Las elecciones en Estados Unidos fueron más derrota de Trump que triunfo de Biden, beneficiario de una coalición social cuya meta electoral fue ”sacar a Trump”. Ante la rebelión civil contra el violento racismo policíaco en 2020, Trump diagnosticó: “faltó coraje y decisión de las autoridades locales para suprimir las protestas y el saqueo”, por eso generalizó una brutal represión y muy pronto pagó la primera consecuencia.

Dejó graves crisis sobrepuestas: la social, la sanitaria, la económica (desempleo y pobreza en aumento, riqueza viciosa a tope, déficits fiscal y comercial récord) y la política (rechazo y desconfianza entre y contra las élites doméstica y global). La pandemia desbordada, fue crimen y castigo de Trump.

Joe Biden sentenció al tomar posesión que “la democracia de EU es frágil” y que “serán vencidos el supremacismo blanco y el terrorismo local”. La fragilidad está en no atender ni la profundidad ni la combinación de las cuatro crisis. Y al separar supremacismo y terrorismo, Biden apuesta a reconstruir el consenso conservador con los republicanos.

Como se hizo, el asalto al Congreso el 6 de enero más que impedir que se aprobara el resultado del Colegio Electoral, era escenario para intimidar y amenazar: Trump dijo “estaré pendiente y observando, volveremos”. Lo ordené para “rescatar el poder de manos de los débiles”, que quieren “reconocer una elección fraudulenta” y porque “quieren arrancar una victoria sagrada a grandes patriotas”. Su costo: un eventual juicio de inhabilitación política.

Trump desalentó el voto, sobre todo por correo, pues a mayor votación, tenía mayor probabilidad de perder. Perdió, pero con 70 millones de votos que fueron ganados con sofisticados mensajes emocionales, segmentados por etnia, edad, ingreso, género y religión, usando la magia de la “Inteligencia Artificial” y las redes sociales. Su torpe accionar golpista, le costó perder muchas de esas simpatías y apoyos.

Ocultó su imagen de perdedor negándose a entregar personalmente el poder a Biden, pero así también despejó el camino a Michael Pence y otros republicanos anticomunistas “responsables”, interesados en rearmar el acuerdo conservador bipartidista contra la izquierda social. Así, hereda al mundo tres vetas políticas claves: vigilará que a nadie le tiemble la mano para reprimir a la izquierda, que los débiles no pongan en riesgo al poder y encabezará a los supremacistas “patriotas”.

Irónicamente, acabó como mega símbolo del líder “perdedor”, soberbio y torpe, al no probar un solo caso de fraude. Pero ni estaba loco ni actuaba solo, su equipo calculó fríamente dejar un doble legado político, doméstico y global: el racismo, el nacionalismo, la xenofobia, el odio religioso selectivo incluyendo judíos, islámicos, bautistas, para desviar el descontento contra el neoliberalismo de las élites y frenar el ascenso político-social de la izquierda en EU y el mundo, al calor de las crisis.

Globalmente, cambió la doctrina de guerra de EU y en lugar del terrorismo internacional, colocó a China “como el rival con quien chocará tarde o temprano”. Buscó pretextos provocadores en Ucrania, en Rusia, en Líbano, en Venezuela, en Irán, en Bolivia, contra China, en México con el “affaire Cienfuegos” y las agresiones armadas a comunidades zapatistas. El proto-fascismo en EU perdió un round, pero queda su fruto envenenado: la persistencia neoliberal por la fuerza.

Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y CACEPS.
caceps@gmail.com

Google News

TEMAS RELACIONADOS