Miami.— En , donde antes el tráfico marcaba el pulso de la ciudad, ahora apenas se escuchan algunas motos aisladas, un automóvil que pasa con prisa contenida, un autobús que cruje como si también estuviera cansado. El silencio pesa. En los establecimientos de hay largas filas, con cuerpos bajo el sol, miradas vacías, motores apagados durante horas de espera. “Es la escasez de combustible”, repiten sin sorpresa. Algunos llenan el tanque del carro; otros cargan tambos azules, improvisados, “para lo que se ofrezca”.

El 9 de febrero, el gobierno comunista de Cuba comunicó a aerolíneas internacionales que, desde ese día, “el país no tiene combustible para la aviación”.

La frase cayó como una losa. Si no hay combustible para los aviones, no hay para nadie.

Pero la ciudad ya venía apagándose desde mucho antes. Semanas atrás, meses atrás, La Habana había comenzado a moverse más despacio. Las avenidas amplias parecían exageradas para tan pocos vehículos. Los establecimientos que recibían algún suministro de gasolina lo administraban como si repartieran oxígeno. Litro a litro. Turno a turno. Con la tensión de quien sabe que no alcanza para todo ni para todos.

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Cuando un gobierno reconoce que no puede suministrar combustible a la aviación es una confesión de que algo se les esta yendo de las manos. Ese mismo día, medios informaron que Air Canada suspendía vuelos a Cuba. Las rutas no entienden de discursos; si no hay combustible, se van. Y, aunque no se retiraron todas las aerolíneas, con cada vuelo cancelado se siente que la isla se encoge un poco más. Dos días antes, el viceprimer ministro Óscar Pérez-Oliva Fraga había dicho que “al no haber combustible suficiente, no podemos mantener los niveles de venta que veníamos teniendo en semanas anteriores”. La frase esconde el drama del pueblo cubano. Significa que hay menos transporte, menos alimentos en los mercados, menos movimiento y, lo poco que hay, es más caro.

Viene lo peor

Pero el golpe más duro lo sienten las familias. Desde el 21 de enero se informó que habría “cortes que dejarán de forma simultánea hasta 62% del país sin corriente”. EL UNIVERSAL platicó con José Elías, cubano que vive en La Habana. “Es un infierno, es un infierno porque hay muchos lugares que dependen de la corriente eléctrica para cocinar, otros para lo frío, guardar lo poco que se puede lograr con mucho sacrificio”, cuenta en un tono de resignación, asegurando que lo peor aún no ha llegado.

El gobierno cubano dio a conocer que más de la mitad de la isla quedará sin servicio eléctrico al mismo tiempo de manera repetitiva sin saber hasta cuándo. “No es sólo la oscuridad en las noches, es la comida que se echa a perder, el agua que no sube a los tanques, el ventilador que deja de funcionar”, escribió en una de sus redes Naivys, una madre de familia.

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La Unión Eléctrica, empresa estatal de electricidad cubana, proyectó mil 260 megavatios frente a una demanda de 3 mil 230. Los números son fríos, pero en cada cifra hay una casa a oscuras.

“Hay muchos más apagones ahora mismo (…) y esto se va a poner más malo de lo que está; está malo pa’ todo el mundo”, dice un joven de La Habana que habló con este diario. Y no habla con rabia, sino con resignación. Tiene ojeras. Se acostumbró a dormir a ratos, a bañarse cuando hay agua, a cargar el teléfono en cualquier enchufe que encuentre con corriente.

La electricidad es la que marca el ritmo de la resignación en la población de la isla. Las familias organizan su día alrededor de las horas en que llega la corriente.

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Sin importar si es madrugada, mediodía o la hora de ayudar a los hijos, cocinan rápido, lavan en silencio, cargan los teléfonos con prisa, prenden las bombas de agua y, cuando la luz se vuelve a ir, nadie se sorprende; sólo se escucha el murmullo, la queja, la frustración y se observan las caras largas. “Hay un estrés muy grande, un estrés sostenido; generador de hipertensión, de problemas siquiátricos de inmunodepresión, porque es imposible dormir sin ventilador y comer sin los alimentos refrigerados”, comparte Pablo desde su casa en La Habana, a este diario.

La gente “no tiene radio, no tiene televisión y, al final, eso acelera el estrés que ya, antes de tener estos apagones, existía. Ahora eso lo ha acelerado más”.

Las noches son aún más largas sin radio, sin televisión, sin ventiladores, el aire se vuelve pesado. Los ancianos se abanican con cartones, los niños preguntan cuándo volverá la luz; ya casi nadie responde porque nadie sabe.

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Medios han señalado que los “apagones diarios” han llegado a “superar las 20 horas”. Detrás de esa cifra hay familias enteras viviendo “de milagro”. La Unión Eléctrica informó en uno de sus partes que los cortes continuarán en gran parte del país dejando sin corriente de forma simultánea a la gran mayoría.

En un reporte recogido por medios independientes, una mujer en Holguín se quejó del gobierno cubano, señalando que “lo único que dan son justificaciones, no resuelven, no dan soluciones”, y dejó en el aire una pregunta muy comentada: “¿será que en los hoteles a los turistas los tienen sufriendo igual que a nosotros?”.

Rosa María Payá, activista cubana por la democracia y los derechos humanos, declaró que el gobierno de la isla es incapaz de sostener servicios básicos “por la ineptitud y la corrupción de los militares en el poder”.

En las casas, la planificación es constante. Se cocina todo lo que se pueda cuando llega la luz. Se lava de madrugada si es necesario. Foto: Cortesía Jéssica Gómez
En las casas, la planificación es constante. Se cocina todo lo que se pueda cuando llega la luz. Se lava de madrugada si es necesario. Foto: Cortesía Jéssica Gómez

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Entre la impotencia y la tensión

Manuel Cuesta Morúa, opositor y activista cubano, describió la vida cotidiana como una mezcla de “impotencia, incertidumbre, angustia y tensión”.

Un taxista cuenta que ya no trabaja todos los días. Otro admite que guarda combustible “por si alguien se enferma”. La gasolina dejó de ser un apoyo indispensable de trabajo para convertirse en un seguro de emergencia. “Cada litro es una decisión”, dijo el taxista.

En las casas, la planificación es constante. Se cocina todo lo que se pueda cuando llega la luz. Se lava de madrugada si es necesario. Se desconectan equipos para evitar que se dañen con las subidas repentinas de corriente. La vida se organiza en función de algo que no depende de ellos.

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La última gran crisis de este tipo en la isla data de los años 90, pero nunca como la de hoy. “En el periodo especial del 80 y 90 había cosas, ahora no hay nada, todo mundo se está muriendo de hambre aquí en Cuba porque no hay nada que comer”, cuenta Enrique, un hombre ya retirado, pero sin apoyos económicos, a EL UNIVERSAL.

“El refrán dice que segundas partes fueron peores y esta es la crisis nunca antes vista, nunca antes imaginada; es una verdadera pesadilla, se está viviendo en condiciones infrahumanas”, explica Pablo, quien asegura que “la inmensa mayoría, más de 90% de la población en Cuba vive en condiciones de extrema pobreza, no hay esperanza, no hay estabilidad, no hay garantías; no hay un diseño de vida ni a mediano ni a corto plazos”.

De acuerdo con los informes más recientes del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), publicados en 2024 y 2025, alrededor de 89% de la población cubana vive en condiciones de pobreza extrema.

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La sensación de dependencia también pesa. Dmitri Peskov, portavoz del Kremlin, afirmó desde Moscú el 9 de febrero que “la situación en Cuba es realmente crítica”. Peskov añadió que Rusia mantiene un contacto intenso con el gobierno cubano “por canales diplomáticos y de otro tipo”.

Muchos cubanos hacen un llamado a quienes están de acuerdo con el régimen castrista de la isla: “Vengan a vivir aquí, los reto”, gritó uno de ellos; “es fácil decir que eres comunista viviendo en Estados Unidos, México o cualquier país democrático, por malo que sea”, comentó otro.

Reconocen que no hay democracia perfecta, pero aun así la prefieren por mucho; mantienen la esperanza de que Estados Unidos los libre del régimen dictatorial cubano de una vez por todas.

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“Si no hay una potencia que nos apoye, que nos ayude, no se podrá lograr nada, tenemos la fe y la confianza de que este presidente [Donald Trump] que se encuentra gobernando Estados Unidos, conjuntamente con el secretario de Estado, nos ayude a terminar con esta dictadura totalitaria”, dijo con voz firme José Elías.

Enrique asegura que Cuba puede cambiar de régimen también, con la presión que está ejerciendo Trump. “Yo como pueblo [cubano] ya quiero que venga esa gente y que se vaya esta gente del poder porque están matando a la gente de hambre y de necesidad aquí en Cuba… y no se puede decir nada porque te meten preso”, subrayó con voz enérgica.

Después de décadas de control centralizado por el gobierno cubano, de decisiones tomadas lejos de las casas donde hoy no hay luz, la realidad se siente devastadora. No se trata de un debate ideológico, coinciden pobladores en la isla, cuando se juntan sin nada más que poder hacer. “Se trata de una realidad que ha estado quitándonos las posibilidades de vida de millones de cubanos desde hace casi siete décadas”, resumió uno de ellos.

Más allá de comunicados y cifras, de las mentiras gubernamentales y la esperanza del pueblo cubano, lo que quedan son las familias que viven con miedo a las próximas horas sin luz, trabajadores que tratan de llegar a sus puestos, jóvenes que repiten que “está malo pa’ todo el mundo”. Es una frustración que no se declara abiertamente, pero que está ahí; respirando, latiendo, pensando, llorando, sudando en cada hora del día y en cada calle oscura de Cuba.

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