Ernesto Mallo es un novelista argentino nacido en 1948, cuya virtud fundamental es el manejo de los puntos finos en la novela policiaca. Digamos que el desarrollo de sus tramas es perfecto. No le interesan ni la filigrana ni las falsas pistas; al menos en La Conspiración de los Mediocres, publicada por Grijalbo, Random House Mondadori, Buenos Aires, en 2015, no teje por ese lado; lo que no quiere decir que sus recursos narrativos sean menos efectivos; al contrario, hay una ligereza en su escritura que genera una gran curiosidad por saber qué pasa. Al leer estas primeras palabras: “Cuando sonó el teléfono, Rolf Böll supo que vendrían a matarlo”, uno ya está enganchado y feliz.

El subcomisario Venancio Ismael Lascano, más conocido como El Perro, es el detective que se mueve en sus páginas. Se trata de un policía duro que nadie quiere cerca, que practica un peligroso grado de honradez que lo vuelve una amenaza. Esta novela sucede en los años en que José López Rega era el político todopoderoso en Argentina, un personaje que ni la presidenta del país logra controlar. A sus órdenes opera una policía despiadada y corrupta que mantiene asolada a la población. Hay atentados y persecuciones y en ellos, El Perro Lascano debe emplearse a fondo para no perder el cuello, aunque le toca sufrir otras pérdidas en que debe demostrar de qué está hecho. Ser policía en una dictadura es arte difícil de aprender.

Le asignan el caso del asesinato de Böll, uno de los tantos nazis que anidaron en Sudamérica, eso lo lleva a situar esa circunstancia y a conocer a Marisa, una mujer hermosa e inteligente que entiende que “uno puede ver cuando dos personas se aman por lo que dicen sus cuerpos”, y que explica el infierno de haber perdido a sus padres en un campo de concentración al final de la Segunda Guerra Mundial. Marisa es uno de los personajes más importantes de la novela. Mallo trabaja capítulos breves, intensos y ligeros, de tal suerte que consigue entregarnos una historia que se comparte con asombro y complicidad. No deja fuera los demonios que han originado la personalidad difícil de Lascano, en esa idea de que infancia es destino; quizá por eso hay una apuesta notable al amor, a la intimidad amorosa entre dos personas, con la idea clara de que “el amor es siempre una novedad”, un lubricante para la esperanza y, desde luego, un sentimiento rector donde el que más cierra los ojos es el que más ve.

El investigador se mueve siempre sobre arenas movedizas, puesto que sus jefes no desean que el caso del viejo nazi se resuelva, hay demasiados intereses mezclados entre la policía, los extremistas de izquierda, los de derecha, los nazis y los judíos que también están presentes. El desarrollo de la novela, además de la primera frase que ya he mencionado, es clásico; sin embargo, hay pequeños detalles en esta parte, donde la primera víctima se resiste a morir, no obstante, abre la puerta de una historia dinámica y fascinante. Es una novela muy negra, comentó FG Haghenbeck recientemente, y en efecto, la progresión de las acciones, la presencia de personajes variados pero relacionados con el universo del delito, le dan una riqueza que se antoja celebrar. “Lascano es policía”, expresa el narrador, “y lo sabe muy bien porque es un experto en descubrir mentiras.” También es un solitario, un ser humano al que el amor se le escabulle.

Como toda buena novela policiaca, hay un lenguaje particular que llama la atención: garchando, que es verbo para nombrar actividades en la cama; telo, que es la denominación para los hoteles de paso; pavada, cana, rajar, enchastrado, catramina, chorro, que son expresiones argentinas más o menos conocidas están presentes. “Tiene un lenguaje cortante, con ráfagas de enorme verdad”, afirma Lilian Neuman. Desde luego que se come bien: “Rollos de col rellenos de carne, mojados en salsa de tomate y acompañados por un timbal de arroz, pepinos y tomates frescos”, además, “risoto con espárragos” y vino. Hay culturas donde una mesa sin vino es una mesa a la que le falta una pata.

La Conspiración de los mediocres es una novela emocionante que no tiene desperdicio; además, apuntala decididamente un género literario que cada vez gana más lectores en México. Ernesto Mallo es un novelista de poder, su vida ha sido una cadena de experiencias que contribuyen al trabajo de autor policiaco donde cierta familiaridad con el mundo del delito es necesaria para definir las intenciones estéticas. Además, leer novelas policiacas hace los días más luminosos, no digan que no.

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