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Trump, el candidato del odio

Alfonso Zárate

El candidato del Partido Republicano es un embaucador sin asomo de la experiencia, la inteligencia y la sensibilidad que reclaman gobernar a la mayor potencia planetaria, sin embargo, ya está en la recta final.

Su discurso elemental no sólo es antiinmigrantes, es también, profundamente misógino; se trata de un sujeto que exhibe el síndrome del rico nuevo: el que cree que puede comprarlo todo —mujeres incluidas—, que lo sabe todo y puede hablar de cualquier materia.

Intolerante hacia quienes piensan distinto o son diferentes (negros, musulmanes, mexicanos), dice conocer “como nadie” el sistema estadounidense y que él, sólo él, sabe como arreglarlo. Ese alegato absurdo y su ignorancia monumental en materias centrales, bastarían para descalificarlo. Pero son muchos los estadounidenses que necesitan creer, asirse a lo que sea sin indagar más, no quieren saber, incluso ni siquiera oír los insultos que les propina: tras ganar las primarias en Nevada, soltó un “¡Amo a los que tienen un bajo nivel educativo!”, la gente lo vitoreó.

Imaginarlo en el poder, el sueño de algunos, es una pesadilla para el mundo: implicaría dejar la Presidencia de EU en manos de un sujeto emocionalmente inestable, que cree que todo lo puede y que la mejor compañía es “un buen trasero”; un horror. Pero, además, ocupar la cima del poder aceleraría sus desarreglos y mientras entraran en acción los contrapesos institucionales y sociales (el Senado y la Casa de los Representantes, los poderes fácticos, los medios…) podría descomponerse más un escenario de suyo complejo en Estados Unidos y el mundo.

Como suele ocurrir en las campañas políticas, en lugar de ideología Trump vende slogans, el más eficaz: volver a un pasado que ya no puede regresar, el del Gran Garrote de Teddy Roosevelt y de los “héroes” que colonizaron el oeste a costa del exterminio casi total de los indios.

A la distancia de más de 70 años, hoy podemos ver documentales de Benito Mussolini y Adolfo Hitler pronunciando discursos, su teatralidad resulta de un humorismo involuntario. Pero esos personajes que habrían reclamado su internamiento en algún pabellón psiquiátrico, sedujeron a las masas y no sólo a ellas: magnates de la industria y las finanzas los apoyaron porque creyeron que les serían dóciles y potenciarían sus negocios. Sus delirios llevaron a sus pueblos a cometer crímenes horrendos como el holocausto y condujeron a guerras que devastaron países y dejaron millones de muertos, mutilados, huérfanos y viudas.

El grito de “hacer América grande otra vez”, evoca el discurso de Hitler que expresaba la frustración y el dolor por los costos impuestos al pueblo alemán tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. El estadounidense es un pueblo que salió derrotado de Vietnam, que no acierta a frenar el terrorismo islámico ni su propia violencia (los asesinos seriales son casi un producto estadounidense)… Esto y más son un caldo de cultivo para demagogos como Donald Trump.

Elegirlo como presidente de la mayor potencia planetaria de este tiempo —una nación, por cierto, de inmigrantes— sería un error histórico, pero no es un escenario imposible. Los pueblos se equivocan. En nuestra América Latina ya hemos tenido al frente del gobierno a personajes como Abdalá Bukaram en Ecuador, El Loco. Este apodo era, más que un sobrenombre, un diagnóstico. Algunos otros, en funciones, hablan con pajaritos.

Trump encarna un sentimiento xenófobo que en los años recientes ha crecido en Estados Unidos, de otra manera sería difícil explicarnos por qué hay tal silencio entre voces de prestigio de esa gran nación. Quizás porque hay en la sociedad un sentimiento antiinmigrantes profundo, que no se atreve a revelarse porque se sabe políticamente incorrecto y entonces se disimula, pero es absolutamente real. Porque en muchas regiones de Estados Unidos hay pueblos dolidos por la mudanza de muchas de las empresas que los sostenían a otros países, México incluido. Este sentimiento extendido podría explicar que incluso los demócratas hayan hecho suya la oferta de revisar el TLC.

Por fortuna, varios hechos parecen mostrar su declinación, entre ellos el deslinde claro de prominentes republicanos, lo que confirma la preocupación de llevar al súmmum del poder a alguien que pondría en riesgo no sólo la seguridad de Estados Unidos, sino la del mundo.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.

@alfonsozarate

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