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“Soy un asesino, tengo la imagen más vil que pueda existir en la sociedad”, confiesa Jean-Claude Romand, quien en enero de 1993 mató a su mujer, a sus dos hijos pequeños y a sus padres, en una región de Lyon, Francia. Es una historia real llena de horror que Emmanuel Carrere, nacido en París en 1957, convierte en El Adversario, una novela imprescindible de no-ficción, traducida por Jaime Zulaika y publicada por Anagrama en el año 2000, y la sexta edición en marzo de 2016 en Barcelona, España. Desde A Sangre Fría del maestro Capote, no conozco un libro tan demoledor sobre ese gen perverso que nos induce a delinquir y que estamos obligados a controlar.
Romand es un estudiante de medicina que no se presenta al examen de segundo grado aunque dice que sí y consigue que tanto sus padres como sus amigos y su novia Florence le crean. Primero finge estudiar la carrera y después que trabaja en hospitales renombrados y como investigador en la OMS, en Ginebra, lejos del pueblo donde vive. Todos los días lleva a los niños a la escuela y va al trabajo y durante 17 años nadie sospecha de esta doble vida que lo va desgastando poco a poco. Cuando la fiscalía investiga la vida de Jean-Claude después del asesinato, se encuentra con que todo es falso. Sus vecinos, que eran sus amigos, quedan petrificados, lo mismo que los habitantes de Prévoissin, el pequeño pueblo donde vive con Florence y sus hijos.
Emmanuel Carrere, un escritor exitoso, guionista, esposo y padre de familia, queda impactado por la noticia que llena los medios por varios días. Busca contacto con el culpable y con su abogado y establece una relación epistolar, con algunas visitas a la prisión con el acusado. Le afecta tanto la historia que después que Romand es condenado a cadena perpetua decide no escribirla. Es una historia terrible y además se siente involucrado. Queda muy impresionado por la manera en que el asesino se comporta durante el juicio, un evento que dejó a todos con pocas palabras, menos al fiscal que se llevó cuatro horas en leer su dictamen para convencer al jurado de una condena ejemplar. Se detecta que les costó castigar un tipo de crueldad que no hay manera de explicar. ¿En qué momento Romand se empieza a perder a sí mismo?, ¿cuál fue la mentira que tuvo que decir, que lo lanzó por esa cuesta y ya no fue capaz de ser una persona normal? Un hombre que además vivía con la sospecha de haber matado a su suegro.
La historia es espeluznante, cierto, pero Carrere es un virtuoso. Arma la novela de tal manera que no es difícil caer atrapado en su estilo fino y directo; además de que se involucra, establece una relativa cercanía con Romand que lo hizo mantenerse apegado a su historia, incluso cuando le escribe para decirle que no la escribirá. Como autor sensible, siente que le costará narrar un suceso tan fuerte y descarnado. Un hombre que no tuvo piedad con los más allegados, además un defraudador que se las arregló para que la familia le cediera sus recursos creyendo que los invertiría en Ginebra y su ganancia sería superior que en los bancos franceses.
Hay una etapa de debilidad en el personaje que lo pone al borde de la confesión: cuando se enamora de Corinne, una psicóloga con la que mantenía una relación difícil de definir, “hacían el amor llorando”. Desde luego, ella también le cedió su dinero para que lo multiplicara y logró escapar cuando él intentó matarla. Es un momento que el autor describe con una gran dosis de extrañeza porque Romand ya había cometido los otros crímenes. Fingió que los habían invitado a una cena e intentó dominarla con gas lacrimógeno. Es curioso lo que ocurre después de este evento entre los dos. Sin duda les llamará la atención lo que pasa con su amigo Luc, además su
vecino y compadre, que es uno de los más afectados.
El Adversario es una novela que nace del espanto, no es sólo la gran capacidad de Carrere para contarnos la historia de este falso médico que decidió ocultar sus mentiras en un acto tan brutal, sino la manera discreta y decidida en que el autor nos comparte su acercamiento a un hombre que le producía desconcierto más que asco, como a otras personas con las que compartió su cercanía; sobre todo periodistas que cubrieron el juicio y le deseaban lo peor. Al final, se impone una reflexión sobre la sociedad contemporánea donde estamos tan expuestos a cometer bondades como maldades. Como bien dicen, del par de lobos que tenemos en el corazón, cada quien sabe si alimenta al bueno o al malo, no digan que no.
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