Es un hecho la necesaria revaloración y participación de la mujer en los diferentes ámbitos de la vida social, particularmente en el económico y en el político.

Está demostrado en amplia literatura histórica y sociológica, que una mayor participación de la mujer en la vida económica, política y social de la sociedad, aumenta exponencialmente el desarrollo, a la par de lo que conlleva en términos de justicia, bienestar e igualdad. Esto se ha observado principalmente en los países más desarrollados, en los que se han abierto más espacios para las mujeres.

Es cuestión de paradigmas y construcciones culturales milenarias lo que ha hecho socialmente diferentes al hombre y a la mujer. Sus diferencias no vienen precisamente de la sexualidad que les es definida en la gestación, sino de roles socialmente inventados, relaciones de poder entre géneros, costumbres y mitos muy lamentables que han dado sustento histórico a colocar a la mujer en desventaja frente al hombre en las estructuras institucionales, económicas, políticas y sociales. El hombre se ha colocado en ventaja cómo género predominante, no obstante eso no sea una regla, y sepamos perfectamente que han existido sociedades matriarcales reconocidas, y poderosas lideresas y gobernantes en la historia de la humanidad.

Tras siglos y milenios de predominio del hombre en la conducción de la sociedad y escasa participación de la mujer, ya se reconoce que esa circunstancia es una de las razones que explican el lento y desigual desarrollo de la humanidad, desde sus primeras épocas, sobretodo en la medieval u obscurantista, hasta hoy en día.

Social e históricamente, el paradigma de lo femenino se ha construido para dar un rol e imagen a la mujer como ser dependiente, sometido, limitado y pasivo, tanto en la religión como en las estructuras familiares, económicas, culturales, políticas y de poder. De hecho, en la misma cuna de la democracia griega la mujer no fue considerada como ciudadana, porque esa democracia no nació en atención a una carencia de igualdad, sino de ejercicio del poder.

La humanidad ha escrito pues la historia, a partir del paradigma masculino, en el que han imperado epocalmente criterios de dominación, imposición de fuerza, superioridad de género, abuso, exclusividad y exclusión en funciones económicas, políticas y culturales, bajo los cuales se han construido sociedades con las mismas características y se ha determinado una desigual  e injusta distribución de valores sociales como el conocimiento, el trabajo, el poder, la riqueza, las atribuciones, las responsabilidades y obligaciones, dejando a la mujer siempre en un plano de desventaja e inferioridad.

La construcción de la civilización ha sido bajo el paradigma masculino, lo que se ha traducido en sociedades propensas a la injusticia, el irrespeto, la desigualdad e injusticia. Se ha negado el conocimiento, la educación, el bienestar y el derecho a desarrollarse a la mitad de la población; un paradigma que epocalmente ya está agotado, cansado, es disfuncional y no solo está en el centro de las causas de muchos de los problemas, sino que ya no da para solucionarlos. Ante este hecho, se requiere un cambio de paradigma que se acerque o ubique a la mujer como agente principal de la organización y conducción de la sociedad.

En nuestro país, la mujer ha ido poco a poco superando esas estructuras que la colocaban en desventaja frente a los hombres. En la misma Constitución de 1917 no se contempló su derecho a votar y ser votada, fue hasta 1952 cuando se aprobó ese derecho en las leyes mexicanas, y de ahí las mujeres han ido ganando importantes espacios en todas las estructuras familiares, políticas, económicas y sociales, hasta convertirse en verdaderas jefas de familia, presidentas municipales, gerentes de importantes empresas, juezas, magistradas, gobernadoras… faltando todavía llegar al máximo cargo de conducción del país, que es el de verse como Presidentas de la República, como ya ha ocurrido en muchos países del mundo.

Estoy convencido de que a la conducción del país le hace falta el paradigma femenino. Le hace falta el talento, la sensibilidad y la creatividad propias de la mujer en la política; le hace falta dotar de una sociedad en la que se viva con más honestidad, más eficiencia y más equidad.

Si los vecinos del norte optaron por un machón, acá, de este lado del río, nuestras Adelitas tienen los pantalones bien puestos y están más que puestas para sentarse en la silla Presidencial.

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