En la ficción, el tema de la paternidad tiene su parte escabrosa; frente al hecho, cada individuo comparte un nicho y en él permanece sin alterar demasiado el espacio porque se siente cómodo; sin embargo, así como existen embarazos imaginarios, también tenemos padres imaginarios; tal es el caso de Irene y Alberto, dos jóvenes profesionistas activos, con una fortuna respetable y las amistades típicas de la clase media, que se atreven a horadar la cerca que la vida les ha tendido. Es justo lo que nos narra Antonio Ramos Revillas en la novela Los últimos hijos, publicada por Almadía, en coedición con la Secretaría de Cultura y Fundación Azteca, en septiembre de 2015, en la Ciudad de México.

Es una novela sobre la fragilidad ante la paternidad fallida. La pareja mencionada pierde un bebé, lo sustituye con uno mecánico, le asigna una recámara en la casa y se comportan como si fuera real. Un día, al regresar a casa, encuentran que han sido robados por unos ladrones que además les han dejado señas pestilentes como instrumentos de intimidación y a su gata Abril, en condiciones deplorables. Poco a poco, Ramos Revillas va develando la personalidad de la pareja, sobre todo por la manera en que se toman la agresión de la banda de saqueadores. Aparece un policía corrupto, un agente de Aseguradora manipulador, un vecino curioso que fastidia y un detective privado que será parte importante en la historia posterior de la pareja, sobre todo cuando ciertos acontecimientos los obligan a replantearse la vida que llevan y tomar una decisión inesperada.

El espacio donde transcurre parte de la novela es Monterrey, México, ciudad donde nació Antonio Ramos Revillas en 1977. Rápidamente se percibe que es una historia contada con sumo cuidado, buscando que la revelación del carácter de los personajes no afecte el nivel de suspense que enriquece la trama. Hay un momento en que Alberto se atreve a cometer un grave delito y es justo cuando la tensión de la novela se va al máximo. Digamos que es parte del aspecto negro de esta historia, que se encuentra llena de frases como: “la única forma de ahuyentar al demonio es nombrarlo”, una interesante postura que a Mefistófeles le hubiera gustado saber; “la paternidad es algo que se arrebata”, afirma el autor proponiendo un principio que merece reflexiones; luego nos comparte una idea en que usted pudiera detener su lectura para sopesar el asunto: “los hijos son un eco de la muerte por llegar.” Después de esto, nos hace partícipes de un tratado sobre lo que no se debe desear en relación a un hijo, que quizá no llegue jamás: “no desearás verlo crecer…”, “no desearás ni sus risas ni el suave olor…” Hay dureza y crueldad en este segmento.

El autor de Los últimos hijos no se traga la idea de que en nuestro país todo se ha puesto bien como un acto maravilloso; por eso nos advierte que, “en el mundo hay demasiadas camionetas y coches negros que van tras nosotros.” Es claro, en México, en asunto de vehículos, el negro ha dejado de ser elegancia y buen gusto para convertirse en evidente amenaza. Hay un momento en que la novela cambia de espacio, los personajes deciden probar suerte fuera de Monterrey, acto que terminará de extraer todo lo soterrado que Irene y Alberto mantenían para sí mismos. Amparo, la nana de Irene que los acompaña en este tramo, vaticina lo que ocurrirá aunque no lo compartirá con nadie, sobre todo después de que Abril se convierte en parte del misterio. Ramos Revillas deshoja lentamente la margarita, de tal suerte que cada momento quedará grabado en la mente más exigente de nuestro universo lector.

Con Los últimos hijos, el autor nos demuestra que su proceso de madurez está muy avanzado; consigue narrar con solvencia, manejar el lenguaje estándar con propiedad y logra atmósferas de tensión perfectas, puntos tan necesarios en la construcción de una novela. Betsabé, el personaje que dinamizará a los padres imaginarios, nos la presentan como una sombra muy oscura de la crueldad humana. Sé dice que ser buen padre es una vocación, un hilo de luz que une a los progenitores con su descendencia. Antonio Ramos Revillas nos cuenta una historia que termina convirtiendo en tragedia, una tragedia generada por la negativa de dos jóvenes para sobrellevar una vida sin hijos. Hay una lección en sus páginas, algo así como que hay errores que sólo se pagan con soledad. Sin embargo, faltan sus conclusiones, que no tengo dudas de que serán muy acertadas. Ya lo verán.

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