Víctimas en el olvido

Editorial EL UNIVERSAL

Chilpancingo es tierra de nadie desde hace años, pero a diferencia de Iguala, en el mismo estado de Guerrero, en la capital estatal no hubo alarmas repentinas; la situación simplemente se descompuso hasta un punto en que la gente se niega a salir de noche, en que los negocios tuvieron que hacerse a escondidas para no llemar la atención de los insaciables criminales.

La Fiscalía General del Estado (FGE) asegura que hay tendencia a la baja en secuestros en Guerrero. Hasta agosto de 2016 habían ocurrido 54. El dato es con base en denuncias. Por lo tanto, habría que considerar la posibilidad —creíble tratándose de México— de que la cifra negra sea mucho mayor.

En el mismo periodo de tiempo en que se argumenta la baja en secuestros hubo un incremento de homicidios dolosos, sobre todo en Acapulco y Chilpancingo. Ese dato es más difícil de malinterpretar, pues el registro no depende de una denuncia. Bajo esa circunstancia es difícil conformarse con la explicación oficial, pues la lógica diría que a mayor violencia existen también mayores posibilidades de comisión de delitos de alto impacto como el secuestro.

Si hay impunidad en un delito, ¿por qué habrían de suponer los delincuentes que sí hay riesgo de castigo en otro?

En la vorágine de las noticias de todos los días en lo vasto del territorio nacional, es fácil olvidar casos atroces que casi nunca tienen conclusión.

En enero de este año un grupo de delincuentes secuestró a cinco profesores de una secundaria en Tierra Caliente, por los cuales pidieron un rescate de 15 millones de pesos. Familiares y amigos salieron a las calles a recolectar el dinero pues les dieron tres días para pagar. Un día después de estallada la noticia, el 15 de enero, los maestros fueron liberados, según las autoridades, porque un operativo en la zona los obligó a hacerlo. ¿Y luego? ¿Todos conformes? Medio año después sigue sin haber sentenciados por aquel crimen.

Historias similares se multiplicaron en el estado cuando menos desde 2013, año en que por primera vez Guerrero ocupó el primer lugar de homicidios dolosos y el segundo sitio en secuestros en el país.

Las desapariciones de estudiantes en Iguala, el escándalo más notorio, fueron apenas la alarma más estruendosa de una descomposición acelerada de la entidad. Si la situación de seguridad no ha mejorado ni siquiera en Iguala, qué esperar de un sitio con menor visibilidad como Chilpancingo.

Un plan coordinado por el gobierno federal se supone que está activo. Llegó la hora de poner resultados sobre la mesa.

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