Donald, el efímero (ejercicio de política ficción)

Alfonso Zárate

La fachada grosera, prepotente de Donald Trump sería meramente eso —una fachada sin importancia— de no ser porque, en este caso, expresa su esencia: es lo que parece; esto lo convierte, desde ya, en un peligro para los demás, para México y el mundo, pero también para sí mismo.

Algunos analistas quieren creer que su bravuconería y sus posturas extremas que se creían superadas, fueron sólo una puesta en escena, como suele ocurrir con los candidatos en campaña, pero que una vez en la Presidencia aparecerá un personaje distinto: sensible, prudente. No lo veo así porque, aunque el misterio trinitario sí existe, es decir, que siendo la misma persona, uno es el aspirante, otro el candidato y otro muy distinto el presidente de la República, esta mutación, evidente en el sistema político mexicano, no parece darse en el caso Trump.

La magia de La Silla del Águila opera transformaciones profundas en aquél que la ocupa. Un caso paradigmático fue el de Luis Echeverría quien, como titular de la Secretaría de Gobernación y aspirante a la candidatura presidencial, se mostró cauto hasta el extremo (seguía al pie de la letra la consigna para quienes ocupan responsabilidades en la Secretaría de Gobernación: “mucha oreja y poca lengua”), pero una vez candidato —para sorpresa de muchos e irritación de su ex jefe, el presidente Gustavo Díaz Ordaz—, descubrió otra faceta: lenguaraz e hiperactiva; más tarde, como presidente de la República, resultó una especie de faraón o semi-Dios.

Pero Donald Trump no se disfrazó de otro para alcanzar la candidatura y luego la Presidencia. Como candidato fue el mismo xenófobo y misógino que ha sido toda su vida —las revelaciones sobre su idea de las mujeres no corresponden a fechas recientes, fueron captadas hace muchos años… Por eso creo que, en la Presidencia, lejos de serenarse, se acentuarán sus rasgos enfermizos. No es difícil imaginar las reacciones de un megalómano prepotente e ignorante, con el más grande poder del planeta.

Sus ocurrencias siguen: en el más puro estilo de un gobernante tercermundista, o del patriarca de un conglomerado que, si bien enorme, no ha dejado de ser una empresa familiar, tres de sus hijos se integraron al equipo de transición al que se agregan varios halcones.

Entre los primeros en confrontarlo estarían, a ras de suelo, quienes votaron por él confiando en que cumpliría sus promesas de “volver a hacer a América grande” y de regresar los empleos perdidos; se lo exigirán y no estarán dispuestos a esperar indefinidamente; ¿cómo se expresará su frustración?

Por otra parte, su nula experiencia en la administración pública y su manejo del gobierno —impredecible, caprichudo— llevará a desarreglos muy severos que afectarán la economía norteamericana y, al menos en parte, la del mundo.

Además, los “moditos” de Trump —la insolencia, la grosería— van a generar repudio en la misma clase gobernante y en los medios.

Otros desajustes derivarán de sus líneas de acción: muy temprano crispará el ambiente y con sus dichos y con sus hechos incentivará los extremismos: se multiplicarán los crímenes de odio a “los otros” y los de éstos como respuesta. El ambiente social se enrarecerá hasta niveles inéditos (ya se están dando episodios de xenofobia muy lamentables en las escuelas, en supermercados, en encuentros deportivos…).

La mera amenaza de expulsión de dos o tres millones de indocumentados inhibirá a muchos trabajadores que no acudirán a sus centros de trabajo. Se derrumbará la competitividad en varias ramas de la economía estadounidense. Pero la más vigorosa oposición a su gobierno vendrá de las élites políticas que, como el ex presidente George W. Bush, advierten que no se puede gobernar con enojos.

Algunos grupos de poder en Estados Unidos llegarán a la conclusión de que tienen que pararlo, que no pueden esperar a que concluya su mandato de cuatro años. Son varios los expedientes judiciales abiertos que pueden ponerle en serios apuros.

Por todo esto y más, Trump puede ser un presidente efímero. La duda es ¿cómo querrán detenerlo? ¿Como pararon a John F. Kennedy?, ¿como sacaron a Nixon e intentaron descarrilar a Bill Clinton? ¿A través de un juicio político, de una enfermedad o de un atentado?

Presidente de Grupo Consultor
Interdisciplinario. @alfonsozarat
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