El debate

Alfonso Zárate

En un mundo en el que millones de seres humanos han desdibujado su condición de ciudadanos para convertirse en “audiencias” o “clientes”; donde sólo existe o es relevante lo que se difunde en los medios y redes sociales, los profesionales de la política han quedado supeditados a las leyes del marketing, la ingeniería de imagen y las encuestas que privilegian la apariencia.

Un caso-estudio de gran importancia en esa perspectiva es el debate entre Richard Nixon y John F. Kennedy realizado en 1960. Entre los analistas prevalece la idea de que el triunfo del senador Kennedy se explica, en buena medida, por el contraste que ofrecía un vicepresidente que aparecía descuidado, incluso fatigado, frente a la energía que transmitía el joven retador.

Desde entonces, los estrategas y asesores que estudian el “mercado”, identifican lo que más importa al público y construyen ofertas “diversificadas” en las que poco importa la coherencia ideológica o el proyecto político, pues de lo que se trata es de “darle al cliente lo que pida”. En consecuencia, el programa es reemplazado por frases efectistas y propuestas “pegadoras” que le lleguen a la gente.

Por otra parte, los equipos de campaña deben imaginar y refutar las más previsibles acusaciones de su adversario; hurgar en los sótanos para encontrar sus expedientes negros; estudiar la psicología del oponente: sus fortalezas y debilidades, los resortes que pueden sacarlo de quicio, mostrarlo mentiroso, incongruente o emocionalmente inestable… La preparación de un debate exige largas sesiones del candidato con expertos, y tantos ensayos como les sea posible para comprobar el “efecto” de una frase lapidaria, una expresión particular o una idea-fuerza repetida cuantas veces sea necesario.

Todo lo anterior tendrá que manifestarse en el desarrollo de la confrontación. Sin perder de vista, desde luego, que el debate será juzgado por el electorado según sus filias y fobias, la situación personal y familiar, y las condiciones del entorno socioeconómico. Para los estadounidenses que han perdido su empleo porque la planta en la que trabajaban se mudó a México o a otro destino, el mensaje rudo y estridente de Donald Trump será bien valorado sin importar su abismal ignorancia, necedad o carga racista. Lo que contribuye a explicar cómo pudo un personaje caricaturesco llegar a la antesala de la Presidencia: porque su discurso elemental conecta con millones de ciudadanos —blancos y empobrecidos, sobre todo— hartos de la “élite” gobernante y lastimadas por un proceso de “globalización” comercial, económica y productiva que los arrojó al margen.

El debate del lunes, primero de una serie de tres, volvió a mostrar las enormes debilidades del insólito aspirante republicano y el riesgo descomunal que porta su liderazgo. Hillary Clinton ganó la primera batalla: se mostró segura, conocedora, presidenciable. Lo que no queda claro, sin embargo, es la forma en que decodificará el mensaje la mayoría silenciosa. De ahí que el desenlace de esta guerra siga pendiendo de un hilo muy delgado.

Los debates en México. Los debates entre candidatos presidenciales llegaron tarde a México. En 1994, en un contexto perturbado por el levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, debatieron por primera vez ante las cámaras de televisión los candidatos del PRI (Ernesto Zedillo), PAN (Diego Fernández de Cevallos) y PRD (Cuauhtémoc Cárdenas). El oficio parlamentario y las habilidades de Diego se impusieron con facilidad. Sin embargo, después de ese triunfo contundente, el panista se agazapó. Las razones de esa decisión permanecen en la penumbra.

A partir de ahí los debates se convirtieron en el momento culminante de las campañas presidenciales, aunque en condiciones cada vez más restringidas. Hoy, las reglas impuestas por la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales hacen de los debates un espectáculo frío, acartonado y monótono. El Artículo 218 prescribe que el Consejo General del INE organizará dos encuentros obligatorios entre todos los candidatos a la Presidencia de la República. Baste con ello para imaginar el ejercicio que tendrá lugar en 2018 con cinco o más aspirantes. Existe, empero, una alternativa. La ley señala que los medios de comunicación pueden organizar encuentros sin más restricciones que las siguientes: contar con la participación de por lo menos dos candidatos y un formato que garantice condiciones de equidad.

En cualquier caso, si la rigidez hace imposible un verdadero debate, tendrán que multiplicarse los espacios de reflexión en distinto foros y explorar formas novedosas de escrutinio que permitan conocer a fondo las trayectorias, propuestas y debilidades de quienes aspiran a gobernar el país.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.

@alfonsozarate

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