Ayotzinapa, Guerrero.- Francisca Modesto tiene 73 años de edad y hace seis se convirtió en madre otra vez.

Una tarde de hace seis años, de la vivienda de Francisca salió su hija menor para recoger a uno de sus tres hijos, al municipio de Acatepec, a una hora y media de distancia. La joven salió con su hijo menor en brazos, un bebé de tan sólo cinco meses.

El niño —al que iba a recuperar— estaba en Acatepec con su esposo, de quien se había separado tiempo atrás. Sin embargo, la hija de Francisca tenía miedo de que no se lo devolviera.

Ya habían pasado varios días y el hombre no devolvía al niño. Al separarse, él la amenazó con quitarle a los pequeños, incluso, con matarla.

Cuando la joven llegó a Acatepec, el hombre no se negó a devolverle al niño, incluso, se ofreció a llevarlos de regreso a la casa de Francisca. Así lo hizo. Sin embargo, a punto de llegar, discutieron y él le disparó en la cabeza.

Francisca aguardaba en su casa el regreso de su hija, angustiada por el retraso, pero aun así decidió esperar. Alrededor de las cinco de mañana, cuando la primera camioneta pasajera salió del pueblo, se topó con un cuerpo en medio de la carretera. Era la hija de Francisca. La joven estaba con el bebé en los brazos, muerta. El otro niño no estaba, se lo había llevado el hombre, de quien no quiere volver a mencionar su nombre.

A los 73, sólo vive para su nieto
A los 73, sólo vive para su nieto

Zona de riesgo

Francisca es nahua, vive en una choza con piso de tierra y sin muebles, en la comunidad de Ayotzinapa, en el municipio de Tlapa, en La Montaña de Guerrero.

Desde uno de los cerros más altos que rodean a Ayotzinapa, se miran las decenas de casas de material. Son viviendas construidas por el trabajo que realizaron sus habitantes afuera, a miles de kilómetros de Guerrero. Este pueblo está construido por jornaleros.

Ayotzinapa se despobla cuando comienza la temporada del corte en el norte del país. En las casas en esos días se van quedando sólo los adultos mayores y los niños.

Francisca era de esas mujeres que se iban al norte del país a trabajar de jornaleras. Durante 35 años así lo hizo. Sin embargo, desde hace seis años ya no continuó: tiene la responsabilidad de cuidar a su nieto y lo hace cómo puede, con las fuerzas que le restan.

Francisca y su nieto sobreviven del maíz que siembran en la hectárea de tierra que tienen. Les alcanza para pasar el año teniendo tortillas que comer. La mujer se ayuda con los 2 mil 600 pesos que cada dos meses recibe de los programas sociales.

A los 73, sólo vive para su nieto
A los 73, sólo vive para su nieto

Ahora en su casa no tiene el servicio de energía eléctrica por dos razones: una, porque no le es posible pagarlo y, dos, porque cuando el huracán Ingrid y la tormenta Manuel, en 2013, se llevó su casa, tuvo que comprar un terreno con los ahorros que había logrado como jornalera. Le alcanzaron para un terreno de cinco por cuatro metros, donde montó un choza de techo de lámina de aluminio, piso rústico y paredes de palitos. Para instalar la luz no hubo dinero.

A Francisca le preocupa mucho su nieto. Ella es su único respaldo, ella se convirtió en su madre y el niño así la reconoce, así la nombra.

En estos días, la preocupación de Francisca ha ido en aumento. Sabe que está en un grupo vulnerable de la pandemia provocada por el Covid-19.

Y le preocupan dos cosas más: si se contagia no tendrá un hospital cerca, el más próximo está en Chilpancingo, a unas cuatro horas, y a Ayotzinapa están llegando cientos de sus pobladores que los están regresando de los estados del norte por la pandemia.

Francisca se admira cuando se le pregunta si celebrará este 10 de mayo, el Día de las Madres. Ella dice que ni se acordaba que era festejo para las mujeres que han procreado.

La mujer tuvo tres hijos, y cuando la menor fue asesinada por su esposo, con ella se fue parte de su vida. Dice que sólo vive para no dejar solo a su nieto.

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