Las plazas llenas como siempre y los mexicanos llevan a sus hijos, como siempre, a festejar el Grito, a escuchar el llamado persistente de la Campana de Dolores. En el balcón central, el mandatario en turno en la más alegre y al mismo tiempo angustiante soledad de enfrentar a los de abajo y darse cuenta del tamaño y alcance del cargo de Presidente de la República. Poco importa que en los salones de Palacio desfilen la elegancia y la miseria palaciega en torno al hombre que tendrá que asomarse al balcón y ver el abismo. O el panorama de las instituciones que nos dieron Patria y Libertad.

Dicen que el cambio de mando, del estilo de gobernar, de manera que simula ya no ser fondo, trae consigo el de las instituciones del poder constituido y las formas en que se manifiestan la aprobación y el rechazo de los votantes que dieron el mandato. Algo así como empezar con vivas a Hidalgo y dar paso al ¡Ay, mis hijos!, de La Llorona. Hasta el instante en que se impuso la sana distancia, el desarrollo estabilizador sirvió al poder privado para hacerse del dinero que se acumulaba en abierta complicidad con los del poder político. Los unía la visión del poder omnímodo del señor Presidente. Del árbitro de última instancia, dirían los de inspiración neoclásica; dueño del porvenir de políticos, así como de sus socios o patrones de la iniciativa privada.

Acto de fe. A pesar de choques y confrontaciones periódicas. “Empresas pobres y empresarios ricos”, diría Luis Echeverría en la silla presidencial. “Un político pobre es un pobre político”, repetirían con alegría incontenible los admiradores de Hank González desde el Cerro de Chipinque. Mientras José López Portillo pedía perdón a los pobres y entre sollozos sentenciaba: “¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!”, los oligarcas en bandos aparentemente opuestos contaban los centenarios acumulados y vaciaban las reservas de dólares dizque resguardadas por una Banca Central a prueba de quiebras bancarias. Volaron rumbo al norte los capitales golondrinos.

Y López Portillo se iría a la colina del perro a pintar un autorretrato en el momento de asomarse al balcón central de Palacio y darse cuenta, aquel primer 15 de septiembre de su mandato, qué era, y lo impactante que era ser “Presidente de la República”. Cada cual a su manera, año tras año: El Grito. Y el encuentro súbito con la realidad y la imposibilidad de refugiarse en la fantasía del poder presidencial. Porque no era del individuo, no era del señor Presidente: era de la institución presidencial. Ese es el poder debilitado, fracturado, maldecido y disminuido a farsa para lucimiento de reformistas, neoliberales y endemoniados del caos anarquizante. ¡Fuera Peña! ¡Renuncia ya! Palabras mayores en la conmemoración de la insurgencia que, a pesar de todo, llegó a ser poder constituido, nación soberana, Estado laico fincado en instituciones base de los derechos individuales y los derechos sociales.

El golpe del sufragio efectivo era contra el régimen autoritario, el Presidente omnímodo y su partido casi único. Y mientras Ernesto Zedillo se iba al otro lado a cobrar los estipendios de la demolición institucional del Estado mexicano y de los bienes nacionales rematados en aras del capitalismo financiero, sinónimo de democracia según el lexicón del libre mercado y el flujo de capitales sin regulación alguna, los actores de la transición sin fin pospusieron para las calendas griegas la reforma del régimen, mientras daban vueltas a la noria en incesantes reformas electorales y alegre barbecho de los bienes de la nación.

Doce años de nuevo PAN, edulcorado con la complicidad de los sobrevivientes del naufragio del priato tardío, dieron marcha atrás al proceso histórico. Y los hispanistas que desdeñaban el poderío yanqui, siguieron los pasos de Aznar el pequeño. Felipe Calderón se sometió al mando de Washington en la sangrienta guerra contra el crimen organizado, en la cual los mexicanos pusieron sus Fuerzas Armadas a disposición de las corporaciones de seguridad en la embajada de Estados Unidos. Entre las instituciones en ruinas, Enrique Peña Nieto encontró el método para recuperar el poder sexenal para el PRI en la orfandad. Y supo encontrar en Barack Obama al interlocutor dispuesto a concertar el esfuerzo común.

Habría en su gobierno alianza invariable; pero todos los asuntos del combate al crimen organizado se tratarían en “una sola ventanilla”. No es secreto que las instrucciones para llevar a cabo un operativo de la Marina, del Ejercito, de la Policía Federal, salían de la embajada estadounidense. En política, la forma es fondo, decían los juristas greco-romanos y nos lo recordaba Jesús Reyes Heroles. Así pudo Peña Nieto recuperar el poder, no el inquilinato de Los Pinos. Y el sendero político de los acuerdos, el concierto del doy para que me des: el Pacto que comprometió a los tres partidos mayores en la empresa de las hoy desdeñadas “reformas estructurales”.

¿Por qué hablar tanto del pasado? Escribir sobre lo que se hizo y dejó de hacer, cuando estamos al borde del abismo, con el poder presidencial cuestionado; el presidente Peña Nieto en los niveles más bajos, 20 o 22% de aprobación aseguran las encuestas y lo reafirman los arúspices del tercer milenio en la lectura de las redes. No es nostalgia del nacionalismo revolucionario que menospreciaron los salinistas al caminar por el sendero qua desembocaría en el neoliberalismo del capital en manos del uno por ciento de la población mundial. Y más de la mitad de la nuestra padece pobreza y hambre.

Es útil saber de dónde viene uno para poder recuperar el sendero rumbo a la igualdad, al abatimiento de la pobreza que nos agobia. Y de la violencia criminal. Dolería menos la pasividad, el silencio impuesto artificiosamente y el desaliento en los rostros de los mexicanos que este 15 de septiembre fueron a la Plaza de la Constitución a escuchar el Grito. Y nada se oía después de la música, del espectáculo profesional para gozo popular. Lo demás es silencio.

¡Fuera Peña! ¡Renuncia ya! Con esas proclamas marcharon cuatro o cinco mil manifestantes rumbo al Zócalo y fueron contenidos por la policía en la Avenida Juárez. Un puñado basta para legitimar toda protesta ciudadana. Pero en estos días hemos visto protestas de cientos de miles, de uno o dos millones de manifestantes en Barcelona, en Caracas, en Río de Janeiro, en Ucrania, en París.

Mal andamos nosotros. Pero todavía no son millones los del caos y las confrontaciones contra la reforma educativa; las procesiones de obispos, curas, monjas y legos contra el Estado laico; las manos llenas de oro de oligarcas que tiran la piedra por los impuestos más altos para los que más ganan y aplauden la estabilidad que hacen pasar por crecimiento.

Y son millones los mexicanos que cada noche del 15 de septiembre van a oír el Grito. En todas las plazas de todos los pueblos: ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!

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