Horizonte Político

Cada revolución tecnológica llega acompañada del mismo presagio: el fin del trabajo. Lo dijeron del telar mecánico y de la computadora personal; hoy lo repiten frente a la inteligencia artificial. Los datos cuentan otra historia: el Foro Económico Mundial estima que hacia 2030 la transformación tecnológica creará 170 millones de empleos y desplazará 92 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones de puestos. El problema no es la desaparición del empleo, sino su mutación acelerada: cerca del 39 por ciento de las habilidades hoy esenciales habrán cambiado antes de que termine la década.

La aviación es el laboratorio perfecto para entender este fenómeno. Pocas industrias han convivido tanto con la automatización: el piloto automático existe desde hace un siglo y, lejos de eliminar a los pilotos, multiplicó la seguridad y la demanda de profesionales mejor preparados. Hoy la IA optimiza rutas para ahorrar combustible, anticipa fallas mediante mantenimiento predictivo, gestiona aeropuertos saturados y perfecciona la instrucción con simuladores de realidad mixta. Nada de eso sustituye el juicio humano en cabina; lo potencia.

Las cifras del sector son contundentes. Boeing proyecta que la industria necesitará 2.4 millones de nuevos profesionales hacia 2044: 660 mil pilotos, 710 mil técnicos de mantenimiento y un millón de sobrecargos; la plantilla mundial de pilotos casi se duplicará, de 315 mil a 610 mil. La IATA anticipa 5,200 millones de pasajeros en 2026, con ocupaciones históricas superiores al 83 por ciento. En plena era de la inteligencia artificial, la aviación no enfrenta un excedente de trabajadores, sino una escasez estructural de talento. La pregunta no es si habrá empleo, sino quién estará preparado para ocuparlo.

El panorama laboral general apunta en la misma dirección. El Barómetro de Empleos con IA de PwC, basado en más de 500 mil vacantes en 15 países, demuestra que las ocupaciones expuestas a la inteligencia artificial siguen creciendo y pagan salarios superiores al promedio; en México, crecieron 88 por ciento entre 2021 y 2024. Incluso Goldman Sachs, que calcula que la IA generativa podría automatizar la cuarta parte de las tareas laborales globales, distingue entre automatizar tareas y eliminar empleos: quien delega lo rutinario gana tiempo para lo estratégico y lo humano.

¿Qué significa esto para los jóvenes? Primero, que las puertas de la aviación y de las industrias tecnológicas están más abiertas que nunca: pilotos, ingenieros en aviónica, técnicos certificados, analistas de datos aeronáuticos y especialistas en ciberseguridad serán los perfiles más disputados de las próximas dos décadas. Segundo, que la empleabilidad ya no se construye con un título, sino con la actitud del aprendizaje permanente: la IA debe asumirse como copiloto profesional, herramienta de productividad y no amenaza. Tercero, que las habilidades genuinamente humanas -el pensamiento crítico, la ética, el liderazgo, la decisión bajo presión- cotizan al alza precisamente porque ninguna máquina las replica.

Pero esta transición no puede dejarse al azar del mercado, y las recomendaciones internacionales son inequívocas al respecto. La Organización Internacional del Trabajo -cuya 114.ª Conferencia debatió hace unos días, en Ginebra, el impacto de la inteligencia artificial y la economía de plataformas- adoptó en abril sus primeras conclusiones sobre IA y trabajo decente, y su receta descansa sobre un principio rector: el diálogo social tripartito como herramienta central de una transición justa. La OCDE y el Foro Económico Mundial apuntan en la misma dirección: gobernanza tecnológica centrada en las personas, transparencia algorítmica y corresponsabilidad en la recualificación de la fuerza laboral.

Conforme a ese marco, a cada actor le corresponde una tarea precisa. A los sindicatos, negociar la tecnología en lugar de padecerla: pactar en los contratos colectivos cláusulas de capacitación, reconversión y consulta previa ante la introducción de sistemas de IA, exigir que las ganancias de productividad se traduzcan en mejores salarios y vigilar que la automatización respete la seguridad operacional y la privacidad del trabajador. A los empresarios, invertir en formación continua de sus plantillas y garantizar que la supervisión humana prevalezca en toda decisión que afecte derechos laborales. Al gobierno, construir marcos regulatorios que protejan los principios y derechos fundamentales en el trabajo, fortalecer la protección social para acompañar las transiciones e integrar la formación digital a la educación pública, para que el acceso a estas competencias no dependa del bolsillo familiar.

La inteligencia artificial no viene a quitarnos el trabajo: viene a exigirnos que lo hagamos mejor. Los jóvenes que lo entiendan a tiempo no competirán contra las máquinas, sino, con ventaja, contra quienes se negaron a aprender a usarlas.

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