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Puebla.— Por más de 25 años, la familia Rosas Morales ha mantenido viva una de las tradiciones más queridas que marca el final de la temporada navideña: la elaboración artesanal de la rosca de Reyes. Desde la Panadería Rosas, en la comunidad de San Agustín Tlaxco, su trabajo no sólo alimenta el paladar, sino también la memoria, la fe y la identidad familiar.
A 28 kilómetros de la ciudad de Puebla, el aroma a pan recién horneado anuncia que la tradición sigue intacta. En este pequeño poblado, la Panadería Rosas se convierte cada enero en un punto de encuentro para vecinos que buscan algo más que pan: historia, cercanía y el sabor de lo hecho con amor.
Un oficio que se hereda
El maestro tahonero Hermenegildo Rosas Cano, conocido cariñosamente como don Mele, y su esposa Lourdes Morales Espinosa encabezan este proyecto familiar que ha resistido el paso del tiempo. Para ellos, hacer rosca es un ritual aprendido y perfeccionado durante décadas.
Todo inicia con la elaboración de la llamada pata, término panadero que hace referencia a la base de la masa. Harina, levadura y una pizca de sal se mezclan y se dejan reposar hasta lograr el esponjado ideal. Este primer paso es fundamental.
Mientras la pata cumple su función, se prepara otra mezcla de harina, azúcar, huevo, ralladura de naranja y otros ingredientes que, como explica don Mele, varían según el estilo y receta de cada panadero. “Cada quien le pone su toque”.

Ambas mezclas se integran hasta obtener una masa suave y consistente, la cual se deja reposar nuevamente. Después se divide en secciones para permitir que la levadura haga su trabajo y logre el volumen esperado. Una vez lista la masa, se extiende y se le da la forma ovalada característica, no sin antes colocar el elemento central: la figura del Niño Dios. En el caso de roscas especiales, se añade también el relleno elegido por el cliente, como zarzamora o crema. Después, se barniza la masa y se deja reposar una vez más.
El siguiente paso es el decorado: ate de colores, higo en pequeñas rebanadas y pasta de azúcar, similar a la que se utiliza en las conchas. Tras una última hora de reposo, las roscas se hornean entre 15 y 20 minutos. El resultado es un pan dorado, aromático y listo para compartirse. El tiempo total de elaboración es de aproximadamente tres horas, una hazaña si se considera que en la Panadería Rosas se producen más de 80 roscas al día esta temporada.

Tradición accesible y con sentido social
Además de preservar la tradición, la familia Rosas se distingue por mantener precios accesibles.
Las roscas medianas tienen un costo de 200 pesos, mientras que las grandes de 300 pesos, con variaciones según el relleno. Una forma de apoyar a la economía local y permitir que más familias puedan disfrutar de esta costumbre.
Don Mele destaca que el oficio del panadero está influido por múltiples factores: el clima, los ingredientes, el entorno y el presupuesto. “No es sólo mezclar harina”, afirma.
Además, don Mele ha convertido la panadería en un espacio de aprendizaje para nuevas generaciones. A través del programa federal Jóvenes Construyendo el Futuro, el maestro panadero comparte su conocimiento con jóvenes interesados en aprender el oficio de la panadería artesanal.
En la Panadería Rosas, los jóvenes aprenden desde lo más básico: el manejo de ingredientes, los tiempos de fermentación, el amasado y el horneado, hasta el valor de la disciplina, la constancia y el respeto por el trabajo artesanal. Para don Mele, transmitir el conocimiento es tan importante como mantener viva la tradición.
El significado detrás de cada elemento
La rosca de Reyes no es sólo un pan; es un símbolo cargado de historia y fe. Su forma ovalada representa el amor infinito de Dios. Las frutas cristalizadas en tonos rojos y verdes evocan las joyas que adornaban las coronas de los Reyes de Oriente. La figura escondida del Niño Dios simboliza el momento en que Jesús fue ocultado para protegerlo del rey Herodes durante la huida de la Sagrada Familia a Egipto.
En San Agustín Tlaxco, la familia Rosas Morales demuestra que las tradiciones no sólo se conservan, se viven. Cada rosca que sale del horno es un acto de amor, un homenaje al pasado y una apuesta por el futuro.
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