Antes, el cine avanzaba incluso cuando miraba hacia atrás. Hoy, muchas veces, solo regresa. La cartelera actual no lo esconde. Ahí está Michael (Antoine Fuqua), por ejemplo, reconstruyendo la vida del Rey del pop que nunca termina de irse.
O Super Mario Galaxy: La película, expandiendo un mundo virtual que ya conocemos de memoria. Y, alrededor, una sensación persistente: historias que no empiezan, continúan. Relatos que no se arriesgan, se repiten.
Durante años hemos señalado a la industria por su afán constante de hacer remakes, biopics o secuelas conocidas. Lo atribuimos a una falta de ideas. Cálculo. Miedo. Y sí, todo eso existe. Pero hay algo más incómodo: el cine no sólo responde a quien lo produce, sino a quien lo consume. Y el espectador también ha cambiado. Volver a lo conocido tranquiliza. Ordena. Evita el esfuerzo de enfrentarse a algo que no tiene nombre todavía.
Sabemos cómo funciona ese mundo, cómo se siente, incluso cómo termina. No hay pérdida posible. La nostalgia promete eso: control emocional en tiempos que no lo tienen. Por eso triunfa. Por eso se multiplica. Pero hay una trampa: recordar no es lo mismo que repetir. Recordar implica una herida, una distancia, una posibilidad de entender. Repetir es fijar el pasado como si no hiciera falta nada más.
Y eso es lo que empieza a instalarse: historias que no buscan incomodar, ni desplazar, ni abrir. Relatos que acompañan, que confirman, que sostienen, pero que no generan más desasosiego del que podemos asumir.
El cine siempre ha dialogado con su tiempo. La pregunta es, ¿qué dice este tiempo de nosotros? Quizá que estamos cansados. Quizá que estamos saturados. Quizá que hemos perdido el apetito por lo desconocido. Porque imaginar también exige riesgo. Y en un mundo lleno de zozobras la seguridad hoy se cotiza muy alto.
La nostalgia deja de ser memoria y se convierte en refugio: uno limpio, ordenado, reconocible. Pero un refugio, al final, es un lugar donde uno se protege. Y el problema no es volver. El problema es empezar a no salir. Porque en algún punto, el cine que repite deja de acompañar. Y hoy, más que nunca, no basta con que nos arrope. Tiene que empujarnos a conversar y a discutir sobre los asuntos que nos importan y nos hacen mirarnos como sociedad.
Por eso es que las llamadas películas evento, como Sirat o lo que se prevé será la secuela de El diablo viste de Prada 2 (con el regreso de las estrellas Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci) son necesarias, pues logran que las personas dejen sus pantallas individuales y acudan juntas a las salas y se reconozcan en las risas compartidas, en los silencios incómodos.
También en el shock. Pero sobre todo, que nos hagan mirar hacia adelante y nos ayuden a seguir pensando que, aunque abunde el pesimismo, un futuro mejor es posible si logramos comunicarnos entre nosotros.
Porque si el cine no es capaz de imaginar nuevas preguntas y de provocarnos reacciones y retos qué responder en colectividad, tristemente habremos perdido uno de los oráculos más fieles y certeros que tenemos para convertirlo en un capricho más del mercado y las audiencias.
unmundodecine@gmail.com

