Vivimos en un tiempo en el que todo parece exigir una postura inmediata. Las redes sociales, la política, los medios y hasta la cultura parecen empujarnos constantemente a interpretar el mundo a través de categorías cada vez más contundentes. Por eso me llamó la atención lo que ocurrió este año con las historias con acento mexicano que se presentaron en Cannes, pues sus relatos se centraron en las personas.
Seis meses en el edificio rosa con azul, la ópera prima de Bruno Santamaría, reconstruye el año en que un niño descubre sus primeros sentimientos amorosos y la seropositividad de su padre. La película podría hablar del VIH, de discriminación, de identidad sexual, pero elige otro camino y se pregunta cómo recuerda y cómo ama un hijo.
En Siempre soy tu animal materno, de Valentina Maurel, tres mujeres de una familia atraviesan distintas crisis y edades. La película toca temas contemporáneos evidentes: el desarraigo del que emigra, el cuerpo femenino, la presión estética, las contradicciones del feminismo, el envejecimiento. Pero no se instala ahí, acompaña a las tres protagonistas sin juzgarlas ni buscar grandes discursos.
En Para nuestros contrincantes, de Federico Luis, un torneo infantil de boxeo en Tepito se convierte en una reflexión inesperada sobre la derrota. El niño pierde. La realidad modifica el guion. La historia se transforma en algo más conmovedor: un relato sobre la comunidad que aparece para sostener una caída. Y los rivales que al bajarse del ring vuelven a ser amigos y, sobre todo, niños.
También está Ceniza en la boca, de Diego Luna, que habla de la inmigración desde las heridas vitales que la búsqueda de una mejor vida deja en la herencia familiar y en sus afectos.
Ninguna de estas películas evade la realidad, pero tampoco intenta resumirla. Durante mucho tiempo, el cine latinoamericano que se proyectó en Cannes se centró en mostrar la pobreza, la violencia, los conflictos políticos y las heridas sociales, como si nuestras películas tuvieran la obligación de representar algo más grande que ellas mismas.
Lo que vi este año fue distinto. No porque esos temas hayan desaparecido, sino porque dejaron de ocupar el centro. La política sigue ahí, pero aparece en una familia. La desigualdad se plasma, pero no define. Lo mismo ocurre con la violencia, en donde el foco ya no está en explicar el sistema, sino en observar cómo viven las personas dentro de él. Estamos en un momento cansado de las certezas.
Frente a eso, estas películas proponen otra cosa: la fragilidad y la duda. ¿Quién soy cuando mi papel dentro de la familia se transforma? ¿Quién soy cuando descubro que mis padres son mucho más complejos de lo que imaginaba? Son preguntas íntimas. Pero también políticas. Porque toda sociedad se construye a partir de personas intentando responderlas. Mientras afuera todo grita cada vez más fuerte, nuestro cine ha decidido acercar el oído. Y en ese gesto hay algo revolucionario.
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