¿Acabas de desayunar y ya estás pensando en qué vas a cenar? ¿O sientes un impulso constante por buscar snacks en la alacena aunque no tengas hambre?
A esto la ciencia lo llama food noise (ruido por la comida): una especie de «antena» mental que nunca se apaga y nos mantiene obsesionados con los alimentos.
En el reciente Congreso Internacional de Obesidad (ICO 2026), los expertos explicaron que este ruido no es falta de fuerza de voluntad.

Es una respuesta biológica de nuestro cerebro a un entorno lleno de prisa y ultraprocesados que alteran las hormonas del apetito.
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El cerebro está diseñado evolutivamente para buscar alimentos hipercalóricos y así garantizar la supervivencia. Al comerlos, el cerebro libera dopamina, la hormona del placer.
Cuando el cerebro asocia la comida con una gratificación inmediata, el circuito de recompensa se vuelve hiperreactivo y busca ese estímulo de manera constante.
Cuando las hormonas del apetito se desajustan —ya sea por estrés, falta de sueño o picos de azúcar—, la señal de saciedad no se activa; el cerebro piensa que falta energía y no deja de pedir comida.
Prohibir o clasificar alimentos como "buenos" o "malos" suele generar el efecto contrario.
La restricción cognitiva o física incrementa el valor percibido del alimento prohibido. Mientras más intentas no pensar en un pastel, más espacio ocupa en tu mente.
El estrés eleva los niveles de cortisol, lo que incrementa la apetencia por alimentos confortables.
En estos casos, la mente utiliza la comida como una herramienta de autorregulación emocional frente al aburrimiento, la ansiedad, la fatiga o la tristeza.
Come despacio, mastica con calma. El estómago y el intestino necesitan aproximadamente 20 minutos desde que empiezas a comer para enviar las señales de saciedad al cerebro.
Comer viendo pantallas bloquea las señales biológicas que le avisan al cerebro: que ya está satisfecho. Concéntrate en el olor, el sabor y en el acto de nutrirte.
Los ultraprocesados, además de tener ingredientes dañinos, su textura y palatabilidad nos lleva a comer más rápido, dejando la sensación de que nos "falta algo".
Prioriza la proteína y la fibra: Ayudan a estabilizar los niveles de glucosa en sangre y estimulan la liberación natural de hormonas de saciedad.
Los alimentos ricos en grasas saludables como el aguacate, las semillas, el aceite de oliva y los frutos secos en general, retardan el vaciado gástrico, prolongando la sensación de plenitud.
Un desequilibrio microbiano altera las señales de saciedad que el intestino le envía al cerebro. Consumir alimentos fermentados y fibra alimenta a las bacterias benéficas, reduciendo la ansiedad por comer.
Dormir mal altera el equilibrio hormonal. Cuando el cuerpo está cansado, el cerebro busca energía rápida exigiendo antojos de alimentos ricos en azúcar y grasa.
Si la comida es tu única vía de escape o gratificación diaria, el cerebro acudirá a ella constantemente.
Busca actividades no relacionadas con la alimentación que generen descanso, bienestar o estimulación.
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