Suscríbete

¿Puede medirse la felicidad?

Juan Ramón de la Fuente

La música, el esparcimiento y las ingeniosas ocurrencias permiten compensar (así sea temporalmente) muchas de las adversidades cotidianas y alcanzar un nivel de fuga capaz de generar una sensación de aparente felicidad

Desde el año 2012 se publica con una periodicidad anual “El Informe Mundial sobre la Felicidad”, elaborado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas (ONU). El tema es, por naturaleza atractivo, y el documento, que ha ido adquiriendo notoriedad, tiene como uno de sus editores a Jeffrey Sachs, un famoso economista, profesor de las universidades de Harvard y Columbia, autor de varios libros que han roto récords de ventas. Entre los más conocidos se encuentran El fin de la pobreza, cómo conseguirlo y La era del desarrollo sostenible. Sachs fue además el director de El Proyecto del Milenio de la ONU y es considerado por la revista Time como una de las personas más influyentes en el mundo. Hombre polémico, sin duda, pero con obra y trayectoria que lo respaldan.

La metodología utilizada es cada vez más sofisticada; no obstante, al revisar con ojo crítico el Informe de este año, son varias las dudas que subsisten. La tarea es ardua si consideramos que calcular un promedio nacional de felicidad en 155 países, para luego enlistarlos en orden decreciente, puede ser cuestionable. Pero hay un mérito en el intento. A todos nos importa mejorar la calidad de nuestras vidas, tanto en lo individual como en lo colectivo. Rebelarse contra la tiranía del Producto Interno Bruto como único índice de progreso y bienestar, es una lucha a la que me sumo con gusto y convicción plena. Pero, ¿de veras puede medirse la felicidad?

El respaldo social, la experiencia de emociones positivas, las expectativas de una vida saludable y el ingreso per cápita, son algunas de las variables a las que el Informe les otorga mayor peso. Destacan, asimismo, aquellos a los que los autores se refieren como fundamentos sociales de la felicidad: contar con alguien en tiempos difíciles, tener confianza en el entorno en el que se vive, poder tomar decisiones con libertad, ser generoso con los otros. En contraparte, la percepción de corrupción en el ambiente, la falta de un empleo decoroso y el desencanto con el desarrollo, bajan la puntuación. También se observaron diferencias regionales importantes. En los países africanos, por ejemplo, la resilencia (la capacidad de hacer frente y sobreponerse a la adversidad), les permite mantener un tono optimista de cara al futuro, sobre todo entre los jóvenes, aun cuando su promedio nacional de felicidad tiende a ser bajo.

De entre los factores negativos (los que supuestamente te acercan más a una vida infeliz) aparecen, inmutables: la pobreza, el desempleo, la baja educación y la enfermedad. En este rubro tienen gran peso la ansiedad y la depresión. No me sorprende. Tampoco que la salud mental de las madres sea la variable que mejor explica el bienestar en los niños.

No le doy tanta importancia al ranking final. Que Noruega y Dinamarca lo encabecen, no me extraña en lo más mínimo, considerando el nivel de bienestar social que prevalece en los países del norte de Europa. Han invertido, desde hace años, cuantiosos recursos en sus instituciones de educación y salud las cuales, siendo públicas, son de calidad incuestionable. Ruanda, Siria, Tanzania, Burundi y la República Centroafricana aparecen en los lugares 151-155, al final de la tabla. De Latinoamérica, cinco países salen muy parejos: Chile (más desigual que nosotros según la OCDE) ocupa el lugar 20, Brasil el 22, Argentina el 24, México el 25, Uruguay el 28, Guatemala el 29 y Panamá el 30. No está mal. ¿A qué atribuirlo?

Pienso que los latinoamericanos tendemos a expresar más intensamente nuestras emociones. Somos más abiertos, más expresivos, acaso más alegres. Me parece también que la música, el esparcimiento, las ingeniosas ocurrencias y la convivencia bulliciosa permiten compensar (así sea temporalmente) muchas de las adversidades cotidianas, incluso atenuarlas, y alcanzar un nivel de fuga capaz de generar una sensación de aparente felicidad. En cambio, en otros países occidentales, como en los Estados Unidos señaladamente (que aparece en el lugar 14), con mayores ingresos y temperamentos distintos al nuestro, la infelicidad va acompañada de una fiebre consumista. Podríamos decir que allá, la pasión por el consumo es el mayor consuelo disponible frente a la soledad y el aburrimiento.

Pero ocurre que el dinero no puede comprar la felicidad. Un psicólogo de la Universidad de Princeton, Daniel Kahneman, que recibió el Premio Nobel de Economía hace 15 años, ha demostrado que el dinero puede influir en las emociones positivas de las personas sólo hasta cierto punto. La falta de dinero es lo que te hace sentir infeliz, pero eso no significa que se pueda “comprar” la experiencia de la felicidad como tal. Más allá de un ingreso que te permite satisfacer tus necesidades con cierta holgura, la felicidad personal ya no aumenta. No hay un solo dato que documente objetivamente que a mayor ingreso haya mayor felicidad.

Medir las emociones no es tarea fácil, pero aun así se ha puesto de moda. Hace un par de años, una encuesta de Gallup puso en entredicho el mito del famoso “por fin es viernes”. Solo quienes están a disgusto en su trabajo reportan una mayor experiencia de felicidad los fines de semana. En cambio, quienes disfrutan de su trabajo, lo hacen por igual los días de asueto. Son personas que han logrado incluir ambas actividades en su proyecto vital.

En todo caso, la felicidad no deja de ser una experiencia subjetiva y muy personal. Pienso que el tema ha estado un tanto sobrevendido. Como si ser feliz fuera una obligación. De ahí el boom editorial de los libros de autoayuda, que tan poco ayudan. Me quedo con las fórmulas más sencillas: menos consejos y más compañía, más comprensión.

Y como signo de que la felicidad con gran frecuencia escapa al dominio humano y que el modelo consumista en el que estamos inmersos no es el que genera mayor felicidad (tanto que a veces ni siquiera podemos disponer de nuestra alegría), han surgido, como alternativa, los movimientos antiayuda. Su lema es contundente: no podemos ser siempre tan felices, si en verdad queremos serlo; habría que empezar por liberarnos, precisamente, de la obligación de tratar de serlo. Muera la dictadura de la felicidad.

El psicólogo danés Svend Brinkmann se ha convertido en un símbolo del rechazo a la autoayuda. Es toda una celebridad. Nuestra era secular, nos dice, está plagada de incertidumbre existencial. El secreto de una vida feliz radica en llegar a un acuerdo con uno mismo para coexistir pacíficamente con los demás. Coincido plenamente. No se puede ser feliz solo, y en esa medida no somos estrictamente dueños de nuestra felicidad.

Soy un tanto escéptico de las nuevas religiones que nos muestran la ruta de la felicidad, y de las terapias personalizadas, tan en boga, para “aprender a quererse”. Tampoco creo que la felicidad sea asunto de disfrutar cada instante de la vida. Me quedo con la idea de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII: para ser felices necesitamos a los otros. A usted, ¿qué le parece?

 

Profesor de Psiquiatría, Facultad de Medicina, UNAM.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios