La cantidad de gente que se mueve por una acera de Midtown, en Nueva York, a las cinco de la tarde de todos los días debe ser equivalente a la de una marcha común por el Paseo de la Reforma en la ciudad de México. A los neoyorquinos les gusta el pulmón de la masa. Los chilangos se amontonan el 15 de septiembre, el día de la Virgen de Guadalupe y cuando al gobierno se le pasa la mano. Los de acá salen a la calle para todo y lo celebran todo armando peloteras descomunales. Supongo que en una ciudad con tantos millonarios tan cínicos, el baño de pueblo tiene connotaciones redentoras: sudamos los unos sobre los otros, todavía somos una democracia.

Con todo y lo anterior, puedo decir, con poco miedo a equivocarme, que nunca he visto nada ni remotamente similar a la cantidad de gente entusiasta que salió a ver al papa Francisco I durante su recorrido por Central Park. Tres horas antes de que iniciara el paseo pontífico, ya era imposible no acercarse al parque, sino hasta pensar en ello. El New York Times publicó un cálculo según el cual, a las dos de la tarde —dos horas antes del papamobilazo— la distancia entre las vallas de seguridad y los últimos espectadores era de 50 cuerpos. Cuando regresé a casa para escribir esto una hora después, las filas para sumarse a ese océano de gente tenían más de dos cuadras.

¿Qué tiene Francisco I? Su efecto en las prestas multitudes neoyorquinas es un reflejo del temblor de tierra que ha supuesto su visita a los Estados Unidos. En el Congreso puso parejos a los republicanos en materia del cambio climático y nadie tuvo el temple de contradecirlo públicamente —qué tan mal estarán, que un cura les vino a dar lecciones de ciencia. Su discurso tuvo una sobriedad y una consistencia que ya es imposible hasta para el presidente. Lo interrumpieron 30 veces con aplausos a pesar de que se la pasó regañándolos. Antes de eso, Bergoglio platicó 15 minutos con John Boehner, el líder de la mayoría. Bohener es un republicano de viejo cuño, un conservador razonable que ha tenido que lidiar con los talibanes del Tea Party y está por encarar, otra vez, la amenaza de un cierre del gobierno, ahora por una bagatela —el presupuesto de una agencia dedicada a la planeación familiar. El hombre lloró durante todo el discurso del Papa y luego fue a su casa. A las nueve de la mañana de hoy llamó a una conferencia de prensa para anunciar su renuncia. No recuerdo a un político que haya expresado con acciones más claras esa sensación que todos conocemos: “Amigos, la estamos regando.”

Estados Unidos está lejísimos de ser un país católico. Sólo 20% de su población se define bajo esa denominación. Alguna vez Carlos Salinas se dirigió al Congreso; Juan Pablo II y Benedicto XVI no tuvieron ese privilegio. Ni Estados Unidos es un lugar en el que triunfen los papas ni este corazón con el que escribo siente por ellos, en general, ninguna simpatía. Alguna vez vi de cerca a Juan Pablo II y puedo dar testimonio de que su carisma era tanto que rebosaba cualquier plaza, aún si su mensaje era siempre reaccionario. Nunca vi a Ratzinger, pero lo he leído: kilo por kilo, es el papa más inteligente que hemos visto desde Juan XXIII. Tanto que entendió que el siglo le había pasado por encima y se fue a cultivar rosas a un jardín del Vaticano. Esa inteligencia descomunal tampoco le quitó lo retrógrada.

El éxito de Bergoglio está, me parece, en un lugar transparente, al que no entiendo por qué le cuesta trabajo llegar a otros líderes. Es un político cuyos actos son consistentes con la ideología que lo sostiene. Estamos tan mal desde hace tanto, que sólo ser coherente lo ha transformado en una eminencia. No es ni un reformador ni un santo, no abraza las causas que lo harían verdaderamente revolucionario —los derechos de las mujeres sobre su propio cuerpo y sobre su desarrollo político, por ejemplo, o el reconocimiento de la multiplicidad de modelos de desarrollo familiar—, no tiene el menor carisma y como teólogo es menos brillante que como jefe de Estado —su discurso ante el Congreso fue admirable por valiente, no porque haya dicho nada que no sea obvio para cualquiera al que le preocupe el bienestar de una ciudadanía. El éxito de Bergoglio está en que hace lo que se espera de él. Es sólo un hombre que sigue las instrucciones, que entiende que su trabajo es hacer su trabajo. Y ahí está la gente en Central Park, loca por él mientras escribo esto.

¿No le dará envidia a los políticos de casa? ¿No les gustaría que la gente que les aplaude no fuera acarreada? ¿Qué los que no creemos en sus ideas les diéramos el beneficio de la duda porque se lo han ganado? Nunca he sido político ni podría serlo: no tengo la menor idea de qué se sienta representar los intereses de una comunidad, defenderlos. Desde afuera, me parece que sería mucho más fácil sólo seguir las instrucciones que pasarse años perseguido por los intereses de los miserables y asesinos que tienden a medrar en los pasillos del palacio.

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