El crimen que dejó al menos 84 personas muertas en Francia llevará inevitablemente a la opinión pública de ese país, y de la mayor parte del mundo occidental, a reforzar los prejuicios antimusulmanes. A diferencia de actos de terror previos cometidos en ese país, en esta ocasión no hubo reivindicación de algún grupo terrorista, ni se ha hallado un mensaje de odio por parte del asesino. Sin embargo, la sola versión de que el autor del ataque era de origen tunecino bastará para profundizar el odio hacia el migrante.
Mohamed Lahouaiej Bouhlel, de 31 años, era un tunecino residente en Niza, Tenía permiso de residencia del gobierno francés. La información de que no hay indicios de un proceso de radicalización islámica en el sospechoso daña aun más la imagen del migrante tradicional. La lógica xenófoba dirá: si un hombre “normal” puede cometer tal atrocidad, ¿por qué esperar a la identificación de los servicios de inteligencia? Mejor saquemos a todas las potenciales amenazas.
Hace año y medio ocurrió el asesinato de 12 personas en las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo. En ese tiempo la reivindicación islámica radical fue evidente. La discusión giró entonces alrededor de los cinco millones de “musulmanes” en Francia. Se les apartó con el lenguaje pese a que no todos eran necesariamente practicantes ni creyentes de la fe islámica; sólo se tenía la certeza de que eran franceses con raíces en el Maghreb, es decir, Marruecos, Argelia, Túnez.
Los atentados en París el 13 de noviembre de 2015, también cometidos por radicales islámicos, hicieron virar a Francia un poco más hacia el rechazo al migrante. El partido de derecha Frente Nacional (FN) se convirtió en el triunfador en las elecciones regionales en diciembre de ese año.
¿En qué momento la discusión dejó de ser social, económica, educativa y se centró en “el problema del diferente”? Cuando jóvenes de origen africano participaron en duras revueltas en París en 2005 el debate público estaba en la exclusión de la cual habían sido objeto los descendientes de migrantes. Una década después parece que la integración va cediendo cada vez más terreno a la convicción de que Europa y sus valores son incompatibles con el islam.
La imagen del niño migrante ahogado en una playa de Turquía se desvanece. En su lugar se impone el rostro de dolor de los familiares de las víctimas de Niza, de Bruselas y de París. Es una pena porque una realidad, la del terrorismo religioso, no excluye a otra realidad: la migración de millones de personas con fines pacíficos, de mera sobrevivencia.
Si los atentados de corte radical islámico continúan, se cerrará la Europa de puertas abiertas. De hecho ya comenzó.
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