La muerte llegó por la noche y tras de sí, dejó una estela de dolor y destrucción que aún lastima a las familias de Asunción Ixtaltepec , una comunidad del sur de Oaxaca habitado por indígenas zapotecas dedicados al campo, la panadería, la producción del quesillo y a la alfarería y que ahora dicen que nunca en sus vidas olvidarán el sismo del pasado jueves siete de septiembre.

Frente a una desgastada mesa circular de madera colocada en la polvorienta calle Juárez de la Cuarta Sección de Ixtaltepec , Guiaati en zapoteco, don Luis Jiménez Guzmán se lamenta dolorosamente porque en la noche del sismo no tuvo el tiempo necesario para poner a salvo a su madre, doña Teresita Guzmán, quien falleció aplastada bajo ladrillos, tejas, tierra y morillos.

“Siempre dormía con ella bajo el mismo techo, pero esa noche no sé por qué me acosté en una hamaca en el corredor. Sentí el temblor, me paré para ayudarla a salir pero ya no pude. Todo se cayó. El techo, las paredes, los morillos y la tierra se vinieron para abajo. No pude ayudarla”, narró entristecido.

El sismo de 8.2 que tuvo su epicentro en la población chiapaneca de Pijijiapan, devastó poblaciones del Istmo, entre ellas Asunción Ixtaltepec donde murieron 10 personas y resultaron dañadas unas 800 viviendas de acuerdo con el presidente municipal, Óscar Toral Ríos, quien señaló que el palacio municipal quedó destruido y solo queda demolerlo totalmente.

Apenas en junio pasado, las lluvias que dejaron las tormentas “Beatriz” y “Calvin”, dañaron los cultivos de maíz, destruyeron los hornos donde las mujeres elaboran panes y los hombres preparan ladrillos y los productos de la alfarería como ollas de barro y las populares figuras femeninas conocidas como “Tanguyú”.

Tras el sismo, los alfareros y ladrilleros que apenas trataban de recuperarse de las afectaciones por las lluvias dejadas por “Beatriz” y “Calvin”, volvieron a ser golpeados por la furia devastadora de la naturaleza. “Fue un nuevo golpe duro para nuestro pueblo, pero estoy seguro que saldremos adelante”, expresó el alcalde Óscar Toral Ríos, durante un recorrido por las zonas afectadas.

En diversos puntos de Asunción Ixtaltepec, que en su cabecera tiene siete mil habitantes, soldados del Ejército Mexicano, que aplicaron el Plan D-N –III poco después que comenzó la tragedia que enlutó hogares istmeños, entregaban ayuda alimentaria a las personas que sufren por la falta de víveres, medicinas y agua.

Las autoridades locales en coordinación con el Ejército Mexicano habilitaron varios albergues donde acuden las familias a recibir raciones de comida caliente.

Los albergues están en las escuelas, en las explanadas de las iglesias y en los patios de los vecinos. Menores de edad cuidados por sus madres y adultos duermen en las colchonetas a la intemperie. Todos tienen miedo de las más de 700 réplicas que se han presentado después de la horrorífica noche del siete de septiembre.

Salvaron la vida

En el recorrido de EL UNIVERSAL por las calles de Ixtaltepec, se podían observar familias bajo la sombra de los almendros en las aceras, en el piso el tiradero de las tejas desprendidas de los techos, pero también viviendas desplomadas, bardas caídas y sobre todo, rostros desencajados de los ixtaltepecanos que pasmados no terminaban de comprender la magnitud de la tragedia.

Sobre la acera, con el fondo de lo que fue su vivienda, ahora reducida a escombros y morillos apilados en el piso y con una hamaca azul colgada de las endebles paredes sin techo, estaban los integrantes de la familia Toledo Mijangos. Todos bebían atole en sus blancos vasos desechables, dispuestos a narrar cómo salvaron la vida la noche del terremoto que les arrancó a sus familias.

Tres personas de la tercera edad, Alfonso Toledo Guzmán, de 90 años, Juana Mijangos Díaz, de 86 años, padres de Esteban Toledo Mijangos, de 68 años de edad, sobrevivieron al sismo, pero ahora no pueden desprenderse del miedo que experimentaron la noche del jueves siete de septiembre.

“Estábamos durmiendo. Yo estaba en un catre y de pronto sentí que todo se movía. Me levanté y grité: ¡está temblando! Y desperté a mis padres y cómo pude los saqué al patio. En ese momento se oyó el ruido y el patio se cubrió de polvo. El techo de la casa y las paredes terminaron en escombros”, recordó Esteban Toledo.

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