De policías y ladrones

León García Soler

Todos los medios, todas las voces, anunciaron el duelo de los pueblos, o el rencoroso regocijo de los que destaparon la champaña: Murió Fidel Castro. Hace sesenta años un puñado de hombres se embarcó en Tuxpan, Veracruz, y Fidel Castro encarnó la lucha insurgente por la independencia de Cuba. Última de las naciones de la América nuestra en alcanzarla. Fidel entró a la Historia y su voz llenó la mitad del siglo XX, desbordó las pugnas de la Guerra Fría que tanta sangre derramó y tanto odio sembró en el amargo parto de la globalidad.

Entonces y hoy se escucha el grito de la Revolución Cubana: ¡Patria o muerte. Venceremos! Marxista, comunista, combatiente de la izquierda que la estulticia de tantos declara inexistente hoy en día: “Ya no hay izquierda ni derecha”, repiten los postrados ante los vaivenes financieros y la concentración de la riqueza en la cumbre del capital. Sobrevive la desigualdad social. Y hay quienes la combaten desde la izquierda, con la vista fija en el horizonte, allá en lo que pudiera ser inalcanzable y por eso hay que apretar el paso antes de que el espectáculo circense de los Trump nuble del todo el horizonte y la derecha se convierta en yugo para los pueblos, con el alegre consentimiento de los que ayer aclamaban al fascismo, al falangismo, al nazismo, al odio a la otredad.

Fidel hace años que entró a la Historia y la hizo suya a lo largo de esos sesenta años transcurridos desde que se embarcó en el Granma. Instauró un gobierno socialista a unas cuantas millas del país capitalista más poderoso del mundo, del vencedor de la Segunda Guerra Mundial, de la tierra fértil para la siembra del miedo, la intolerancia, el ascenso del senador Joseph MacCarthy y el descenso a los infiernos de los hombres de izquierda, de los librepensadores de la América del Norte que finalmente derrotaron la amenaza dictatorial. De la extrema derecha y no de la izquierda surgía la siembra de odio y el intento del instaurar la dictadura de la intolerancia. Lo que ahí queda son los años en los que la figura de Fidel, las palabras de Fidel, ocuparon la escena del mundo en pugna. Y se erigieron en referente obligado de la era.

Y del sueño de independencia y libertad tantos años negado a la isla antillana de Martí y los cantantes de Santiago, tierra soberana. Ese logro no se lo podrán regatear ni los exiliados en la Florida que descorcharon las botellas de Champaña para exhibir el empantanamiento de las mentes en el pasado de esclavitud y dictaduras batistianas. Duros años los de la independencia al grito de Patria o muerte; de invasiones como la de Bahía de Cochinos y de guerras en el África, donde Nelson Mandela diría que sin la participación militar de los cubanos no se hubiera logrado acabar en nuestro tiempo con el Apartheid de Sud África. Y penurias económicas en la isla, nunca más precisamente isla, socialista en la globalidad que impuso el imperio del capitalismo financiero.

Duros años, injustas diferencias impuestas por la amarga realidad y agigantadas por la caída del Muro y el final de la Unión Soviética. Pero en la Cuba de dos economías, una con salarios en verdes dólares, la otra con los de la igualdad impuesta; y la distorsión absurda, no por ineludible menos absurda e injusta. Sí, pero ahí están la educación y la salud en Cuba, los avances que hicieron que la isla antillana contribuyera con un número mayor de doctores que cualquier otra nación a la noble tarea universal de la ONU. Fidel Castro ha muerto. Imposible olvidar la personalidad de un hombre cuya presencia “llenaba todo el espacio” al llegar a una habitación, a una plaza como la de la Revolución donde resuenan los miles y miles de palabras pronunciadas ahí por el que perdió la vida y ganó la Historia, si se me permite parafrasear lo dicho por Mitterrand al perder Gorbachov el poder.

Noventa años tenía Fidel. Sobrevivió atentados sin fin, la invasión de Bahía de Cochinos, los infames diez días de la crisis de los misiles, el desmoronamiento de la Unión Soviética, el largo y destructivo bloqueo. Y el tránsito al capitalismo financiero de la globalidad, del capitalismo sin alma que concentra la riqueza creada en unas cuantas manos ávidas y poderosas, mientras somete a la inmensa mayoría a la pobreza, extrema o no, pobreza al fin, que siembre desesperanza, desaliento y desconfianza en la política, en los partidos y las élites a las que estos sirven. Vivió para asistir al trágico parto de los montes que parieron a Donald Trump, y dieron aliento al extremismo de derecha en Polonia, en Hungría, en Francia. Los nazis a la puerta de la tierra que nos diera los derechos del hombre y del ciudadano; Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Hoy revive la dura ironía de Anatole France: Pobres y ricos pueden dormir bajo los puentes, en libertad y plena igualdad. Hoy, mientras México padece el estado de excepción permanente, en busca de legitimar la militarización de la vida ante el imperio de la muerte, los patrones demandan aumento al salario mínimo y los líderes sindicales bajan la cabeza para someterse a la coyunda de reformas al artículo 123 que reducirán a los sindicatos a nada, a la igualdad entre desiguales ante jueces togados por un sistema plural de partidos sin ideología alguna, sin programas de política social, sin más ambición que la de participar en el reparto del dinero público y luego del botín logrado por los engendros híbridos de alianzas contra natura, contra toda razón si lo prefieren los de la clase platicadora que predican la ausencia tanto de la izquierda como de la derecha.

Dentro de un mes es Día de los Inocentes. Si no fuera porque Vicente Fox declaró solemnemente que a pesar del “cenas y te vas”, él y Fidel Castro fueron buenos amigos, tendríamos que acudir a la nómina de ex gobernadores indiciados, fugitivos, procesados, presos, acusados una y mil veces de ladrones, saqueadores del dinero del pueblo, del gasto público, de las participaciones recibidas de la Federación, mientras los congresos locales pasan la charola indiscriminadamente, sean de oposición o del partido simulador en el poder, para aprobar toda iniciativa de los gobernadores. Más de 13 indiciados y en fuga; media docena más tercamente aferrados a pagar la impunidad mientras se multiplican las acusaciones y cargos en su contra.

¿A qué inocentes podríamos celebrar ese día? ¿A Graco Ramírez que va de salida y busca la forma de no convertirla en fuga de fiscalías presentes o nuevas? A Silvano Aureoles el de la sonrisa congelada que se presenta como “gobernador progresista” de espaldas al agrarismo michoacano y de hinojos ante los dueños del dinero y los jóvenes turcos de Peña Nieto, ajenos a los mexicanos del común, aferrados a los modos y maneras de curros soñadores de la globalidad? ¿A Francisco Vega de la Madrid en Baja California, o Francisco Domínguez en Querétaro, o a Jorge Herrera en Durango, o a Miguel Márquez en Guanajuato bajo la estatua de Cristo Rey? Ya está preso Guillermo Padrés el panista de Sonora. Y en Nuevo León litigan para evitar que lo esté Rodrigo Medina. El veracruzano Javier Duarte es fugitivo de telecomedia y Roberto Borge se ha escapado del paraíso de Cancún con el tesoro de Quintana Roo.

Hay más. Y los que seguirán en espera de que los legisladores acuerden y voten el combate a la corrupción y la impunidad. Por lo pronto, la clase política se entretiene con los combates imaginarios de doña Margarita Zavala y el convaleciente Ricardo Anaya; con los sermones místicos de Andrés Manuel López Obrador; la mágica receta de Miguel Ángel Mancera: cómo apoderarse de la franquicia del PRD y al mismo tiempo ser candidato “independiente” a la Presidencia de la República.

Todo eso y el misterio del PRI que se desintegra y mañana celebra Consejo Nacional en busca de evitar la involución y de evolucionar para no enfrentar una revolución. Enrique Peña Nieto sabe que tiene que ganar el Estado de México con la misma fórmula. Pero también sabe que no es lo mismo atrás que en ancas.

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