El 31 de marzo, cuando abrió la taquilla virtual, ingresé al sitio indicado pero las entradas ya se habían agotado. Después de seis años sin acceso al público, reabría el Museo Dolores Olmedo en Xochimilco el sábado 30 de mayo. Así que compré un boleto para los próximos días y acudí a la fiesta que el colectivo Defendamos al Museo Dolores Olmedo organizó en plena calle, a las puertas de la Noria, para presenciar el instante en que, al que al ritmo de una marimba prodigiosa, se abrió la puerta y una larga fila de personas la atravesó, gracias a la incansable lucha de vecinos y vecinas que demostró los alcances de la ciudadanía organizada.
Quienes ingresan, recorren los jardines y las salas impecables, la casa de Dolores Olmedo por dentro con sus fotos y su historia, los xolos y los pavorreales. Miran las obras de Frida Kahlo recién desempacadas de Houston y las pinturas de todas las etapas de Diego Rivera, los grabados de Angelina Beloff, las piezas arqueológicas, el arte popular…
En la calle y sobre las banquetas se desborda, armoniosa, con lágrimas, abrazos y palmadas, la alegría. Se respira el amor a La Noria de varias generaciones de vecinas y vecinos, pueblos, barrios y colonias de Xochimilco que en el museo y sus jardines tejieron vínculos entrañables con el arte, la naturaleza y su comunidad. Celebran quienes tomaron desde la infancia talleres de pintura, jóvenes que decidieron dedicarse al arte gracias a los cursos, quienes escuchan desde sus casas el canto de los pavorreales, quienes extrañan la gran Ofrenda de Muertos y las múltiples tradiciones que unen a la gente. Porque han hecho suya la herencia de “Doña Lolita”, como le llaman a la coleccionista que le donó todo “al pueblo de México”.
En la alegría de la música y los bailes, en las palabras lúcidas y articuladas de las flores más bellas del ejido, en las Catrinas Contemporáneas, en la Marimba Dinastía Gutiérrez, en Los Amigos del Danzón que desde tempranito abrieron pista en el asfalto, en el Ballet Quetzalcihuatl y en el Grupo Zacatecas del maestro Ruben Esparza, en la voz de Paloma Fierro, en los niños y niñas que brincotean con la Comparsa de Chinelos “Padre Nuestro” y en cada discurso: júbilo y dignidad de la gente de Xochimilco. Y gratitud a un colectivo que desde 2025 decidió expresar sus exigencias con jornadas culturales a las puertas de la Noria los domingos cada 15 días.
Sin partidos políticos, sin un solo grafiti, cierre de avenidas o vandalismos, pero con creatividad y convicción, el colectivo emprendió una lucha sin tregua para impedir que las colecciones del museo, los Fridas y los Diegos, se mudaran a Chapultepec luego de que en 2021 el gobierno de la CDMX, el Fideicomiso Dolores Olmedo y el Grupo Aztlan firmaron un millonario convenio para trasladar las obras a la nueva feria.
La defensa de la integridad de los acervos y del cumplimiento de la voluntad de Dolores Olmedo cobró fuerza hace un año cuando se denunció que el Comité Técnico modificó en 2020 el contrato del fideicomiso que firmó doña Lola ante notario en 2002 y desapareció al “pueblo de México” como fideicomisario. Revertir esa irregularidad es un asunto pendiente. De la permanencia del museo no cabe la duda (El País, 30/V/26); los directivos calculan que, si antes de la pandemia la Noria recibía 125 mil personas al año, ahora serán 300 mil.
Por lo pronto, Xochimilco está de fiesta. Qué lección de civilidad, unión y amor al patrimonio. Sientan un precedente inédito en la historia cultural de México. Y eso hay que festejarlo, su lucha nos dignifica.
adriana.neneka@gmail.com

