El error de Mancera

Ricardo Raphael

No es extraño que Mancera trate con distancia y menosprecio a su equipo de trabajo. Llegan a transcurrir tres y hasta seis meses sin que converse con algunos de sus colaboradores

Cerramos por inventario, durante los dos próximos meses vamos a evaluar y luego volvemos. Espere paciente, amable ciudadano, que el gobierno de la ciudad de México necesita hacer un alto en el camino.

No se alarme, las dependencias seguirán funcionando. Solo está amenazada la cabeza, pero el resto del cuerpo continuará operando.

A los integrantes del gabinete les cayó de sorpresa la noticia. La información provino del secretario particular del alcalde, Luis Serna. Miguel Ángel Mancera no explicó nada. Al parecer no tuvo tiempo para resolver las cosas con sus subordinados de manera decente.

Mandató a un segundón para que operara tan grave iniciativa. Luego Mancera ofreció una conferencia de prensa para publicar su desatino.

Héctor Serrano, secretario de Gobierno, estaba despachando con algunos delegados cuando recibió la llamada. Tan desconcertado quedó que no se atrevió a regresar a la mesa.

Y tuvo razón: ¿En calidad de qué debía atender a esas personas? ¿Secretario de Gobierno en situación de mientras tanto? ¿Responsable en fase de evaluación? ¿Autoridad a medio gas?

Serrano no fue el único sorprendido. Patricia Mercado, secretaria del Trabajo, estaba despachando asuntos en Europa cuando se enteró. ¿Por qué la dejó Mancera partir si estaba a punto de ordenarle que entrara a una cámara congeladora por las próximas ocho semanas?

Entre los integrantes del equipo ampliado también el nerviosismo fluye con vigor. ¿Quiénes están siendo juzgados? ¿Quiénes deben preocuparse? ¿Qué puestos están en el radar?

No es extraño que el alcalde de la ciudad de México trate con distancia y hasta menosprecio a su equipo de trabajo. Llegan a transcurrir tres y hasta seis meses sin que el jefe converse con algunos de sus colaboradores.

Suele saber de ellos por interpósita persona y, como se hizo evidente la semana pasada, por idéntica vía regaña o exige dimisiones.

Lo que ha sido llamado “el Bacheletazo a la Mancera” es una barbaridad. No tiene ni pies ni cabeza. Sobre todo no tiene lo segundo. Las dependencias del gobierno capitalino se mueven al ritmo de sus titulares y si ellos están ausentes, paralizados, excitados, cautos, indiferentes, molestos o enojados, pues igualmente se comportarán las burocracias bajo su mando.

Ya se escuchará como respuesta, cuando los ciudadanos vayan a reclamar por un bache en una avenida principal de la ciudad: “¡No sea impertinente, regrese en septiembre porque estamos evaluando a nuestro jefe!”

Nadie le dijo a Miguel Ángel Mancera que los cambios drásticos de gabinete deben ser ídem: drásticos. A penas sale un secretario por la puerta que otro ha de sentarse en su lugar. Nada de huecos, ni vacíos de poder; nada de fracturas en la cadena de mando, ni de confusiones sobre quién se hace cargo de qué.

No se equivoca el jefe de Gobierno cuando supone que debe hacer cambios en su equipo. La barbaridad radica en que necesite dos meses para evaluarlo y que mientras emprende esa tarea —que debería haber realizado en silencio— presuma un gabinete de políticos desahuciados.

Si quería exhibir cuán inexperto es, la renuncia anticipada de sus colaboradores fue la evidencia que faltaba: ¿quién votaría por un presidente de la República capaz de dejar a su gobierno, con la cabeza colgante, durante dos meses?

ZOOM: Martí Batres, presidente de Morena, fue el único sujeto sobre la faz de la tierra que valoró como positiva esta decisión. Pura mala leche: ríe mientras sabe que el infortunio hace estallar por los aires la reputación de su adversario.

www.ricardoraphael.com

@ricardomraphael

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