El pasado lunes, el jefe de Gobierno del Distrito Federal promulgó el nuevo reglamento de tránsito, cuyo eje central es normar el comportamiento de las personas en la vía pública para prevenir los accidentes vehiculares y proteger a los peatones. La estrategia para lograr una mejor convivencia entre conductores (automotores y bicicletas) y peatones es aumentar significativamente los supuestos de conductas sancionables y el monto de las multas.

El anuncio realizado en el patio del Antiguo Palacio del Ayuntamiento hizo recordar a Dracón, quien fue un legislador ateniense del siglo VII a.C. y elaboró un código penal excesivamente cruel en sus castigos, con pena de muerte para todos los delitos, con lo que, a partir de entonces, se denomina “una ley draconiana”, a los ordenamientos que son exageradamente duros. El término ahora se aplica cuando hay demasiada severidad en las leyes y en disposiciones gubernativas.

El nuevo reglamento puede ser calificado por algunos de draconiano por el monto de las multas, sin embargo, esto pudiera no ser un defecto si tuviéramos la certeza de que las mismas se aplicarán con rigor, sin desviaciones y homogéneamente a los infractores, bajo la consigna de cero tolerancia a quienes violen el reglamento sin importar su condición, riqueza, poder o pertenencia a una organización de transportistas.

La aplicación correcta del reglamento y sin distingos de persona alguna es la verdadera clave para que se ordene mejor la circulación de vehículos y no el monto de las multas. La obediencia al mismo tampoco es una cuestión cultural, ni de espacios geográficos. La efectividad de la norma, su cumplimiento espontáneo, depende sólo y simplemente de que los individuos tengan la certeza de que la violación a la norma implica en un alto grado una sanción inconmutable o, por lo menos, la carga de combatir en un procedimiento administrativo o judicial la multa que se imponga.

El ejemplo de lo afirmado es el respeto generalizado, no absoluto, al límite de velocidad en el segundo piso del Periférico debido a que el conductor ya es consciente que la violación al mismo es igual a una multa que le será notificada en el domicilio en el que tiene registrado el vehículo y que le va a representar un pago o la monserga de aclararlo ante la autoridad administrativa. Esto no sucede en el extranjero, sino en la ciudad de México, ni es cultural ya que el mismo automovilista que se mantuvo dentro de los márgenes de lo permitido cuando circulaba por esa vía primaria en unos metros adelante, sin ningún recato, remordimiento, ni conciencia cívica da una vuelta prohibida, invade el carril exclusivo del transporte público u obstaculiza la circulación estacionándose en doble o triple fila. Cuando existe una autoridad que haga cumplir la norma con los medios a su disposición esta se respeta mayoritariamente.

Lo previsible es que el espíritu de Dracón sea traicionado, si el nuevo reglamento es mal aplicado y la policía de tránsito tolera o solapa su violación. La tarea no es fácil hay que hacerlo cumplir a microbuseros acostumbrados al desorden, a prepotentes y a multitud de conductores, ciclistas y peatones que no respetan las reglas, ni la señalización simplemente porque hacerlo o no hacerlo tiene igual consecuencia, nada. La pregunta es: ¿el DF cuenta con los suficientes policías y elementos jurídicos-administrativos para hacer cumplir el nuevo ordenamiento? Esperemos que sí, ya que todos ganamos con más orden en la movilidad de nuestra ciudad capital.

Profesor del INAP

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