulación económica, denuncia la desigualdad creciente y reclama responsabilidades frente al sufrimiento humano.

En última instancia, la controversia revela la existencia de dos proyectos de sociedad profundamente distintos. De un lado, una visión que exalta el individualismo competitivo, la supremacía del mercado y la reducción de las regulaciones públicas. Del otro, una tradición que insiste en la solidaridad, la justicia social, la protección de los más vulnerables y la subordinación de la economía y la tecnología a fines humanos.

Esa diferencia de horizonte explica la intensidad de los ataques contra Francisco y León XIV. Y ayuda a comprender por qué, detrás de las polémicas coyunturales, se desarrolla una disputa mucho más profunda acerca del tipo de civilización que se pretende construir en el siglo XXI

Así, en su conjunto, las partes ligadas a Milei, Thiel y Trump permiten revisar el escenario y advertir una misma línea transversal de ensamble. Tanto Milei como Thiel reaccionan con especial virulencia cuando la Iglesia, desde su perspectiva, abandona una función meramente espiritual y se pronuncia sobre las consecuencias sociales de la concentración de la riqueza, la exclusión o la desigualdad. La irritación no surge de diferencias doctrinales en materia religiosa, sino de la incomodidad que provoca una Iglesia que interpela a los poderosos, cuestiona los efectos destructivos de ciertas dinámicas económicas y reivindica la responsabilidad colectiva frente al sufrimiento social.

Revisando estas piezas claves de este rompecabezas que atraviesa al mundo, se trata de tres casos en donde podemos restablecer una saga con puntos de encuentro en la ultraderecha mundial, configurándose como parte de una constelación ideológica: nada de redistribución o movilidad social -esta última como correlato de la acción estatal-, crítica feroz a la justicia social, a la intervención del Estado y a los marcos regulatorios de cualquier cosa. La destrucción del Estado (paradójica postura, pues es parte de su basamento), matizo, la reducción radical, es parte de su tarea, y al mismo tiempo la crítica a la democracia, por lo lenta y costosa -recordemos a Thiel cuando afirma que no es compatible la libertad con la democracia-, lo que convierte al poder legislativo en un espacio a intervenir en aras de profundizar el escenario de intercambios mercantiles con sustento en el trabajo de cabildeo de las corporaciones, no de intereses de los ciudadanos, y al poder judicial, reforzarlo en clave de lawfare. En sus desembocaduras múltiples, se trata de una democracia en pendiente. La moneda está en el aire.

PS. Palestina libre

Profesor UAM

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