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Salvador Elizondo en el balcón de su departamento frente al Parque México, diciembre de 1973.
En 1973 vivíamos frente al parque. A Salvador le gustaba mucho estar en el balcón mirando lo que pasaba frente a sus ojos, lo que despertaba su imaginación. En esta imagen aparece sentado en su actitud habitual de “observador”, a veces solía escribir lo que veía…
Salvador Elizondo escribe Cuaderno de Diario número 35, páginas 41 y 42
Viernes 14 de diciembre de 1973.— Ritmo de víspera de viaje. Siempre igual por estas fechas. Todavía nos falta ir a llevar los regalos. Estoy escribiendo en el balcón. Pasan siempre los mismos tipos. Ya conozco bien a muchos, pero nunca pienso en ellos. Allí va pasando “El Stravinski”. Todos los coches que pasan van llenos de paquetes. Las gentes se abrazan al despedirse. Se está bien aquí en el balcón. Pienso que mis últimos cuadernos son una colección de banalidades. Tengo que volver al sentido y a la costumbre de la escritura. Una criada grita estupideces desde el piso de arriba. Niños rompen con la palabra “peso”, el silencio humano casi perfecto. Un silencio de ruidos puros que nada significan. Creo que me llevaré a las vacaciones los poemas de Mallarmé aunque sólo sea para que la brisa marina acaricie sus páginas. Modo simbólico de la lectura. Me obsesiona el sistema de mis libros, casi más que su escritura. Su sistema es el esquema sintético de su proyecto.
Mi cumpleaños número 41 se me olvida con frecuencia, faltan unos días para que ya visiblemente comience a hundirme en la marejada de la cuarta década de vida.
Fuimos a un coctel en el Museo de Arte Moderno. Estaban los mismos de siempre.
*En la foto: Salvador Elizondo en su actitud habitual de "observador" (CORTESÍA PAULINA LAVISTA)
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