Jueces de ‘línea’

Heriberto Murrieta

Aunque Erim Ramírez hizo su denuncia en contra del arbitraje a toro pasado, hay que tomar cartas en el asunto

No es lo mismo ser juez de línea que ‘juez con línea’. Erim Ramírez habló a destiempo y no aportó pruebas, pero encendió las alarmas.

Que un árbitro proteja al jugador hábil, me parece normal. Y el que haga lo propio con ciertos equipos poderosos lamentablemente también es normal (o común), pero obviamente resulta incorrecto. En teoría, a un árbitro no le deben pesar escudos, nóminas o camisetas.

No es lo mismo ser juez de línea que juez que recibe ‘línea’. Erim Ramírez Ulloa habló a toro pasado y no descubrió el hilo negro, pero sus declaraciones no deben ser echadas en saco roto. Alertó sobre la posibilidad de ciertas pautas (yo las llamaría recomendaciones) que reciben habitualmente los árbitros para blindar sutilmente a los clubes poderosos, lo cual corrompe el espíritu de la imparcialidad con el que todo árbitro se debe conducir.

Los dichos de Erim nos llevan inevitablemente a recordar otra realidad irrefutable: son constantes las llamadas telefónicas que hacen los presidentes de equipos directamente a los celulares de los árbitros para persuadirlos de ciertas decisiones. Mentirá flagrantemente quien niegue que estos telefonemas se hacen con una frecuencia mayor de la que pudiéramos imaginar.

Hay que poner las cosas en contexto. Erim Ramírez está retirado y es uno de los 11 silbantes que tienen demandada a la Federación Mexicana de Futbol por daño moral y despido injustificado sin liquidación, reclamando 2 millones 125 mil pesos cada uno. A sus revelaciones hay que tomarlas entonces con las reservas del caso. ¿Por qué no habló cuando estaba en activo?, ¿porque hubiera puesto en riesgo su chamba?, ¿sus palabras están revestidas de resentimiento?, ¿por qué no dio nombres y apellidos?, ¿quién específicamente le dijo que había que ‘tratar bien’ a tal o cual equipo? Evidentemente, debió respaldar sus palabras con datos y pruebas para obtener credibilidad.

Para acabarla de amolar, el arbitraje mexicano lleva un largo tiempo en crisis. Árbitros impersonales que se dejan mangonear, que tijeretean partidos, que son regañados vergonzosamente por los jugadores o que cambian de criterio de un tiempo a otro, como el prometedor César Ramos en el reciente partido entre el América y los Tigres en la cancha del Estadio Azteca. En el primer lapso fue un fundamentalista. En el segundo, un arrepentido compensador.

Eduardo Brizio no sabía si “reír, llorar o ponerse a rezar” en su columna del 10 de junio pasado aquí en EL UNIVERSAL. Y es que en el programa de la XLI Convención de Árbitros en Acapulco había todo tipo de actividades menos una sesión dedicada a las reglas de juego, la unificación de procedimientos, los recursos arbitrales, la aplicación de criterios y los yerros cometidos durante el año.

Así, con pocos momentos para la reflexión colectiva, dudosa autoridad, una instrucción deficiente y sumisión ante las sugerencias “de arriba” para proteger a los clubes más “chonchos”, el arbitraje mexicano es una nave al garete, una feria de bandazos.

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