Cannes no es un festival. Es un estado emocional. Los que llegamos ahí lo sabemos. Doce días cautivos en una burbuja donde el tiempo deja de ser normal y se convierte en proyecciones, colas, conversaciones, silencios.
Lo cierto es que hay una especie de bucle que año con año se repite. Llegamos con una emoción que estalla en la primera sala oscura. Todo es posible. Todo importa. Luego, poco a poco, las expectativas se acomodan. Las películas empiezan a drenarnos. El cuerpo se agota. Con suerte, la mirada se afila.
Y a mitad del Festival aparece algo parecido a un síndrome de Estocolmo: estamos consumidos, saturados, aislados en un evento que solo nos parece tan vital a nosotros, sentimos que hemos llegado al límite… pero no queremos salir.
Cannes nos tiene atrapados. Y nos dejamos. Porque al final siempre queda algo. Un pozo. Una resonancia. Las películas y sus creadores filtrándose en la piel, dejándonos preguntas que no se van y que muchas veces solo logramos responder meses después, a veces años, como esas que hablan del futuro y que parecían imposibles, pero que luego nos alcanzan.
No solo en las noticias, también en la cotidianeidad. Pero este año, Cannes llega con otra carga. Una mayor que la de cumplir con su rigor artístico. Y que no es nueva.
A lo largo de su historia, el Festival galo ha sido más que cine, pues ha tenido una postura política y social. No hay que olvidar que nació bajo la sombra de la guerra. Se detuvo en el 68 cuando el mundo exigía ser escuchado.
Ha sobrevivido a una pandemia. Ha amplificado voces perseguidas —como la de Jafar Panahi, uno de los cineastas iraníes más importantes y perseguidos por el régimen iraní que se ha convertido en un símbolo de lucha por la libertad de expresión—.
Ha sido escenario de tensiones, contradicciones y también, de errores —como aquel 2011 en el que Lars von Trier cruzó una línea que el Festival no pudo ignorar al decir en la rueda de prensa de su cinta Melancolía que simpatizaba con Hitler—.
Cannes no es inocente ni parcial. Nunca lo ha sido. Pero sí ha sido, históricamente, un altavoz. Un lugar donde el cine no solo se ve, también se posiciona. Y este año, ese micrófono enfrenta una prueba distinta. Más incómoda. Más urgente.
Mientras el mundo observa con horror lo que ocurre en Oriente Medio, la pregunta no es si Cannes puede ignorarlo. La pregunta es si puede permitírselo ¿Puede la alfombra roja más visible del mundo seguir siendo solo escaparate y derroche de glamour? ¿O está llamada, una vez más, a convertirse en espacio de toma de postura?
Cannes siempre ha sido un remolino de emociones. Pero este año esa cascada debería arrastrar algo más profundo: la necesidad de recuperar una voz común, un mínimo de cordura, un gesto de humanidad.
Quizá sea una misión imposible. De esas que tanto le gustan a Tom Cruise, tan querido en esta Muestra. Pero ojalá no. Porque si no ocurre ahí, donde todas las miradas confluyen, entonces la pregunta ya no será qué es Cannes. Será quién queda para hablar.
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