El 25 de julio de 2024 despegó un pequeño avión rumbo a Estados Unidos. A bordo viajaba Ismael 'el Mayo' Zambada. Nadie imaginó que aquel vuelo no solamente trasladaría al narcotraficante más buscado del planeta. También marcaría el inicio del mayor deterioro que ha vivido la relación entre México y Estados Unidos desde que ambos países construyeron la integración económica, social y política que hoy los une.

Nuestra historia bilateral ha conocido guerras, invasiones y profundas diferencias diplomáticas. Pero desde la entrada en vigor del TLC y posteriormente del T-MEC, nunca se habían acumulado durante tanto tiempo tantos frentes de confrontación al mismo tiempo. Seguridad, migración, comercio, inversiones, sistema financiero, reforma judicial, combate al narcotráfico, soberanía, visas, gobernadores, bancos y ahora nuevamente el caso del Mayo. Lo que antes eran conflictos aislados terminó convirtiéndose en una sola crisis.

El problema comenzó durante los gobiernos de Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador. La captura del Mayo Zambada sin conocimiento del Gobierno mexicano provocó una ruptura de confianza. México exigió explicaciones sobre el vuelo, el piloto y la posible participación de agencias estadounidenses. Washington entregó información insuficiente y, en algunos casos, contradictoria. Pero también se sorprendió, como una parte importante de la sociedad mexicana, por la indignación del Gobierno de México ante la detención del narcotraficante más buscado del planeta. Para muchos, la reacción oficial pareció concentrarse más en la forma de la captura que en el significado de haber puesto finalmente bajo custodia a uno de los principales responsables de décadas de violencia, corrupción y muerte.

A partir de entonces comenzaron a encadenarse los acontecimientos. La guerra interna del Cártel de Sinaloa, las dudas sobre el asesinato de Héctor Melesio Cuén, los señalamientos contra Rubén Rocha Moya, las diferencias por la reforma judicial, la llegada de Donald Trump, la declaratoria de los cárteles como organizaciones terroristas, las amenazas de aranceles, las entregas extraordinarias de narcotraficantes, las sanciones contra instituciones financieras mexicanas, el retiro de visas a gobernadores y funcionarios, las investigaciones por presuntos vínculos entre políticos y organizaciones criminales, la presión sobre el T-MEC y la incertidumbre para la inversión.

Con Trump y Claudia Sheinbaum la tensión dejó de ser exclusivamente diplomática. Se volvió económica, judicial, financiera y política. Hoy prácticamente cualquier diferencia termina impactando el resto de la relación. El combate al fentanilo influye en las negociaciones comerciales. Los aranceles se utilizan como instrumento de presión política. Las investigaciones judiciales generan crisis de gobernabilidad. La cancelación de una visa produce semanas de especulación pública. La seguridad nacional y el comercio dejaron de caminar por separado.

No es la crisis más grave en la historia entre ambos países. Probablemente sí sea la más extensa, diversa y simultánea desde que México y Estados Unidos decidieron convertirse en socios profundamente interdependientes.

Resulta simbólico que casi dos años después el mismo avión vuelva a ocupar titulares. Lo que parecía un episodio aislado terminó convirtiéndose en el punto de partida de una relación marcada por la desconfianza. Cambiaron los presidentes. Cambiaron los discursos. Cambiaron las prioridades de ambos gobiernos.

La crisis, en cambio, sigue volando.

Y hasta ahora, no encuentra dónde aterrizar.

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