Mañana, en Europa, se observará el bicentenario de la batalla de Waterloo. No faltarán lectores que se preguntarán por qué lo abordo en esta columna. La respuesta es que se trata de algo más que la rememoración de un evento que cambió el destino europeo. Con frecuencia se replica que aquellos que ignoran el pasado lo hacen bajo su propio riesgo y Waterloo ciertamente encierra lecturas relevantes para el sistema internacional fluido e impredecible que vivimos. Pero también conlleva lecciones para México, y no precisamente las que muchos derivan de nuestra historia.

Después de década y media de guerra, la derrota francesa en Waterloo a manos de los ejércitos coaligados anglo-holandés-germano-belga y prusiano puso fin a las aspiraciones hegemónicas de Napoleón Bonaparte. La imposición del nuevo sistema continental de coaliciones y equilibrio de poder —el llamado Concierto de Europa— a través del Congreso de Viena, fue en muchos sentidos una restauración de los principios seminales de la Paz de Westfalia de 1648, que postulaban al Estado-Nación como el actor central de las relaciones internacionales y a la no intervención en los asuntos internos de otras naciones como el contrato sobre el que se sustentó el sistema europeo en ciernes. Y es que la Francia revolucionaria —e incluso la napoleónica— en el fondo había encarnado, más allá de sus ambiciones geopolíticas, un esfuerzo de construcción paneuropeo basado en —si se quiere— los bienes comunes globales del momento: libertad, igualdad y fraternidad al interior de los pueblos y entre las naciones europeas. El restablecimiento del viejo orden y su tensión con el republicanismo y los valores universales de la revolución francesa hacen eco hoy en un sistema internacional de siglo XXI contrapunteado entre la pugna por reglas universales y bienes comunes globales y quienes arguyen la inviolabilidad de la soberanía del Estado; entre naciones del status quo y naciones que lo desafían. Sería peligroso, como lo fue en su momento durante el Congreso de Viena, pensar que esas contradicciones no acabarán generando conflicto.

Pero Waterloo también aporta lecciones sobre cómo dar vuelta de página a la historia. El que 200 años después, y con una serie de conflagraciones europeas (la guerra franco-prusiana, y la Primera y Segunda Guerras Mundiales) de por medio, esas naciones hayan logrado constituir el esquema supranacional más acabado aunque ciertamente imperfecto que es hoy la Unión Europea, y un esquema duradero de defensa colectiva como la OTAN, en cuyo seno las viejas rencillas y nacionalismos trasnochados no tienen cabida y donde británicos, franceses y alemanes son aliados militares, es una lección importante para países como México, particularmente en lo que toca a su relación con Estados Unidos. Es un hecho que la memoria histórica perdura en Europa; ello explica por qué Francia buscó impedir que Bélgica acuñara una moneda del euro conmemorativa del bicentenario de Waterloo. Y qué duda puede existir de las invasiones y el costo y dolor que británicos, franceses y alemanes se infligieron unos a otros hasta 1945. Pero eso no ha impedido que hoy sus ejércitos mantengan relaciones constructivas, proactivas y modernas, basadas en percepciones comunes de seguridad y bienestar. En cambio en México, cómo cuesta a muchas voces en círculos mediáticos y políticos aceptar que más de 160 años después de la invasión estadounidense a México y a casi 100 de la toma de Veracruz, nuestras respectivas fuerzas armadas pongan al día sus relaciones. La lamentable decisión del presidente Fox de no mostrar solidaridad pública con EU después de los atentados terroristas de 2001 se nutre de esa miopía histórica. Y aquellos que siguen convencidos que mantener enlaces de Sedena y Semar en el Comando Norte en Colorado erosiona nuestra soberanía son tan rancios como aquellos que en Viena reimpusieron en 1815 un orden continental a contracorriente. Por ello, el hecho de que en su visita de Estado a Washington en 2010 el presidente Felipe Calderón haya sido el primer mandatario mexicano en acudir al cementerio de Arlington a depositar una ofrenda en la tumba del soldado desconocido —y hay un número considerable de soldados mexicoamericanos luchando y muriendo por EU— y que el presidente Enrique Peña haya repetido el gesto durante su visita de trabajo este año, son pasos importantes en la normalización de las relaciones militares entre dos socios y vecinos. La historia ciertamente jamás debe olvidarse. Pero a veces, el aprendizaje que se desprende de ella es el equivocado. Waterloo demuestra por qué a diferencia de Europa, México en muchas ocasiones sigue derivando de la historia lecturas del pasado en lugar de lecciones sobre cómo construir el futuro.

Embajador de México.
Arturo_Sarukhan

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