Las divisiones del PRI

José Antonio Crespo

Suscribo las críticas de
Sergio Aguayo a Humberto Moreira.

Es prácticamente un axioma político que los partidos, cuando se dividen y se confrontan, tienen pocas probabilidades de preservar el poder, o ganar elecciones desde la oposición. El PRI, para ser el partido hegemónico que fue por 70 años, hubo de establecer una férrea disciplina interna, evitando al máximo las rupturas. Era justo cuando el partido oficial se dividía (saliendo de sus filas algún personaje como candidato alterno) que menos votos obtenía, aún disponiendo de todos los mecanismos de defraudación. Aunque José Vasconcelos nunca fue militante del partido, sí fue miembro destacado de la “familia revolucionaria”, e hizo bastante ruido en 1929. Cuando Juan Andrew Almazán y Miguel Henríquez Guzmán rompieron con el partido (en 1940 y 1952 respectivamente) le quitaron más votos que cualquier otro candidato. Y es que se llevaron consigo banderas ideológicas y algunos grupos corporativizados. En 1958, finalmente el PRI logró evitar una nueva fractura, en lo que creyó imponer una regla disciplinaria permanente que, sin embargo, fue rota en 1987 por Cuauhtémoc Cárdenas. 1988 fue la peor debacle del PRI desde su nacimiento, y de esa ruptura surgió el PRD que le empezó a quitar votos y militantes. De hecho, ese fue el principio del fin de la hegemonía priísta.

Pero ni siquiera es necesaria una fractura formal para que un partido se debilite, al grado de perder el poder. Justo previo al año 2000, el PRI sufrió otra grave división, ahora con el propio Presidente de la República (y líder nato del partido). Zedillo pensó que el PRI no podía ganar forzadamente otra elección más y soltó controles tradicionales, abriendo la puerta a la alternancia presidencial, lo que hasta la fecha no se le perdona. Su perfil neoliberal (como el de Salinas de Gortari) y su poca trayectoria político-partidista generaron también malestar y ofensivas de los príistas tradicionales (los dinos). El PRI llegó así al 2000 fuertemente dividido. Los dinos retomaron el control, pero en 2006 el partido no logró superar divisiones iniciadas en 2001 y 2002, además de las que agregó Roberto Madrazo por su cuenta (con Elba Esther Gordillo y los gobernadores del Tucom). Lejos de recuperar el poder, su candidato (no así el partido) se fue al tercer sitio.

Enrique Peña Nieto logró desde la gubernatura del Estado de México la unificación del partido en torno suyo, lo que —junto con el desgaste y división del PAN, y la desconfianza generada por AMLO entre la mayoría del electorado— le permitió recuperar, ahora sí, el poder. Sabemos que las derrotas electorales generan divisiones y culpaciones mutuas, y si 2015 pudo verse como una elección no tan mala para el PRI, la de este año fue un desastre. La salida de Manlio Fabio Beltrones de la dirigencia priísta muestra su experiencia política, y si bien en 2015 Peña quiso mantener unido al partido nombrando a un hombre con grandes vínculos y respeto en su interior, ahora ha decidido retomar el control del PRI a través de uno de los suyos. Pese a la tradicional disciplina de los sectores del PRI, muchos militantes distinguidos han mostrado su malestar y protesta por el nombramiento de Enrique Ochoa, al que ven no sólo como parte del círculo cerrado de Peña, sino con un perfil tecnocrático y de escasa trayectoria político-partidista. No es tanto que les disguste el proceso de designación, como muchos han sugerido. No hicieron reclamos al nombrarse a Beltrones por idéntico método. Es el perfil del nuevo dirigente lo que molesta. Y aunque Ochoa no está siendo nombrado candidato, sí lo es para manejar la elección clave del Estado de México y el proceso de nombrar candidato presidencial, que no se antoja nada fácil. De alguna manera se respira un ambiente parecido al que se vivió durante el zedillismo. Tras muchas de las divisiones y descalabros sufridos por el PRI, éste hizo un mea culpa y se propuso cambiar radicalmente. Hoy Ochoa ofrece lo mismo; reconocimiento de errores y propósito de enmienda. Pero nunca ha cambiado esencialmente, ni después de su derrota presidencial. ¿Por qué ahora sí?

Profesor del CIDE

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