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De facciones y ficciones

León García Soler

El próximo martes irán a las urnas los ciudadanos del país más poderoso de la Tierra. La democracia electoral bipartidista en la nación de la Constitución escrita más antigua; donde el Presidente no es elegido por el voto directo y universal, sino por los electores que en cada estado reciben el mandato de depositar los sufragios del ganador. Nada misterioso ni mágico en el sistema. Origen es destino, decían los clásicos. Y los “padres fundadores” hablaron siempre de república, por el riesgo de caer en la anarquía que anticipaba Aristóteles.

El martes volverá Trump al mercado del poder de las marcas, a la acumulación sin límites, al capitalismo salvaje que demolió el poder constituido y convirtió en facciones a los partidos políticos. Los hermanos Koch pagan y disponen, gracias a la decisión de la Suprema Corte que otorgó a las grandes corporaciones el “derecho” de financiar la campaña de cualquier candidato a cualquier cargo de elección, sea por voto universal y directo o a través de los electores designados en cada estado de la Unión. En las horas amargas de la desigualdad surgen los demagogos, sembradores del miedo, del odio a la otredad; fascistas como Donald Trump. El martes habrá un claro derrotado: el Partido Republicano, The Grand Old Party.

Y acá pasaremos del temor y la anticipada sumisión al dictadorzuelo de habla confusa, a la tarea de tejer lo destejido por la decisión “acelerada” de Enrique Peña Nieto, quien recibió a Trump en Los Pinos con trato de jefe de Estado. No digo de igual, porque ni por asomo se creería que así fuera. Renunció, desapareció del centro del escenario, Luis Videgaray, “Primer Ministro” en el lenguaje de la sicofancia, de la obsesión con la transformación del régimen presidencial en parlamentario. O mixto como el que De Gaulle instauró en Francia, con mandato de siete años, que las malas experiencias ya han reducido a cinco años. Y quién sabe cuánto más haría falta después de los tropezones de Francois Hollande y el fortalecimiento de la extrema derecha de Marine Le Pen.

La victoria de Hillary Clinton no perjudicará a los mexicanos igual que lo haría Trump, como han dado en repetir los buscadores de la estabilidad fincada en el miedo al movimiento del poderoso vecino. Las cuentas del comercio y del flujo de capitales entre México y Estados Unidos son de una importancia irrebatible. Y la vieja coalición demócrata en el vecino del norte se mantiene firme. A pesar del costo de la apertura comercial y la disparidad salarial. La desconfianza, la ira y el rechazo al poder constituido, al establishment de allá, a las élites, a las oligarquías de ambos países, son compartidas por la clase obrera y el sindicalismo en vías de desaparecer. Por los de abajo. Los que en Estados Unidos integran la sociedad multirracial opuesta a la supremacía de los WASP; los hispanos y afroamericanos cuyos votos darán el triunfo a Hillary Clinton.

El dilema no está en qué haremos dentro de dos días, sino en los próximos dos años. Cómo enfrentar el desmoronamiento del sistema plural de partidos, tan brillante, tan orgullosamente instituido en la transición en presente continuo. No hay partido alguno capaz de alcanzar la mayoría en elecciones nacionales. El movimiento descentralizador del poder, iniciado en 1988, terminó con el sistema de partido hegemónico. Casi único, decían, apoyo y resistencia del cesarismo sexenal que no cayó por las fuerzas subversivas o las de sus guardias pretorianos, sino por la impaciente labor de zapa de la tecnocracia incubada en los cubículos financieros. Elevada al poder Ejecutivo por el imperativo categórico del capitalismo financiero.

Ya no hay partidos. Cada uno de los que tienen el soñado registro electoral ha hecho implosión. Y el resultado es el choque continuo de facciones en pugna por las rentas públicas, por las participaciones distribuidas por la legislación, conforme al método mixto de partes iguales de la porción menor, y la mayor distribuida de acuerdo con el número de votos que alcance cada partido. La izquierda unida jamás será vencida, decía el grito de activistas en las marchas de oposición al autoritarismo. Cuando se venció a sí mismo el sistema en coma, las izquierdas dispersas de origen se fundieron en torno al cardenismo, al nacionalismo revolucionario, agrarista y expropiador del petróleo. Hoy las conocidas tribus han sido fraccionadas, divididas por las fuerzas centrífugas del dinero.

EL PRD es dispersión de facciones que giran en torno a la entidad con el presupuesto más alto; con dinero disponible para repartir entre los presuntos militantes; con poder político sobre distintas entidades. Delegaciones en el caso de CDMX; secretarías, direcciones y participaciones del presupuesto federal en el caso de los gobiernos obtenidos en sociedad mercantil con el aglomerado de facciones de la derecha cristera que hoy reza ante el Becerro de Oro: El PAN, cuyo dirigente, Ricardo Anaya, es rey Midas entre sacristanes. En la que fuera izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas se alejó del proyecto político distorsionado. Y tres inversionistas con patente de corzo estatal, Graco Ramírez, de Morelos; Gabino Cué Monteagudo, de Oaxaca; y Silvano Aureoles Conejo, de Michoacán, suscriben las transferencias o preparan las fugas hacia delante, ante el súbito ataque justiciero del poder constituido.

En Morelos, como en Cartago el desierto producto de las victorias romanas, las tumbas colectivas son testimonio de barbarie y anticipo de impunidad garantizada por la presunta conversión de Graco Ramírez en candidato del PRD a la Presidencia de la República. Al fin y al cabo, Javier Duarte, el ex gobernador priísta de Veracruz es ya fugitivo de la justicia y es indiciado por el más grande desvío de recursos que ha detectado la Auditoría Superior de Justicia desde su creación el año 2000, afirma Juan Manuel Portal, director de esa dependencia. Lo de Morelos va a provocar un escándalo mayor, dada la diferencia entre la riqueza veracruzana y el tamaño de la generada en Morelos. Lo de Oaxaca pudiera diluirse en el antiguo vicio de usos y costumbres de Tata Mandones. Pero el todavía gobernador está hundido en fango hasta el cuello.

Silvano Aureoles Conejo ha sido allegado al gobierno del PRI que volvió al poder. Se diría que valido de Palacio, aunque no se sabe que presuma ser protegido por el mismísimo presidente Enrique Peña Nieto, como dicen en la tierra de Zapata desde que Graco Ramírez presentó al “señor Presidente sus ofrendas de varas para la hora de tirar cohetes.

Y eso tendría que ser así antes que pasen dos años. Coahuila y Nayarit van a poner a prueba al Savonarola Enrique Ochoa Reza. Pero en el estado de México están en juego el gobierno del estado y el resultado de las elecciones presidenciales de 2018. Y eso no puede dejarse en manos de facciones. Ni salir con ficciones de gobiernos hechizos en coalición anticipada a las elecciones mismas.

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