La dispersión del Estado

León García Soler

Se acabó el circo de tres pistas con el que la transición en presente continuo aspiró a borrar las glorias republicanas y los faustos del poder constituido, con la desnudez imperial de la falsa réplica del Informe presidencial. Ya ni rastro quedará de la patética escena del portazo a Vicente Fox en San Lázaro y su cómica retirada rumbo a un escenario neutro en el que podía añorar las misas solemnes y rendir culto a Cristo Rey ante los invitados de siempre. La oligarquía empleadora daba el vuelco y sustituía a la sumisión priísta con la abyección servil empresarial.

La nueva clase de Djilas transmutada en mozos de estribo de los dueños del dinero; nueva clase política o nueva clase en el poder, que podía lucir la democracia sin adjetivos como la desnudez del emperador que nunca entró a la Cámara de Diputados ni bajo protección de su guardia pretoriana. Al traspiés de Fox siguió la entrada a escena de Felipe Calderón por la puerta falsa, paradójicamente llamada de banderas, telón de fondo para que el pequeño panista pudiera sentarse en la sede del Congreso de la Unión y rindiera protesta de guardar y hacer guardar la Constitución, norma suprema del Estado que los fundadores de su partido se propusieron destruir. Para lo cual recibieron el aliento del priato tardío que desmanteló las instituciones del poder constituido.

De ahí, la urgencia de Calderón por legitimar el poder endeble que le otorgó el mandato cuestionado de los electores que superaron a los partidarios de Andrés Manuel López Obrador por unos cuantos votos. Y la guerra. Y los miles de cadáveres sepultados en fosas clandestinas. Y el amargo conflicto de un Ejercito de lealtad incólume, disciplinado al mando civil y a su origen revolucionario. Les guste o no a los predicadores de “la historia oficial” a la que había que desmentir para abrir los ojos al novísimo testamento. Felipe Calderón entregó puntualmente su informe de gobierno a los legisladores comisionados para recibir el pesado escrito del mensajero fatal. Y de ahí al Auditorio Nacional para rendir parte de guerra y hacer recuento de la larga marcha a la democracia.

Vendría la segunda alternancia. Prueba de que la democracia electoral funcionaba en el México del siglo XXI. Y resurrección de los muertos para convocar al rescate de la soberanía. Enrique Peña Nieto rindió protesta en el Congreso de la Unión y se retiró de inmediato rumbo a Palacio Nacional. Caray, cuando menos el discurso de la toma del poder se pronunciaría en la sede auténtica del Poder Ejecutivo de la Unión. Desde la distante década de los sesenta los presidentes dejaron de despachar en Palacio y se refugiaron en Los Pinos. La confusión impulsó a los panistas que soñaban con el monopolio de la oposición a proponerse y lograr “sacar al PRI de Los Pinos”. Tras el espejo, ser inquilino de la antigua hacienda de La Hormiga era equivalente a la toma de la Bastilla.

 

En su visita a México, Salvador Allende había advertido del riesgo del extremismo en el que fatalmente llegan a encontrarse y confundirse la derecha extrema y la izquierda extrema. Lo nuestro era una fiesta. La pluralidad de partidos políticos y la proliferación de políticos sin partido y sin ideología alguna. La fusión ideal de los opuestos; el logro de los ilotas que Emilio Portes Gil aseguraba hacían política con el único y deleznable fin de hacer dinero. Aquí podríamos hablar del mal afamado Fin de la Historia. Pero evocar a Hegel conduciría a estimular la dispersión entretenida en el debate maniqueo y el placer de calumniar en las redes ajenas a cualquier fuente. O a discutir si en el asunto de la tesis profesional de Enrique Peña Nieto hubo plagio o “fallas metodológicas”.

Más vale dar la palabra al autor. En vísperas de su cuarto informe anuncia un nuevo cambio a la obsesiva y posesiva transición: el abandono del mensaje político como colofón del informe del estado que guardan los asuntos de la cosa pública, sea entregado por escrito o sustituido en el de la reunión con los notables del momento. Ya no era al pueblo a través de sus representantes, sino directamente a la oligarquía heredera del poder económico, símbolo del imperio de la desigualdad más impactante en la globalidad concentradora de la riqueza. Y ahora el primer mandatario se reunirá en Palacio Nacional con 300 jóvenes triunfadores y se transmitirán al espacio digital las conversaciones. A las nubes, a las redes en las que no hay interlocución sino monólogos autistas y debates bizantinos.

La tradición republicana se reflejó en el pacto y el diálogo entre Poderes resistió la absurda demolición del “pasillo central” del salón de sesiones de San Lázaro. Ahora podrán los reaccionarios festejar el despojo de facultades soberanas del Estado que se propusieron demoler. Otras tradiciones resisten. Cuarto informe: hora de cambios en el gabinete para preparar la sucesión y dar a conocer el nombre del delfín. Hoy simple candidato del PRI, porque el tripartidismo es un rompecabezas al que faltan piezas y no hay partido capaz de ganar las elecciones con más de 30% de los votos. Razón de la urgencia del PAN por instaurar la segunda vuelta en elecciones presidenciales. Pero esta fragilidad pudiera ser brillante ocasión para el renacimiento de la política como arte de lo real y lo posible; reto para quienes estén dispuestos a declararse contendientes, a proponer un proyecto y programa de gobierno.

Lástima que la respuesta haya sido hasta ahora confirmación de que la cercanía da influencia. Castillo, el valido que fuera designado jefe político de Michoacán es ratificado en la Conade “porque sabe de deporte”. Pero Enrique Peña Nieto retiene el poder del oráculo: “La atribución para hacerlos (cambios en el gabinete) puede venir en cualquier momento, cuando se estime necesario”, dijo. Cuando él lo decida. Son sus secretarios, no ministros. Y esa facultad no merma con el desplome de la popularidad presidencial.

Mal anda Felipa que pura agua bebe, dicen los campiranos. En Chihuahua, la secretaria Rosario Robles se mareó en las alturas de su regreso a la cercanía con el poder. En defensa del gobernador César Duarte, la señora Robles, cuya desmemoria parece haberla afectado gravemente, pronunció una sórdida sentencia: Los periódicos nada más sirven para matar moscas y para limpiar vidrios. Dejé de entrecomillar la frase cuya autora gozó y pagó muy caro el deslumbramiento con la riqueza acumulada por el aventurero que acabó por demandar el pago de millones “prestados” al PRD.

El argentino que hizo fortuna en México fundó un diario, un periódico, señora Robles. El Independiente, cuya caída arrastró a periodistas de oficio que callan ante el insultante despropósito. Para colmo, Rosario Robles expresa su desprecio por “los periódicos” en infortunada coincidencia con el xenófobo y fascista Donald Trump.

Los cambios vendrán cuando lo decida el que los nombró secretarios. La prensa seguirá sirviendo a la libertad de expresión. La de pensamiento es nada sin ésta. Así sea la desmemoria de Rosario Robles. O la del abucheo de los maestros al petulante Aurelio Nuño en el estado de México.

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios