1. Escribíamos en estas páginas (De Silicon Valley al Pentágono: La oligarquía tecnológica y la erosión del mando democrático, EL UNIVERSAL, 27/12/2025) sobre el tiempo acelerado en el que vivimos, contundente en la transición en curso desde un orden democrático hacia una configuración dominada por una oligarquía tecnológica que no sólo influye, sino que comienza a ocupar espacios decisivos en la conducción política y militar, particularmente en el entorno del Pentágono. A partir de una lectura que recupera antecedentes históricos sobre la injerencia corporativa en los asuntos públicos, sostenemos que las grandes empresas tecnológicas han radicalizado esa tendencia al punto de pretender hacer indistinguible el interés empresarial del interés público, apoyadas ahora en el enorme poder de la inteligencia artificial (IA). Señala el analista Nico Lantos que los nuevos procesos políticos no están considerados en la teoría política contemporánea. Se trata, dice Lantos, de la toma del Estado por asalto, lo que toma distancia del trabajo de los lobbistas profesionales, tampoco es una expresión de la plutocracia, porque estrictamente moldea la política, en el caso específico, de la Casa Blanca, atraviesa la epidermis de la clase política, se adueña de ella. En este sentido, fabrica armas y herramientas de control, gestiona la inteligencia, opera en el plano de las comunicaciones, controla datos, ocupa cargos, este ensamble tentacular regula y controla procesos de distinto alcance, en los planos público y privado.
Este proceso se expresa en la algoritmización de la vida social, que permite intervenir de manera sistemática en la percepción, las emociones y la conducta colectiva, trasladando al terreno digital una vieja máxima militar: la victoria no depende solo de las armas, sino del control del ánimo del adversario. En este nuevo escenario, la IA se convierte en un dispositivo privilegiado de manipulación de la esfera pública, fragmentando el debate democrático y debilitando la capacidad crítica de las sociedades.
En este entramado, la figura de Peter Thiel adquiere un relieve central, no sólo por su influencia empresarial, sino por el contenido ideológico de sus planteamientos, abiertamente contrarios a la democracia, al sostener que esta es incompatible con la libertad. Su pensamiento sintetiza una deriva ultraconservadora que propone sustituir la política por la lógica corporativa, y que encuentra en la tecnología -y en particular en la inteligencia artificial- el instrumento para materializar ese desplazamiento. En coherencia con ello, empresas vinculadas a su órbita, como Palantir, ocupan un lugar estratégico al proveer sistemas avanzados de análisis de datos, vigilancia y reconocimiento que se integran directamente a las operaciones del Estado, especialmente en el ámbito militar. El problema no radica únicamente en que estas compañías suministren tecnología, sino en que se vuelven estructuralmente indispensables, generando una dependencia que desplaza funciones soberanas hacia actores privados y opacos, sin control democrático efectivo.
En el texto se subraya que esta articulación entre IA, corporaciones y aparato militar configura lo que se denomina un “complejo tecnológico autoritario”, una estructura que integra plataformas digitales, sistemas de inteligencia artificial, redes financieras, drones y tecnologías espaciales en una infraestructura global de control. En este marco, la soberanía deja de residir en instituciones representativas para trasladarse a arquitecturas tecnológicas gestionadas por empresas, lo que implica una transformación profunda del poder político. La inteligencia artificial aparece entonces como un vector de múltiples efectos perniciosos: intensifica la vigilancia masiva, facilita la militarización de la vida social, habilita nuevas formas de colonialismo digital y concentra el poder en un reducido grupo de actores privados con capacidad de incidir globalmente. A diferencia de etapas anteriores, en las que las empresas colaboraban con los Estados en contextos bélicos, la novedad actual reside en que las corporaciones tecnológicas participan directamente en el diseño de estrategias, en la definición doctrinaria de los conflictos y en la toma de decisiones, incluso mediante la incorporación de tecnólogos en estructuras militares con rangos formales.
En conjunto, sostenemos que estamos ante una mutación histórica en la que Silicon Valley deja de ser un espacio de innovación para convertirse en un centro de poder que construye “imperios”, erosionando progresivamente la democracia. La inteligencia artificial, lejos de ser una herramienta neutral, se revela como un instrumento clave de dominación que reconfigura la relación entre tecnología, política y guerra, mientras figuras como Peter Thiel y empresas como Palantir encarnan de manera paradigmática esta deriva hacia una tecnopolítica oligárquica en la que el poder ya no emana del voto, sino del control de los sistemas tecnológicos. Encaramos el tránsito de una democracia erosionada hacia una tecnopolítica oligárquica, donde el poder ya no emana del voto, sino del control de los sistemas tecnológicos.
2. Rodrigo Riquelme (Palantir: la llegada de la Ilustración Oscura, El Economista, 19/04/2026) examina el llamado “manifiesto” de Palantir como una formulación ideológica coherente de un proyecto tecnopolítico que, bajo un lenguaje aparentemente republicano, apunta a una transformación profunda del Estado y de la democracia liberal en favor de una lógica corporativa, militarizada y altamente concentrada en torno a la inteligencia artificial. En este marco, la empresa Palantir -fundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp- no aparece simplemente como un actor tecnológico, sino como una pieza estratégica en la reconfiguración del poder contemporáneo, en estrecha articulación con el aparato de seguridad y defensa de Estados Unidos. Desde su origen ligado a la CIA, la compañía ha desarrollado un modelo de expansión que consiste en infiltrarse en instituciones públicas mediante contratos iniciales y, posteriormente, volverse indispensable a través del control de la infraestructura de datos, generando una dependencia estructural que vacía de contenido la soberanía estatal y la traslada hacia plataformas privadas.
Uno de los aspectos más significativos del texto de Riquelme es la manera en que se presenta la inteligencia artificial como el núcleo de un nuevo paradigma de poder, donde se diluyen las fronteras entre lo civil y lo militar. La consigna de Palantir -según la cual el software constituye el sistema de armas del siglo XXI- expresa con claridad esta mutación: la IA deja de ser una herramienta auxiliar para convertirse en el eje mismo de la guerra, la seguridad y la gobernanza. Esto conlleva efectos profundamente perniciosos, entre ellos la legitimación de una militarización generalizada de la tecnología, la naturalización de la vigilancia masiva y la consolidación de sistemas de decisión automatizados que escapan al control democrático. La aceleración tecnológica es presentada como inevitable, lo que desactiva de antemano cualquier deliberación pública sobre sus riesgos, al tiempo que se instala la idea de que cuestionar el desarrollo de armas basadas en IA equivale a debilitar a Occidente frente a sus adversarios.
En este contexto, la figura de Peter Thiel adquiere un papel central como referente ideológico de este proyecto. Su crítica a la democracia -a la que considera incompatible con la libertad- se traduce aquí en una visión en la que las élites tecnológicas, y no las instituciones representativas, deben conducir el destino de la sociedad. Esta perspectiva se articula con corrientes neorreaccionarias que proponen formas de orden posdemocrático, donde el poder se organiza en torno a figuras empresariales con capacidades cuasi soberanas. Palantir encarna de manera paradigmática esta visión, al promover una reorganización del Estado en función de criterios de eficiencia tecnológica y control de datos, desplazando progresivamente a la burocracia pública y sustituyéndola por sistemas privados opacos. Riquelme también pone de relieve cómo este proyecto se legitima mediante una retórica que combina patriotismo, seguridad y eficacia, transformando intereses comerciales en obligaciones morales y justificando la integración cada vez más estrecha entre Silicon Valley y el complejo militar. En este marco, la inteligencia artificial se presenta como instrumento clave para garantizar el “hard power” del siglo XXI, mediante la integración en tiempo real de datos provenientes de múltiples fuentes (drones, satélites, inteligencia humana), lo que permite acelerar los ciclos de decisión y de selección de objetivos. Sin embargo, esta misma capacidad abre la puerta a formas de control social sin precedentes, como lo evidencia el uso de tecnologías predictivas en ámbitos policiales, que tienden a reproducir y amplificar sesgos estructurales, particularmente contra poblaciones ya vigiladas.
Otro aspecto crítico es la asimetría que se establece entre gobernantes y gobernados: mientras se defiende la opacidad y la protección de las élites frente al escrutinio público, se despliegan infraestructuras tecnológicas capaces de hacer completamente transparente la vida de los ciudadanos. Esta lógica refuerza un modelo de poder profundamente desigual, en el que la inteligencia artificial se convierte en un instrumento de disciplinamiento social y de consolidación de jerarquías. Asimismo, el manifiesto deja entrever una orientación ideológica que cuestiona el pluralismo, relativiza la igualdad entre culturas y reivindica una forma de unidad sustantiva que se aproxima a planteamientos reaccionarios, todo ello enmarcado en una narrativa de confrontación geopolítica que justifica la aceleración tecnológica y la remilitarización global.
Desde su perspectiva, compartida, el proyecto de Palantir no se limita al desarrollo de tecnologías avanzadas, sino que implica una reconfiguración integral del orden político, en la que la inteligencia artificial desempeña un papel central como infraestructura de poder. Bajo la influencia decisiva de Peter Thiel, este modelo tiende hacia una forma de posliberalismo tecnológico que erosiona los fundamentos democráticos, desplaza la soberanía hacia actores privados y consolida un régimen de vigilancia, control y militarización que redefine las relaciones entre Estado, sociedad y tecnología en el siglo XXI.
3. Antulio Sánchez (La caza digital. Peter Thiel y la arrogancia tecnológica, Primera de dos partes, La Jornada de Morelos, 21/04/2026), por su parte, describe la consolidación de una nueva forma de poder sustentada en la inteligencia artificial, caracterizada por su capacidad de vigilancia, persecución y control social a gran escala, en lo que se presenta como una “caza digital” donde los individuos son convertidos en objetos de seguimiento permanente mediante la integración masiva de datos. Esta transformación no es meramente tecnológica, sino profundamente política: implica el desplazamiento de las garantías democráticas tradicionales y la instauración de mecanismos opacos de intervención sobre la vida social, en los que la recopilación, cruce y análisis de información permiten anticipar comportamientos, clasificar poblaciones y actuar preventivamente sobre ellas. La IA, en este sentido, deja de ser una herramienta neutral para convertirse en un dispositivo de poder que redefine las relaciones entre Estado, mercado y ciudadanía, ampliando las capacidades de control y reduciendo los márgenes de libertad.
Uno de los aspectos más preocupantes que subraya el texto es el carácter selectivo y sesgado de estos sistemas, que tienden a concentrar la vigilancia sobre determinados grupos sociales, reproduciendo desigualdades preexistentes bajo una apariencia de objetividad técnica. La llamada “policía predictiva” y otras aplicaciones similares no solo fallan en su promesa de neutralidad, sino que intensifican dinámicas de criminalización, generando circuitos de retroalimentación en los que los sectores más vigilados terminan siendo también los más perseguidos. De este modo, la inteligencia artificial contribuye a la consolidación de un orden social más estratificado, en el que la sospecha se distribuye de manera desigual y donde la intervención estatal se vuelve más intrusiva y menos transparente.
En este entramado, el papel de Peter Thiel y de Palantir resulta decisivo. La empresa aparece como uno de los principales arquitectos de esta infraestructura de vigilancia, desarrollando plataformas capaces de integrar múltiples fuentes de datos —desde registros gubernamentales hasta información biométrica y digital— para ofrecer herramientas de análisis que son utilizadas tanto en ámbitos militares como en seguridad interna. Bajo la influencia ideológica de Thiel, quien ha cuestionado abiertamente la compatibilidad entre democracia y libertad, este modelo tecnológico se orienta hacia una lógica en la que la eficiencia y el control prevalecen sobre los principios democráticos. Palantir no solo provee tecnología, sino que contribuye a redefinir las prácticas de gobierno, promoviendo una forma de gestión basada en datos que tiende a desplazar los mecanismos deliberativos y las garantías jurídicas.
Sánchez también enfatiza la opacidad que caracteriza a estos sistemas, cuya complejidad técnica dificulta el escrutinio público y limita la rendición de cuentas. La toma de decisiones mediada por algoritmos introduce una capa adicional de invisibilidad en el ejercicio del poder, lo que agrava el riesgo de abusos y arbitrariedades. A ello se suma la creciente dependencia de las instituciones públicas respecto de empresas privadas como Palantir, lo que implica una cesión de soberanía y una subordinación de lo público a intereses corporativos. En este contexto, la inteligencia artificial actúa como catalizador de una transformación más amplia, en la que el poder se concentra en actores tecnológicos con capacidad de intervenir simultáneamente en múltiples niveles: desde la seguridad nacional hasta la gestión cotidiana de poblaciones.
En conjunto, A. Sánchez advierte sobre una deriva en la que la digitalización y la inteligencia artificial no solo modifican los instrumentos del poder, sino su propia naturaleza, dando lugar a formas de control más penetrantes, menos visibles y potencialmente más autoritarias. La “caza digital” sintetiza esta dinámica, aludiendo a un escenario en el que los individuos son permanentemente rastreados, evaluados y eventualmente intervenidos, en un marco donde la tecnología, impulsada por actores como Peter Thiel y Palantir, se convierte en el eje de una nueva racionalidad política que pone en entredicho los fundamentos de la democracia.
4. Pasemos a pulsar parte de la relación entre los planteamientos de Javier Milei en sus discursos en Israel y los llamados “22 puntos” o marco doctrinario de Palantir. No es casual ni meramente retórica: expresa una convergencia ideológica profunda en torno a la reconfiguración del Estado, la centralidad de la tecnología -especialmente la inteligencia artificial- y la subordinación de la política a una lógica de seguridad, mercado y poder geopolítico.
En los discursos de Milei en Israel aparece con claridad una narrativa que enfatiza la defensa irrestricta de “Occidente”, la superioridad de ciertos valores civilizatorios, la necesidad de alineamientos estratégicos firmes y la legitimación de respuestas duras frente a enemigos definidos en términos casi absolutos. Esta visión encaja con el núcleo del ideario promovido por Peter Thiel y operacionalizado por Palantir: un mundo concebido como escenario de conflicto permanente, donde la tecnología -y en particular la inteligencia artificial- se convierte en el instrumento decisivo para garantizar la supremacía política y militar.
El conjunto de documentos revisados permite ver que Palantir no se limita a ofrecer soluciones técnicas, sino que impulsa una verdadera doctrina: el software como arma, la integración total de datos para la toma de decisiones en tiempo real, y la necesidad de acelerar la innovación tecnológica sin trabas democráticas. En ese sentido, cuando Milei reivindica una alineación sin matices con Israel y Estados Unidos, y adopta un discurso que privilegia la seguridad, el orden y la confrontación, se sitúa en una lógica muy cercana a la que Palantir promueve: un esquema donde la política se militariza y la tecnología se convierte en el núcleo organizador del poder.
El texto sobre “la caza digital” refuerza esta lectura al mostrar cómo la inteligencia artificial habilita formas inéditas de vigilancia y persecución, en las que los individuos son rastreados, clasificados y eventualmente neutralizados mediante sistemas de datos integrados. Este tipo de capacidades -en cuyo desarrollo Palantir es protagonista- encaja con una visión del mundo donde la seguridad se impone sobre los derechos, y donde la distinción entre enemigo interno y externo se vuelve difusa. En ese marco, los discursos de Milei, al enfatizar la lucha contra amenazas globales y al adoptar un posicionamiento geopolítico rígido, pueden leerse como funcionales a este paradigma tecnosecuritario.
La conexión se vuelve aún más clara si se considera el trasfondo ideológico: Peter Thiel sostiene que la democracia es incompatible con la libertad, entendida esta como libertad del capital y de las élites tecnológicas. Esta premisa encuentra eco indirecto en la desconfianza de Milei hacia el Estado, su exaltación del mercado y su disposición a reducir el papel de las instituciones democráticas en favor de decisiones más concentradas y ejecutivas. En ambos casos, la política aparece como un obstáculo que debe ser reducido o reconfigurado.
Además, los “22 puntos” de Palantir insisten en la necesidad de una colaboración estrecha entre sector privado y aparato militar, así como en la legitimidad de que empresas tecnológicas desempeñen funciones estratégicas del Estado. Este planteamiento converge con una visión en la que la soberanía ya no reside exclusivamente en las instituciones públicas, sino que se desplaza hacia redes corporativas capaces de gestionar información, seguridad y guerra. Los discursos de Milei, al reforzar alianzas geopolíticas específicas y adoptar una lógica de bloque, abren el espacio para este tipo de reconfiguración, en la que actores privados pueden adquirir un peso creciente en la toma de decisiones.
La relación entre ambos planos no debe entenderse como una influencia directa y lineal, sino como una afinidad estructural: tanto el discurso de Milei en Israel (en general, en su práctica cotidiana) como la doctrina de Palantir comparten una visión del mundo marcada por la centralidad del conflicto, la primacía de la seguridad, la desconfianza hacia la democracia deliberativa y la apuesta por la tecnología -especialmente la inteligencia artificial- como herramienta de control, dominación y reorganización del poder. En ese cruce, los efectos perniciosos de la IA se vuelven evidentes: expansión de la vigilancia, militarización de la vida social, concentración del poder en élites tecnológicas y erosión de los mecanismos democráticos tradicionales.
“Me llena de orgullo estar aquí ante todos ustedes en un momento histórico para nuestros países. El motivo que hoy nos convoca no solo resultará en un mayor fortalecimiento de las relaciones entre Argentina e Israel, dos naciones unidas por los mismos valores, sino que también significa un gran paso hacia adelante en la construcción de un hemisferio americano más libre, más seguro y más próspero para todos nuestros pueblos.
Vivimos un momento en que los valores que nos dieron la civilización, la libertad, la democracia, el estado de derecho, enfrentan desafíos crecientes; frente a esto, las naciones que comparten esos valores tienen una responsabilidad: organizarse, cooperar y actuar juntas” (Milei)
Coqueteando con la extrema derecha mundial (y en cortito con Thiel, de visita larga -dos meses- en Argentina), señala Milei: “Durante décadas nuestra región ha sido arrastrada hacia la decadencia por gobiernos de izquierda y anticapitalistas que hicieron causa común con el terrorismo, el narcotráfico y el antisemitismo, eso tiene que cambiar y hoy, con el respaldo de Estados Unidos, tenemos la oportunidad de producir ese cambio transformador. Esto no es improvisado, desde el inicio de esta administración
Argentina ha tomado iniciativas claras y coherentes con los valores que hoy nos congregan, firmamos el memorándum de entendimiento por la democracia y la libertad entre Argentina e Israel, declaramos como organizaciones terroristas a Hamás, a la Guardia Revolucionaria de Irán, en los capítulos del Líbano, de Egipto y de Jordania de la Hermandad Musulmana”, concluyendo su alocución con “¡Viva la libertad, carajo! y Am Israel Jai" (el pueblo de Israel vive).
En este contexto, la empresa estadounidense Palantir publicó en X un manifiesto que cuestiona el pluralismo cultural y retoma la Ilustración Oscura de Peter Thiel y Nick Land, lo que traslada esa tesis al discurso corporativo y al corazón del aparato de inteligencia de Estados Unidos. Se trata, como se le etiqueta a P. Thiel por sus críticos, como un genio del mal. Veamos sucintamente algunos de los puntos, en los que destaca su obsesión por abandonar la parálisis de la deliberación constante, es decir, la política, la democracia.
V.
“La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante”.
Si no hacemos esto, lo van a hacer los otros. Herramientas para la guerra
I.
“Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La élite de la ingeniería de Silicon Valley tiene la obligación positiva de participar en la defensa de la nación”.
Ya forman parte de la clase política, no como lobby, sino por el peso que tienen las corporaciones, que se encarnan en la clase política.
VIII.
“Los servidores públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes. Cualquier empresa que remunerara a sus empleados como el gobierno federal remunera a los servidores públicos tendría dificultades para sobrevivir”.
Acerquémonos a Thiel, para ilustrar su crítica al Estado: “Para ver la desalineación en su punto más extremo, sólo hay que visitar el DMV (Departamento de Vehículos Motorizados). Imagina que necesitas un nuevo carné de conducir. Teóricamente, debería ser fácil conseguirlo. La DMV es una agencia gubernamental y vivimos en una república democrática. Todo el poder reside en ‘la gente’, que elige a sus representantes para que les sirvan en el Gobierno. Si eres un ciudadano, eres copropietario del DMV y tus representantes lo controlan, de modo que deberías ser capaz de entrar y conseguir lo que necesitas. Por supuesto, no funciona así. Nosotros, la gente, podemos ser ‘dueños’ de los recursos del DMV, pero la propiedad es sólo ficción. Los empleados y pequeños tiranos que controlan el DMV disfrutan, no obstante, de la posesión real de sus pequeñas parcelas de poder” (P. Thiel, De cero a uno. Cómo inventar el futuro).
XII.
“La era atómica llega a su fin. Una era de disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar”.
La nueva guerra fría
XXI.
“Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas serían ahora iguales. La crítica y los juicios de valor estarían prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, y, de hecho, ciertas subculturas […] han producido maravillas. Otras han resultado mediocres y, lo que es peor, regresivas y nocivas”.
XXII.
“Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sentido. Nosotros, en Estados Unidos, y más ampliamente en Occidente, hemos resistido durante el último medio siglo la definición de culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero ¿la inclusión en qué?”
No es casual la cercanía de los planteos de Milei al programa de Palantir. Para confirmar lo dicho, recordemos las palabras de Milei al recibir, de parte de la Universidad Bar-Ilan, el Doctorado Honoris Causa: “Dejar de lado el relativismo moral, hay cosas que están bien y hay cosas que están mal, y ahí no hay lugar a discusión. Con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque si nosotros respetamos el derecho a la vida, no podemos convivir con quienes nos quieren matar".
Concluyamos haciendo una síntesis apretada. Revisando un conjunto de opiniones, podemos reconocer la emergencia de la tecnología versus la política, la incompatibilidad de la tecnología con la democracia, el paso de ciudadanos a clientes (usuarios, accionistas), donde la democracia es un obstáculo para el progreso tecnológico, desde la visión monopólica. La extensión de la muscultatura tecnológica en Palantir, en donde no podemos voltear la cara frente a la responsabilidad de Palantir, por ejemplo, en el secuestro de Nicolás Maduro y de Cilia Flores; en la muerte de las niñas en la escuela en Irán, en el maltrato a los migrantes por el ICE en Estados Unidos, pequeño manojo frente a su capacidad de penetración de lo social. Con Palantir asistimos a la llegada de la Ilustración Oscura. El Estado, para esta oligarquía tecnológica, es visto como parásito, y el bienestar social como algo injusto (las críticas de Milei al Papa Francisco giran en ese orden, lo mismo que las posiciones de Trump frente al Papa León XIV). Alejandro Bercovich apunta sobre el cesarismo tecnológico, en donde lo que se aprecia es que cuanto peor el mundo, mejor el negocio, corriéndose el riesgo de fracturar, sin ponderar sus alcances, el criterio humano. Frente a esta distopía, lo único que puede parar esta máquina de hacer dinero y adormecer y controlar socialmente es el criterio humano desde lo colectivo, sin soslayar lo que planteaba Adolfo Sánchez Vázquez, de que “no se puede vivir sin metas, sueños, ilusiones o ideales; o sea, sin tratar de rebasar o trascender lo realmente existente. No se puede vivir, por tanto, sin utopías”.
(Profesor UAM) alexpinosa@hotmail.com
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