Pareciera que sabemos todo sobre Frida Kahlo. Su obra está presente en todos lados: bolsas, posters, playeras, vestidos, grafitis, portadas de revistas, libros, y claro, dos películas muy populares, Frida, Naturaleza Viva (Paul Leduc, 1983), y Frida (Julie Taymor, 2002), esta última la que catapultó a la fama internacional a Salma Hayek, cuyo nombre con el de Frida estará unido por siempre.

¿Qué caso tiene pues, hacer un nuevo documental sobre Kahlo?

Para la cineasta mexicana Carla Gutierrez, aún hay mucho qué decir sobre Frida. Hemos escuchado a demasiada gente hablar sobre la pintora, pero ¿acaso alguna vez la hemos escuchado a ella misma?

Al estilo de documentalistas como Asif Kapadia -quien en Senna (2010) y Amy (2015) logra (mediante material de archivo) que sean los propios protagonistas los que cuenten su historia-, en Frida (USA, 2024), Carla Gutierrez consigue que la palabra de Kahlo sea la que narre algunos de los pasajes más importantes de su vida artística.

Para esto, la cineasta (de origen mexicano) recurre a dos fuentes. Las palabras son extraídas del diario íntimo de la propia Frida Kahlo, un volumen donde escribió y dibujó en extenso sobre vida y obra. A esto se agregan cartas y escritos de los amigos y amantes de Kahlo, incluyendo textos del amor de su vida, Diego Rivera.

Luego viene la voz. Para ello, Gutierrez recurre a diversos actores quienes dan sonido a las palabras de Kahlo y sus allegados. La selección es notable, principalmente en el caso de la voz de Frida, interpretada por la actriz Fernanda Echevarría.

Fernanda es el arma secreta de esta cinta. Ella da tono y entonación precisas a las palabras de Kahlo: a veces con un tono juguetón, a veces con tono de tristeza, casi siempre con mucha melancolía y mucho coraje. El registro crudo de su voz, acompañado por las imágenes de archivo (en una edición precisa, también a cargo de Carla Gutierrez) nos provoca la impresión de en efecto estar escuchando a la mismísima Frida.

Así, con las palabras de la artista, repasamos pasajes conocidos (su gusto por vestir “como hombre”, su accidente en un trolebús, su encuentro con Diego Rivera, sus viajes a Nuevo York, sus primeras exposiciones) y no tan conocidos de la artista (su niñez en franca rebeldía contra la iglesia, su opinión sobre la sociedad norteamericana, su conflicto con André Bretón, su romance con Trotsky).

En ambos casos, el juego de la palabra, la imagen y la edición, son las que hacen de este un trabajo excepcional. No importa que muchas de estas anécdotas sean conocidas, escucharlas en palabras de la artista hace toda una diferencia y revela a una Frida expuesta a flor de piel.

Gutierrez no parece tener miedo alguno respecto a qué mostrar. Sabedora de la pulsión sensual de la artista, no omite los pasajes sexuales donde Kahlo revela, una y otra vez, su gusto por el sexo (incluso sin amor), su desatado deseo, su preferencia por los placeres carnales antes que por el lisonjeo romántico (“yo quería que me cogiera y él prefería leerme cosas bonitas”), la excitación que le provocan los hombres inteligentes, y hasta la revelación de su zona erógena favorita.

Este aspecto es el más destacable del documental, uno que seguramente la misma Frida habría agradecido porque la pinta de cuerpo completo, sin falsos pudores.

Por supuesto, en ese camino sexual, está el de la infidelidad. Diego mismo narra cómo su naturaleza infiel le es imposible de saciar, y Frida también cuenta, juguetona, la cantidad de amantes que tuvo durante las dos veces que estuvo casada con Diego.

Así, Frida es un documental que resulta mucho más cercano a la artista que las cintas anteriores que se han filmado sobre ella. La naturalidad de sus palabras (con todo y las groserías que tanto le gustaba decir), lo rudo y crudo de sus opiniones, lo lascivo de su deseo, el amor desmedido, accidentado y promiscuo que profesa a Diego, todo se siente real y sincero.

Si bien el documental funciona como una de las cintas definitivas sobre la artista, me es imposible no resaltar la contradicción de escuchar a Frida narrar lo que en su obra ya está plasmado desde hace mucho tiempo. La obra de Kahlo nunca es sutil, no hay duda sobre qué está hablando ni sobre qué está sintiendo en cada uno de sus cuadros.

Resulta redundante entonces escucharla, cuando debería ser suficiente, simple y sencillamente, verla en su propia obra.

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