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Once Upon a Time in Hollywood, o el autor evolucionado (primera parte)

Con su más reciente cinta, Quentin Tarantino da un paso evolutivo en su veta autoral: sus obsesiones son las mismas, pero las aborda con un nuevo conjunto de herramientas.
30/08/2019
11:30
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En su New Biographical Dictionary (5ta Edición, 2010, Editorial KNOPF), el crítico de cine David Thomson cierra el apartado dedica a Quentin Tarantino con esta frase: “Tarantino es fácil, divertido e impulsado por energías furiosas, pero aún no se ha enfrentado a los problemas que pondrían a prueba a cualquier artista”.

Me pregunto si ahora, en 2019, David Thomson opinaría lo mismo sobre Tarantino. Porque de entre todas las lecturas que puede tener su más reciente película (la novena en su carrera), Once Upon a Time in Hollywood, es claro que estamos frente a la respuesta de un autor ante los recientes escándalos que han rozado su carrera (y algunos otros que siempre lo han acompañado, como por ejemplo, el asunto de la violencia en sus películas).

Su novena cinta es su película más personal. En ella no sólo habla directamente de su mayor obsesión, que es el cine mismo, sino que también aprovecha para decir una cosa o dos sobre la última crisis que cimbró a la industria: el #MeToo y los escándalos de acoso sexual a mujeres.

Es, en cierta forma, la respuesta a “los problemas que pondrían a prueba a cualquier artista”.

¿Dónde está mi Tarantino?

Uno de los momentos más fascinantes en el seguimiento de un autor y su obra es cuando sucede la mutación, inevitable, de los tropos que al parecer lo definían. En el caso de Tarantino, el público acudía a ver sus películas por la violencia explícita, por los diálogos interminables e ingeniosos, por las constantes vueltas de tuerca, por los personajes llenos de personalidad (a pesar de ser delincuentes), por la música siempre atinada.

Mucho del público que acudió a ver Once Upon a Time in Hollywood salió decepcionado de la sala al verse frente a una película de Tarantino a la que, en apariencia, le faltaba mucho Tarantino: no hay las grandes escenas de violencia (estas llegan hasta el final), no hay las coreografías a lo Kill Bill, no hay los largos y calculados diálogos cool y aunque hay muchos momentos de tensión (principalmente la escena en el Rancho Spahn y la secuencia rumbo al desenlace) estas requieren tener claro el contexto sobre quién fue Charles Manson y su “familia”, algo que al parecer (me vine a enterar de la peor manera en internet) es mucho pedirle a la audiencia joven y mexicana.  

Por el contrario, Tarantino nos enfrenta a una cinta con poca violencia (aunque claro, la violencia final es dura y terrible) y donde además los personajes pueden pasar largos minutos sin hablar. Incluso el soundtrack no parece estar lleno de gemas enterradas y desconocidas  traídas a la luz por Quentin, sino que muchas de las canciones del soundtrack las conocemos perfectamente (¡a una de ellas le hizo un cover Ricky Martin hace como diez años!).

¿Qué es esto?, ¿dónde está mi Tarantino?

El director por supuesto sigue ahí, pero ahora encontró la forma de hablar de los mismos temas mediante otras herramientas. Si bien el tema principal de su cine siempre ha sido el cine, ahora aborda el asunto de manera directa: esta es una historia de un Hollywood romantizado, de sus dioses y de sus peones, proyectado hacia un momento específico de la historia donde ése Hollywood fue destrozado y despertado de su sueño feliz: los asesinatos de Charles Manson y la familia.

Parece correcto pues, que cuando Tarantino finalmente decide hablar sin escala de su obsesión máxima, el cine mismo,  lo haga con otro set de herramientas, más sutil y más elegante. Cuando un director es capaz de hacer eso y seguir siendo igual de efectivo es cuando estamos en una evolución del autor. Por ello, Once Upon a Time in Hollywood es, sin duda, una de las mejores (¿la mejor?) de sus películas.

“Los dos Hollywoods”

En Once Upon a Time in Hollywood, Tarantino describe dos Hollywoods. El primero, el de los dioses, es aquel compuesto por los consagrados, los actores y directores que han hecho grandes obras y cuyo espacio en la historia y en la memoria colectiva ya está asegurado. Es el mundo de Sharon Tate, de Roman Polanski, de Steve McQueen. El de las fiestas en la mansión Playboy.

Pero existe otro Hollywood, el de las estrellas olvidadas, el de los actores cuyas carreras nunca pudieron escapar del olvido. Ése es el mundo desde el cual opera Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt). Son aquellos actores que están correteando la chamba, que aceptan ya cualquier papel, que están a punto de ser unos “has been”.

La cámara de Tarantino refuerza esta idea: usualmente los retrata a ambos con grandes tomas desde una grúa, para verlos siempre hacia abajo, pequeños. Son personajes que viven al margen del Hollywood glorioso. Rick vive a lado de los Polanski, “a una fiesta de distancia de ellos”. Cliff es incluso aún más marginal, vive a lado de un autocinema, al lado del cine mismo.

Tarantino juega con el glamour que supondría trabajar en el cine hollywoodense. La escena de la pelea entre Cliff y Bruce Lee (Mike Moh) muestra el hastío de los actores, incluso de las estrellas, mientras esperan el llamado. Se inventan peleas nomás de puro hastío. Y si, hasta Bruce Lee se aburre y tiene que matar el tiempo.

Leonardo DiCaprio refuerza todo el tiempo el aspecto terrenal de su personaje: siempre está perdido en el set, llega borracho, olvida sus líneas, escupe al piso media garganta, sumerge la cara en hielo para bajar hinchado del alcohol, brevemente tartamudea, tiene tics nerviosos. La construcción de DiCaprio para este personaje es rica en matices y detalles. Su juego meta es el mejor: el actor brillante que tiene que interpretar a un actor mediocre y preocupado. Tarantino tenía dudas sobre si DiCaprio era la mejor opción para interpretar a Nick Dalton: “Eres demasiado guapo para el papel”, le dijo a Leonardo, pero el actor demostró el enorme arsenal que tiene para interpretarlo. Es un trabajo de comedia y drama fabuloso. Como bien dice Tarantino, admirable el compromiso de este “sexy Hamlet”.

Otra novedad de esta cinta son las tomas en los automóviles. Usualmente el director nos encierra junto con los personajes, vamos con ellos dentro del auto para no perder detalle de las conversaciones. En cambio aquí, Tarantino mueve la cámara por fuera de los autos en una celebración de lo cool. Polanski y Tate viajan a toda velocidad en un convertible, no hay diálogo, solo emoción. Lo mismo con Cliff, cuando maneja el auto de su jefe y mejor amigo, en ese instante es un dios que recorre Los Ángeles a toda velocidad.

Tarantino ama a sus personajes, y por ello al final los premia. Luego de acabar con la familia Manson (y por ende evitar el asesinato de Sharon Tate, aunque eso ellos no lo sabrán nunca), las puertas de los Tate (que son como las puertas del cielo) se abren. Al fin Rick Dalton entra al cielo, se vuelve uno más de ellos.

Sharon Tate

La polémica inició en Cannes mismo. Una reportera le dice a Tarantino que por qué no le dió más diálogos a Margot Robbie en su papel de Sharon Tate, siendo que ella es una gran actriz, que ha trabajado con Scorsese y que su trabajo en I Tonya pareciera acreditarla como para que Tarantino le diera más diálogo en su película.

La respuesta de Tarantino no fue amable. Notablemente enojado respondió que él no compartía la hipótesis de la periodista.

Siguiendo esta idea de los dos Hollywoods, es claro el por qué Margot Robbie no tiene más diálogos. Se trata, en primera instancia, de la ya mencionada evolución del autor. Tarantino se enfrenta a un personaje que no requiere de los “diálogos tarantinescos” para encontrar una personalidad.

El director mismo lo aclara en una charla posterior con su colega Paul Thomas Anderson: “Nunca quise hacer de Sharon Tate un personaje tarantinesco [...] si la vemos haciendo cosas cotidianas, como ir al cine, comprar un libro, ir a una fiesta, cosas normales de vida, es porque es justo lo que le arrebataron: la vida”.

Tate además cumple un papel de deidad inalcanzable, distante, hermosa. Cuando baja del cielo se mete a un cine, comprueba las risas que provoca su personaje. Se fascina (y nos fascina) con el juego meta: Robbie, interpretando a Tate, se mete al cine donde ve a la verdadera Sharon, mientras nosotros, en un cine, las vemos a las dos. Esta es sin duda una de las grandes escenas de la película, de las grandes escenas del cine de 2019… y no tiene un sólo diálogo.

El homenaje a Tate no termina ahí. Tarantino, enfurecido por el triste destino de la actriz y de su hijo aún no nacido, le otorga un final distinto. Sharon vive en el universo de Quentin, y llámenme fácil o cursi, pero el gesto amoroso hacia la actriz, produce lágrimas.

Quién lo diría: Tarantino logró armar una película que hace llorar.

(Este texto continuará la semana próxima)
 

Alejandro Alemán
Crítico de cine con 9 años de experiencia profesional. Ha colaborado en revistas y periódicos como 24 Horas, Newsweek, Chilango, Quién, Esquire, Cambio, entre otros.