Un gentilicio con precipicio

Guillermo Sheridan

De nuevo se discute el gentilicio que ameritarán los habitantes de la rebautizada Ciudad de México; de nuevo que si chilangos o chilanguecos, que si defeños o defequenses. Aquel propone anahuaqueños, el otro capitalucos; éste, anahuacates (que es divertido); y este otro, mexicalpandos. El mejor hasta ahora quizá sea AMLOsajones: es perfecto.

¿Qué vamos a hacer?

El brete no deja de reflejar la Patria Confusión: luego de cientos de años de existencia esta ciudad aún no sabe cómo se llama. Y cuando creía saberlo y ya todo mundo estaba si no contento por lo menos acostumbrado, llega el político que nunca falta para meterle al asunto revolución institucional. Por si fuera poco, el C. Jefe de Gobierno Mancera anunció que el asunto iba a someterse a la consulta popular, cosa que felizmente parece haber dejado a un lado. ¿Tepeyacos, anahuacalis, traficalinos, chicharitos, haytamalesoaxaqueñocanenses…? Hagan sus apuestas.

Un político tenaz, experimentado chapulín (he ahí otro candidato al gentilicio: “chapulines”) que además es funcionario importante de la capirucha (otro más: “capiruchos”) se manifestó recientemente por uno que yo temía: el previsible “mexicas”.

A su parecer, llamarnos los “mexicas” no sólo nos daría un apelativo biensonante, sino que tendría el valor agregado de fortalecer la identidad enclenque. Una al parecer tan necesitada de vitaminas que el mero hecho de cambiarle el nombre ya la hace más fuerte y potente para lo que sea que se ofrezca. “Llamarnos mexicas sería una forma de sentirnos orgullosos de nuestras raíces históricas”, sentenció el compulsivo tribuno mientras ponía cara de libro de texto gratuito para mejor enfocar esas raíces urgidas de fertilizante. Metamorfoseado ya en Cacama, agregó que los mexicas son una “gran tribu” que fundó una gran civilización y etcétera (otro más: “etcéteras”).

Pero entonces, en apabullante sincronía, los arqueólogos desenterraron en el centro de la ciudad capital el llamado “gran zompantli”, esa bonita y alta torre mexica hecha con cráneos de miles de personas que cometieron el error de no ser mexicas. Y si hubo quien miró en ello una especie de fosa clandestina con coartada histórica, no faltó quien argumentase que aún más raíz de orgullo era, toda vez que era un zompantli ecológico y reciclable, amén de muy plural y tolerante, pues que no discriminó a nadie y contiene cráneos de hombres y mujeres, de gente de la tercera edad y desde luego mesoamericanos de la comunidad LGBTTTQ. Lo que ya no se tomó con simpatía fue que también hubiese cráneos de menores de edad, debidamente perforados y torturados y ritualizados y tal.

El nombre mexicas se cotizó a la baja a la luz, o más bien a la sombra, de ese monumento histórico a la funeraria como fuente de vida cultural. Eso, junto a la cíclica resurrección de las querellas sobre los sacrificios humanos mexicas, a causa de uno o dos nuevos libros y estudios, poco hicieron por la causa mexica en la pesquisa del evasivo gentilicio. La prensa no tardó en evocar a los escandalizados cronistas, Bernal Díaz del Castillo, Diego Durán y Andrés de Tapia, cuyos cálculos sobre el número de calaveras usadas como ladrillos que vieron al llegar a Tenochtitlan son, digamos, abrumadores.

Gente sabia, como Laurette Sejourné, lo mismo que el gran poeta Benjamin Péret y Paul Westheim, refugiados en México del horror del escenario europeo durante la Segunda Guerra, expertos los tres en cuestiones de antropología y arqueología mexicanas, sintieron que las formas de dominación que los aztecas asestaron a otros mesoamericanos no eran del todo diferentes a las de un estado totalitario moderno y, más específicamente, de los nazis. Y la primera víctima de ese terrorismo de Estado mexica fue, desde luego, su matriz cultural misma, el lado inteligente de la civilización náhuatl.

No. Mexicas no, por favor. Ni aztecas. ¿Qué sentirían los descendientes de las otras etnias náhuas del Valle de México? Mexica, además, es palabra fea, con ecos de machucar y machacar, achicar y masticar. Y luego además empezaría otra etapa de la discusión, ¿cómo se debe pronunciar? Porque ya saldrían los que defienden mechicas, los que prefieren meshicas, los que insisten en mejicas y los que argumentan mecsicas. ¿Qué pasaría entonces? Nada: se organiza otra consulta popular y listo.

¿Y si mejor nos llamamos consultapopulenses?

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