A la Tana, con cariño siempre

Hace unos días, el 28 de abril, participé en la sesión 5 del ciclo de conferencias del Programa Escuela Sindical, organizado por el Sindicato Independiente de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana (del cual formo parte), con un tema que he trabajado desde hace tiempo: “El cuerpo bajo asedio: innovación tecnológica y salud en la era digital”. Al concluir la exposición, hubo varias preguntas y comentarios que me sacudieron, y que se sintetizan en el interrogante: qué hacer frente a la IA. A lo que en su momento contesté, agrego algunas reflexiones con base en varios autores, particularmente en Miguel Benasayag (académico argentino radicado en Francia desde los años setentas).

La expansión acelerada de la inteligencia artificial (IA), los dispositivos digitales y la automatización algorítmica, están modificando profundamente la relación entre los seres humanos y sus propias capacidades cognitivas. Más allá de las promesas de eficiencia, comodidad y progreso, emerge una interrogante crucial: ¿qué sucede con las capacidades humanas cuando funciones esenciales del pensamiento, la memoria, la orientación espacial, la atención y la decisión son progresivamente delegadas a las máquinas?

En este contexto, diversas voces críticas -entre ellas Miguel Benasayag, Claudio Martínez, el Papa Francisco, Byung-Chul Han y Franco “Bifo” Berardi- advierten sobre una transformación civilizatoria que podría implicar no sólo una dependencia tecnológica creciente, sino también una erosión estructural de las potencialidades humanas.

Franco Berardi ha formulado una imagen particularmente inquietante de esta mutación: los niños contemporáneos, desde los primeros meses, casi al mismo tiempo que la lactancia (y recordemos el enunciado filosófico de que “El hombre es lo que come” -L. Feuerbach), escuchan más voces electrónicas provenientes de pantallas, dispositivos y asistentes digitales que las voces humanas de sus propias madres. Esta inversión en la experiencia primaria del lenguaje y del vínculo inaugura una subjetividad crecientemente mediada por sistemas maquínicos, donde la sensibilidad, la afectividad y la construcción de la conciencia quedan subordinadas a flujos tecnológicos permanentes.

No se trata simplemente de un cambio de herramientas, sino de una transformación antropológica. La tecnología deja de ser extensión instrumental para convertirse en estructura modeladora de la subjetividad. Es decir, participamos independientemente de nuestra ubicación geográfica, valores y posiciones políticas, de una delegación funcional y atrofia cognitiva. Ninguna broma, ni de las peores.

Miguel Benasayag ha insistido en que asistimos, por primera vez en la historia, a una delegación masiva, acelerada y global de funciones cerebrales hacia las máquinas, sin que exista tiempo suficiente para procesos de reciclaje neurocognitivo o adaptación cultural equilibrada: “La delegación de funciones cerebrales hacia la máquina ocasiona cambios neurofisiológicos, cambios anatómicos que involucran modificaciones en las redes neuronales”. La neuroplasticidad cerebral implica que toda función no ejercitada tiende a debilitarse. Del mismo modo que un músculo se atrofia cuando deja de utilizarse, el cerebro reduce determinadas capacidades cuando estas son sustituidas de manera sistemática por dispositivos externos. Hagamos la prueba de recordar 10 números de teléfonos celulares de la gente que está cerca de nosotros, incluso los que amamos, y nos vamos a llevar una buena sorpresa. Porque esto se observa en múltiples dimensiones cotidianas: el uso permanente de GPS disminuye capacidades de orientación espacial; la dependencia de agendas electrónicas reduce el ejercicio memorístico de las actividades a realizar, así como la dificultad para recordar los números de los celulares; las calculadoras erosionan habilidades aritméticas básicas; los motores de búsqueda debilitan procesos de retención y organización del conocimiento; la hiperconectividad fragmenta la atención sostenida (aunque esto se ve como una habilidad en las nuevas generaciones, de acuerdo al apunte de Claudio Martínez). Esto es algo ordinario para la mayoría de las personas, de cualquier edad.

Benasayag pone un ejemplo de gran relieve, por su rigurosidad científica y su significación general: se trata del caso de taxistas estudiados en dos ciudades: París y Londres (inevitable recordar a C. Dickens, en su Historia de dos ciudades). Resulta paradigmático: aquellos que dependían completamente de sistemas de navegación presentaban menor desarrollo en áreas del hipocampo asociadas con orientación espacial y memoria temporal, en cambio los taxistas que no usaron en ningún momento GPS no presentaban ninguna afectación. La consecuencia no es únicamente funcional, sino estructural: se reconfigura la arquitectura cerebral. Extendamos el alcance de las aplicaciones tecnológicas y sus implicaciones en nuestra musculatura, comenzando por el cerebro: ¡vale estremecerse!

La nominación del problema, de acuerdo a Benasayag, es “la colonización algorítmica”. Asunto, por cierto, débilmente tratado en los estudios decoloniales, señala. Así, Benasayag distingue entre una hibridación virtuosa con la tecnología y una colonización algorítmica. Mientras que la primera supone utilizar herramientas técnicas sin renunciar a la singularidad de lo vivo, la segunda (la colonización algorítmica, implica sustituir la capacidad humana por sistemas automáticos que reducen la autonomía, como se apunta líneas arriba: “La colonización significa atrofia y pérdida de potencia de actuar”. Esta colonización no sólo reorganiza hábitos individuales, sino que redefine instituciones educativas, laborales y políticas bajo parámetros de rendimiento, velocidad y automatización.

El problema central es que la técnica contemporánea ya no auxilia solamente al sujeto, sino que amenaza con reemplazar dimensiones constitutivas de la existencia humana: pensamiento crítico; memoria en general, histórica en particular, atención profunda, experiencia corporal y la capacidad de la decisión ética. Aquí resulta fundamental la distinción subrayada por el Papa Francisco y retomada por Claudio Martínez: “Las máquinas pueden elegir, pero no pueden decidir”. Elegir remite a cálculo entre opciones predeterminadas; decidir implica responsabilidad, conciencia, historia, conflicto moral y horizonte social. Reducir la vida humana al funcionamiento algorítmico supone transformar sujetos en operadores adaptativos. En este horizonte de riesgos nos movemos cotidianamente.

Veamos al segmento poblacional más vulnerable, los “cuerpos dóciles” (Foucault dixit) de la infancia. En extremo digitalizados, destaca el empobrecimiento del vínculo humano. El planteo de Franco Berardi adquiere especial relevancia al analizar la infancia. Cuando los primeros estímulos lingüísticos y afectivos provienen crecientemente de máquinas -tabletas, teléfonos, asistentes virtuales, plataformas audiovisuales- se altera el proceso de constitución subjetiva. La voz materna, históricamente central en la socialización primaria, pierde terreno frente a interfaces electrónicas diseñadas por lógicas de mercado y captura atencional. Esto no es un manifiesto antitecnológico, simplemente una expresión de la necesidad de regulación y resguardo hacia las niñas y niños, dado que puede generar, entre otras, disminución en habilidades relacionales profundas; menor desarrollo de empatía; atención fragmentada; dependencia dopamínica de estímulos inmediatos; reducción de imaginación autónoma; empobrecimiento del lenguaje simbólico. Claudio Martínez hace un apunte que genera escalofríos, reflexionando sobre el denominado retraso cognitivo. Alude al índice IQ. Señala que durante el siglo XX, cada generación era más inteligente; a partir de la llegada de lo digital, pareciera que las generaciones van hacia atrás, en un retraso cognitivo. Martínez matiza, pues hoy juegan otras inteligencias, por ejemplo, “la atención dispersa que nosotros no teníamos”.

La infancia hiperexpuesta a flujos electrónicos corre el riesgo de desarrollar cerebros adaptados a la velocidad, pero menos preparados para la reflexión, la contemplación y la complejidad emocional. En este sentido, la tecnología no solo modifica herramientas externas: produce subjetividades funcionales a un capitalismo digital basado en extracción de atención, datos y conducta. Una historia arrolladora, con efectos para la vida.

Históricamente vivimos el proceso de tránsito de la formación a la información. Se trata de un cambio que deja marcas, un cambio profundo. Durante siglos, la educación (y la socialización en general) se organizó en torno a procesos de transmisión, elaboración crítica y sedimentación del conocimiento. Hoy predomina el acceso instantáneo a información fragmentaria. Sin embargo, disponer de información no equivale a pensar. La saturación informativa puede incluso obstaculizar diferentes dimensiones, a saber: comprensión estructural, procesos reflexivos largos y densos; capacidad argumentativa; producción autónoma de sentido. Así, la sobreabundancia digital corre el riesgo de generar individuos informados superficialmente, pero cognitivamente debilitados, lo que Byung-Chul Han apunta sobre el dataísmo, como “forma pornográfica del conocimiento que anula el pensamiento”.

Y repensando el cuerpo, ese territorio de intervención múltiple, también puede constituirse en territorio de resistencia. Las fantasías transhumanistas de desmaterialización -criticadas por Benasayag- representan una ofensiva radical contra la corporeidad. La idea de una inteligencia separada del cuerpo supone desconocer que el pensamiento está encarnado, la emoción configura cognición, la propia experiencia corporal produce conocimiento, así como la vulnerabilidad forma parte de lo humano. La bronca del dolor y la angustia, la ansiedad, lo que inmoviliza, tiene una vertiente en el mundo actual, frente a lo que Benasayag plantea que “Lo que nos parece importante es que la farmacología, el biopoder, la normalización no aplaste este sufrimiento. Tenemos que ver que este sufrimiento tiene de manera críptica un mensaje que hay que sacar y comprender: el hecho de que esta sociedad no es viable”. En un ejercicio de espejo, recordemos la observación de Byung-Chul Han, en La sociedad paliativa, cuando resalta la obsesión por frenar el dolor, guardarlo, ocultarlo, rehuirle, en el plano de una sociedad paliativa que impida el que se genere la capacidad transformadora que tiene la negatividad, produciendo como correlato una sociedad anestesiada (es decir, proclive para a la dominación, a la capacidad de generar obediencia, siguiendo a M. Weber).

La supuesta superación tecnológica del cuerpo podría convertirse en una forma extrema de dominación, donde lo orgánico sea percibido como obsolescencia. Encarando esta visión, preservar la humanidad exige defender la experiencia sensible, la lentitud reflexiva, el conflicto creador, la importante memoria, la capacidad imaginativa, la autonomía crítica. Se trata de avanzar hacia una hibridación positiva, en donde se conviva sin sustituir. Esto porque la crítica a la colonización algorítmica no implica tecnofobia. De esta manera, el desafío no es rechazar la técnica, sino impedir que esta sustituya la riqueza de lo humano. En esta tarea, Benasayag propone una hibridación positiva: “Podemos servirnos de las máquinas, sabiendo que no pueden reemplazarnos”. Esto implica utilizar la tecnología como apoyo, no como reemplazo; diseñar la educación orientada a fortalecer capacidades humanas (lo que significa para nuestras universidades repensarnos); proteger espacios de atención profunda; revalorizar la memoria, la creatividad y la corporalidad; promover la democracia tecnológica; subordinar la innovación al bienestar humano.

La expansión de la inteligencia artificial plantea uno de los mayores desafíos antropológicos de nuestra era. No se trata exclusivamente de productividad o innovación, sino de preservar las capacidades constitutivas que hacen posible la autonomía humana. La advertencia de Berardi sobre niños formados más por voces electrónicas que por vínculos humanos resume una encrucijada civilizatoria: o aceptamos pasivamente una progresiva colonización algorítmica que erosione nuestras facultades, o construimos formas de convivencia tecnológica que fortalezcan, en lugar de debilitar, la singularidad humana.

Benasayag alude a tres grandes revoluciones: la del habla articulada, remplazando la gestualidad; la palabra escrita, que sustituye la memoria; “La tercera gran revolución es la algorítmica. El problema en esta revolución es que la delegación de funciones, que en los casos anteriores fue acompañada de un reciclaje de las zonas liberadas a lo largo de siglos y milenios, en el caso del algoritmo es un mecanismo que se lleva a cabo en 40 años y, por otro lado, es totalmente masivo”. Atendamos en la historia larga, la intensidad del último tiempo.

No resignar nuestra capacidad de ser humanos significa defender el pensamiento crítico, la memoria, el cuerpo, la sensibilidad y la decisión frente a una racionalidad técnica que amenaza con reducir la existencia a mera funcionalidad. La verdadera pregunta no es cuánto pueden hacer las máquinas, sino cuánto estamos dispuestos a perder como humanos si delegamos en ellas nuestras capacidades esenciales. En la disputa entre automatización y humanidad, preservar lo humano será, quizás, la tarea política, cultural y ética más importante del siglo XXI.

Fuentes:

PS. Palestina libre

(Profesor UAM) alexpinosa@hotmail.com

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