¿Por qué nos sigue gustando el cine de desastres? El género, que en los años setenta tuvo un auge con títulos como Poseidon Adventure (1972) y Towering Inferno (1974), alcanzó el cénit en 1997 con el mega éxito de Titanic, para luego regresar a su status habitual de “género menor”, aunque taquillero en el cine Hollywoodense.
Pero la pregunta sigue, ¿por qué nos gusta ver el desastre en pantalla?, ¿es un acto puramente escapista?, ¿por qué nos gusta ver el mundo arder siendo que el mundo real no dista tanto del fuego?, o tal vez sea un acto de catarsis, de enfrentar nuestros peores miedos desde la comodidad y seguridad de una butaca.
Encontrar una buena película de desastres no es fácil, y menos en pantalla grande, pero esta semana de estrenos discretos ante el embate implacable (¡y qué bueno!) de La Odisea de Cristopher Nolan, llega una cinta que mezcla a partes iguales emoción, suspenso, drama, humor… y tiburones.
En Deep Sea (la encuentran en cartelera como Impacto Mortal), conocemos a Rich (ni más ni menos que Sir Ben Kingsley), un experimentado piloto de avión que junto con su compañero Ben (Aaron Eckhart) son los pilotos de un avión comercial que va de Los Ángeles a Shanghái.
Rich es un piloto tranquilo, muy seguro de sí mismo, mientras que Ben carga el trauma de haber sido alguna vez un gran piloto de la milicia y que ahora, tras cierto conflicto de manejo de ira, tiene que conformarse con volar naves comerciales.
Todo parece ser un día cualquiera, los pasajeros abordan y -como lo dictan las reglas del género- vamos conociendo poco a poco a los personajes que pronto se convertirán en víctimas del desastre: un par de niños latosos que recién se volvieron medios hermanos, los padres medio irresponsables de este par que no dudarán en ir al baño del avión para tener sexo, un grupo de adolescentes asiáticos que viene de competir en un torneo de E-Games, otro grupo de adolescentes que son atletas y traen pique con los otros, un muchacho que no se despega de su computadora, una tierna abuelita que viaja para conocer a su nieto, y un tipo despreciable que se cree por encima de las reglas, que odia no poder fumar en el avión y que es bastante repugnante.
Todo va bien hasta que empieza a ir mal: a medio camino, algo dentro del área de carga empieza a arder, el humo prende las alarmas, los copilotos tratan de detener el fuego, pero es demasiado tarde. El desastre va escalando, no habrá de otra, aterrizar de emergencia, es muy lejos para llegar a tierra firme, la única oportunidad es caer en el agua.
El director Renny Harlin (Die Hard 2, Deep Blue Sea) entrega una de las secuencias de accidente aéreo más impresionantes de los últimos años. No le pide nada a la escena de aterrizaje en Flight (Zemeckis, 2012), ni a la escena del acuatizaje en Sully (Eastwood, 2016), aunque (hay que decirlo) tampoco supera a la estresante secuencia de La Sociedad de la Nieve (2023).
Como sea, esta secuencia es la que hace que el boleto valga su precio. Tenemos al ganador del Oscar Ben Kingsley tratando de salvar a un avión que va en inminente picada, mientras que su segundo a bordo, Aaron Eckhart intenta seguir los protocolos al tiempo que en la cabina de pasajeros se vive un auténtico infierno. Al final, no hay opción más que abrir el micrófono y comunicar a los pasajeros el mensaje que nadie quisiera escuchar nunca: “prepárense para el impacto”.
El drama no acaba ahí. Al terrible aterrizaje le sigue el trauma de esperar a ser rescatados en medio del océano, con decenas de cadáveres flotando y con la sangre de los heridos alertando los sentidos de un grupo de tiburones hambrientos que no se detendrán en su deseo de saciar su instinto animal.
¿Todo esto suena ridículo? Sin duda.
¿Es emocionante y está bien contado? Por supuesto que sí.
El ejército de guionistas de esta cinta - Pete Bridges, Shayne Armstrong, S.P. Krause y Damien Power- sabe poner la trama en una sana medianía entre lo cómico, lo tonto y lo emocionante. El tema de los tiburones nos sitúa en terreno de cintas como Snakes on a Plane (Ellis, 2006), que hacen del desastre un chiste burdo. Extrañamente esto no pasa con Impacto Mortal: si bien es ridículo que un grupo de hambrientos tiburones ataquen a los sobrevivientes, la película se toma el asunto con la suficiente seriedad como para que la sensación de peligro se eleve.
El sadismo es parte del juego: los guionistas no se tentarán el corazón cuando haya que matar a alguno de los personajes, no importando si el público ya se encariño con ellos.
Estamos pues ante una efectiva cinta de desastres con una secuencia absolutamente memorable que exige vivirse en una pantalla de cine. El miedo a subirse a un avión se ha incrementado luego de ver esta cinta.

