El 1 de julio de 2026 quedará registrado como el día en que Estados Unidos optó por no extender el TMEC por dieciséis años adicionales y activó, en cambio, un mecanismo de revisiones anuales que podría prolongarse hasta 2036. La decisión no sorprendió a los mercados —el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, insiste en que ya estaba descontada—, pero convierte en política permanente lo que debía ser excepcional: negociar cada año las condiciones de acceso al mercado que absorbe más del 80 por ciento de nuestras exportaciones.
El costo de esa incertidumbre es medible. Banamex estima que las dudas sobre el tratado restaron alrededor de 0.3 puntos porcentuales al crecimiento del PIB en 2025, año en que la inversión privada cayó 3.3 por ciento; sus pronósticos apuntan a expansiones de apenas 1.3 por ciento en 2026 y 1.8 por ciento en 2027. Oxford Economics es más severo: de los tres socios, México es el país más expuesto, pues el riesgo latente es que alguna de las partes active la cláusula de rescisión con seis meses de preaviso. El contraste con lo que está en juego es elocuente: el comercio trilateral pasó de 803 mil millones de dólares hace dos décadas a más de 1.6 billones anuales, y seis de cada diez empresas mexicanas exportan principalmente a Norteamérica.
Para el nearshoring, la revisión anual introduce una paradoja. La relocalización de cadenas productivas exige horizontes de quince o veinte años para amortizar plantas, certificar proveedores y formar talento; someter las reglas del juego a un examen cada doce meses equivale a pedirle al capital que financie proyectos de largo plazo con garantías de corto plazo. Vietnam, Polonia o Marruecos —competidores directos en la disputa por inversiones manufactureras— ofrecen hoy marcos comerciales más predecibles con sus mercados ancla. La ventaja geográfica mexicana es real, pero no es infinita ni gratuita.
Ningún sector ilustra mejor el dilema que el aeroespacial. Sus exportaciones crecieron 60 por ciento entre 2021 y 2024, de 6,700 a 10,700 millones de dólares, y para 2025 superaron los 13,600 millones, con 80 por ciento destinado a Estados Unidos. Más de 350 empresas operan en 19 estados y sostienen alrededor de 50 mil empleos especializados; México es el quinto receptor mundial de inversión extranjera directa en el ramo y el duodécimo exportador de componentes. La meta oficial, ingresar al top 10 global y alcanzar un mercado de 22 mil millones de dólares hacia 2030 es alcanzable, pero depende de decisiones de inversión que se toman hoy en Toulouse, Seattle o Montreal, con ciclos de programa de veinte años. Un tratado en revisión perpetua es, para esas mesas de decisión, una variable de riesgo que encarece cada peso comprometido en Querétaro, Chihuahua o Guanajuato.
Frente a este escenario, las organizaciones de trabajadores enfrentan un reto doble: defender el empleo existente sin renunciar a promover el que está por crearse. Ello exige presencia técnica en las mesas de revisión —el capítulo laboral del TMEC les otorga legitimidad para reclamarla—, vigilancia sobre los mecanismos de respuesta rápida y una agenda propia de formación profesional, pues los empleos aeroespaciales y de manufactura avanzada no se improvisan. La representación sindical que no entienda de reglas de origen y contenido regional negociará a ciegas.
Al Estado le corresponde lo que sólo el Estado puede dar: certidumbre interna que compense la incertidumbre externa. Estado de derecho, suministro eléctrico confiable, infraestructura logística y una estrategia negociadora que convierta cada revisión anual en oportunidad de blindaje sectorial, no en ventanilla de concesiones.
Los inversionistas, por su parte, ya ajustaron su conducta: privilegian ampliaciones sobre proyectos nuevos, acortan plazos de recuperación y exigen primas de riesgo. Revertir esa cautela requerirá señales consistentes, no declaraciones optimistas.
La revisión anual del TMEC no es el fin del tratado, pero sí el fin de la certidumbre automática. La próxima década se jugará en la capacidad de México para demostrar, año tras año, que sigue siendo la mejor apuesta de Norteamérica. En industrias como la aeronáutica, donde cada contrato compromete una generación, esa demostración no admite pausas ni improvisaciones.

