Su Alteza bajo nuestros pies

Héctor De Mauleón

Hay una vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México en 1847. Fue realizada poco después de la violenta entrada del ejército estadounidense a la capital del país. En lo alto del Palacio Nacional ondea la bandera de las barras y las estrellas —izada por el capitán Roberts el 14 de septiembre de ese año.

En el centro de la plaza aparece una construcción circular en cuyo centro hay, al parecer, una fuente.

Esa construcción circular era el zócalo de un fallido monumento a la Independencia que el presidente Antonio López de Santa Anna pensó erigir y no logró concretar.

En 1842 Santa Anna hizo demoler un mercado que había sido construido exactamente sobre la plaza, en el que se vendían libros, ropa usada, fierros viejos y algunos artículos de seda y porcelana. Era conocido como El Parián.

Un bando publicado a finales de ese año ordenó que El Parián fuera destruido porque “afea del todo la belleza y sorprendente vista que debe presentar dicha plaza principal”. A mediados de 1843 el gobierno de Santa Anna organizó un concurso. Los interesados debían enviar un proyecto para la construcción de un monumento que recordara “las acciones heroicas y campañas relativas a la Independencia mexicana”.

Los jueces de la Academia de San Carlos eligieron el trabajo de un arquitecto francés, Enrique Griffon. El proyecto, sin embargo, no fue del agrado del Vencedor de Tampico (aún no se hacía llamar Su Alteza Serenísima) y la obra se adjudicó al favorito del régimen: el infortunado arquitecto Lorenzo de la Hidalga.

En México hay arquitectos con mala suerte. Pero ninguno con la suerte de De la Hidalga. Hizo el imponente teatro de Santa Anna, que demolieron para ampliar 5 de Mayo. Hizo el mercado conocido como la Plaza del Volador, que se quemó en 1870. Hizo el nuevo ciprés de la Catedral Metropolitana, que tiraron en 1943.

Hizo el proyecto de un Monumento de la Independencia que fue del agrado de Santa Anna, sin embargo, como se decía entonces, “las circunstancias políticas impidieron su construcción”: el general renunció en octubre de 1843 y fue sustituido por Valentín Canalizo, a quien el conflicto con Estados Unidos se le venía encima y no tenía la menor gana de terminar ni ese ni ningún otro monumento.

Hay otra estampa. Se cree que el autor es Pedro Gualdi. Muestra cómo debería haber quedado el monumento: la columna es más alta que las torres mismas de la Catedral.

Pero usted sabe, las circunstancias políticas.

En las imágenes posteriores a 1850 ya no aparece el basamento sobre el que iba a construirse el primer Monumento a la Independencia —gracias al cual llamamos Zócalo a la vieja Plaza Mayor. Nadie se preocupó por decirnos qué había sido de él. En México rara vez nos preguntamos estas cosas.

Vinieron otros Zócalos: el Zócalo arbolado de Maximiliano, el Zócalo lleno de tranvías de don Porfirio, el Zócalo delimitado por los Pegasos que hoy están frente a Bellas Artes, el Zócalo con palmeras de Miguel Alemán, el Zócalo de piedra, completamente desnudo, de Ernesto P. Uruchurtu: el Zócalo que conocemos desde 1957 y cuya máxima novedad es el asta bandera erigida durante el gobierno de Ernesto Zedillo.

En abril de este año, después de medio siglo sin cambios, el gobierno capitalino inició el remozamiento urgente de la plaza.

Cuando el conde de Revillagigedo gobernaba el virreinato se hizo un remozamiento urgente de la plaza —en realidad, un trabajo de nivelación— y en menos de seis meses fueron encontrados, bajo las piedras de ésta, la escultura de la Coatlicue, la Piedra del Sol y la Piedra de Tízoc.

En esta ocasión no tenía por qué ser diferente. A solo 30 centímetros de profundidad, arqueólogos del INAH ubicaron el zócalo de Santa Anna: una plataforma circular, de ocho metros de diámetro, rodeada por un patio de tres metros de ancho.

Voy atravesando el Zócalo bajo un aguacero proverbial. Camino entre los charcos, entre el lodo resbaladizo de la obra. Miro la plataforma de basalto y riolita. Toco esas piedras: son las mismas que aparecen en la estampa de Pedro Gualdi, realizada hace más de 170 años. El parecido es tal que me escandaliza. Tengo frente a mí el modelo de una litografía: el verdadero zócalo. El zócalo que pisotearon los gringos.

El patio que rodea la plataforma recién descubierta luce viejo, gastado, quebrado. Le pregunto al arqueólogo Ricardo Castellanos qué es eso que estamos pisando.

Me dice: “La Plaza Mayor del siglo XIX. Tal vez estamos pisando lo único que queda de la Plaza Mayor de la época virreinal”.

Llueve como el demonio. Los dos estamos tiritando.

Pero estoy seguro de que no es por la lluvia.

@hdemauleon
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