Eloy, Arizona.— “Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”, cantan Los Tigres del Norte. Y en esta situación se encuentran actualmente entre mil 300 y mil 350 personas bajo custodia en el Centro de Detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Eloy, Arizona.
Alejado de todo, rodeado de cactus y polvaredas, y bajo una temperatura de hasta 50 grados, en este lugar hay zozobra, tristeza, miedo y desesperanza.
“De qué me sirve el dinero, si estoy como prisionero de esta gran nación”, dice la canción de Los Tigres del Norte lanzada en 1984.

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“¿Ya nos van a llevar o qué?”, pregunta con una sonrisa nerviosa y mirada baja una mujer vestida de verde de unos 40 años, quien espera salir de la unidad Charlie de mujeres de este centro de detención.
Ella es una criminal para las autoridades de Estados Unidos y una amenaza para la seguridad nacional, pero su único “delito” es estar en territorio estadounidense sin un estatus migratorio. Tal vez fue detenida por agentes del ICE en una redada en una gran ciudad, golpeada, sometida con violencia y señalada por su origen hispano.
Quizá fue “una alborotadora” que quiso impedir en diciembre pasado una detención de criminales en Tucson, como reportó el ICE.
En esta jaula gris para humanos en la que trabajan “héroes” y que está rodeada en su totalidad con alambres de púas y cámaras de vigilancia en toda su extensión, ni mujeres ni hombres llevan esposas en las muñecas, pero el color del uniforme pesa: rojo para los violentos que representan una amenaza alta; amarillo para una amenaza media-alta, caqui para una amenaza media-baja, y verde para bajo riesgo. La designación se basa en sus antecedentes.
Entre letreros en inglés como “complacencia es igual a resultados adversos”, “ICE tiene cero tolerancia para abuso sexual y agresión” y “Jesús te ama”, los colores de un uniforme quedan de lado porque todos conviven como comunidad: ríen, lloran, se abrazan y se enojan. Las personas retenidas apenas y responden los buenos días de los extraños.
“¿Cuándo voy a salir de aquí?”, es una pregunta frecuente de los detenidos. Los buenos momentos familiares quedan en recuerdos.
Los hombres jamás tienen contacto con las mujeres porque las áreas están separadas y tampoco hay “visita conyugal”. No hay cómo enamorarse en este lugar, aunque las bodas entre una persona detenida y una externa se celebran los viernes en la capilla.
En el Centro de Detención de Eloy no se aceptan niños ni niñas. La persona de mayor edad aquí es una mujer de 70 años. Todo es serio, triste y formal, no hay música y los noticiarios de Telemundo se observan en las pantallas sin audio, pero con subtítulos en español.
Las paredes grises del interior tienen vida sólo por algunos murales con colores, como los que pintó Eyinay Cabezas en 2017. Girasoles y colibríes sostienen la esperanza.
Las luces se apagan y las puertas se cierran a las 21:30 horas, mientras las decenas de cámaras de vigilancia se mantienen activas. Algunos llantos salen de las celdas.
En su gran mayoría de Sudamérica, son 97 nacionalidades de las que se tienen registro actualmente en este Centro de Detención, algunas también de África y Europa.
Los encargados del lugar puntualizan que hay capacidad para mil 500 personas y los números actualmente fluctúan entre mil 300 y mil 350, casi al límite. De origen mexicano son los que más hay detenidos, con 589; seguido de Guatemala, con 101; 41 de El Salvador; y 47 de Honduras.
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Pese a estar en medio de la nada y con altas temperaturas, las detenidas y los detenidos por el ICE cuentan con “privilegios” mientras atraviesan un proceso judicial para determinar su estatus migratorio. El castillo gris de púas por dentro es “un oasis” para las y los migrantes retenidos en medio del desierto de Arizona, según las propias autoridades.
Esta “cárcel de migrantes” contrasta con encabezados como “los tienen como animales”, que hacen referencia a otros centros del ICE en otras partes de Estados Unidos. Aquí no hay hacinamiento como el que se reportó en Washington y Nueva York.
“A toda persona se le trata como ser humano. Los atendemos mientras están aquí”, responde a EL UNIVERSAL el subdirector de Oficina de Campo, Bryan Ortega, quien se desentiende del actuar agresivo de los agentes del ICE en las redadas callejeras.
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Lo que pasa afuera con los agentes del ICE es otra cosa, refiere. “Nosotros simplemente gestionamos a quienes llegan aquí”, insisten las autoridades de este centro.
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