El destino nos alcanzó

Alfonso Zárate

La ubicación geográfica de la ciudad, un valle rodeado de montañas que dificultan la dispersión del aire contaminado

Ni contigo ni sin ti
tienen mis males remedio.
Contigo porque me matas
y sin ti porque me muero.
Copla popular

No fue nada fortuito. Por el contrario, autoridades y buena parte de la sociedad fuimos labrando, con dedicación inusual, las condiciones para esta crisis que hoy nos estalla y que anticipa un futuro calamitoso si no somos capaces de rectificar y actuar con sensatez.

Son muchas las razones que nos tienen así. Por una parte, la ubicación geográfica de la ciudad, un valle rodeado de montañas que dificultan la dispersión del aire contaminado. Por la otra, la densidad demográfica: por muchas décadas, desde el siglo pasado, la capital de la República se convirtió en el receptáculo de millones de mexicanos en busca de un ingreso para subsistir. Los inmigrantes de Oaxaca, Puebla, Michoacán y otros estados, rentaban piso: sobre lo que eran tierras cultivables levantaron modestísimas viviendas con láminas, madera y otros desechos.

Incapaces de preservar limpias las aguas de los ríos, se entubaron. La inconsciencia de personas y empresas los llevaba a arrojar sus desechos a las corrientes que se convertían en drenajes; se secaron las lagunas, se depredaron los bosques… La corrupción de autoridades y una política pública miope fueron fincando una “modernidad” perniciosa…

Hoy mismo, millones de pobladores de municipios del Estado de México se trasladan en autobuses —viejos, la mayoría, y altamente contaminantes— para trabajar aquí; lo hacen porque no tienen alternativas de un empleo mínimamente remunerado en sus lugares de origen.

A diferencia de otras ciudades en el mundo, en las que el servicio de limpia recoge las bolsas con basura una vez a la semana, aquí los camiones de limpia, la mayoría en pésimo estado, recogen la basura a diario, contribuyendo a congestionar el tráfico vehicular y a enrarecer el aire.

El abuso de las libertades constitucionales, se ha traducido en que cualquier grupo, como los “encuerados” de los 400 pueblos o los profesores “democráticos” de la CNTE, puedan bloquear avenidas y realizar plantones que agudizan los problemas del medio ambiente.

En los centros de verificación, una cuota extra por debajo de la mesa, garantiza disponer de una calcomanía que permite brincar la ley.

Las autoridades han hecho su parte para configurar este infortunio. Recuerdo al primer subsecretario del Medio Ambiente en la Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA) en los años del presidente Luis Echeverría, a quien le importaba un comino la contaminación; era un simulador. Para exhibir lo que vivimos, hoy la secretaría del Medio Ambiente es parte de las cuotas políticas del gobierno a sus aliados, los “verdes”.

A lo largo de más de medio siglo, los gobiernos del entonces Distrito Federal privilegiaron el automóvil particular sobre el transporte público, especialmente el Metro. A pesar de los congestionamientos, mucha gente tiene que usar su propio vehículo porque no existe una red de transporte colectivo eficaz. Por si fuera poco, la expedición del nuevo reglamento de tránsito, con la reducción de velocidad y la prohibición para la vuelta continua a la derecha, parece haber contribuido a hacer más lento el desplazamiento vehicular…

La precaria planeación urbana o los “negocios” de funcionarios públicos y contratistas explican el absurdo abrir y cerrar de zanjas en la calles y obras que continuamente generan bloqueos o cierre de arterias.

En el reparto de culpas —expresión de nuestro infantilismo: “los culpables son los otros”—, la autoridad y los partidos políticos llevan la peor parte. Sin embargo, la precaria cultura cívica de quienes habitamos esta megalópolis explica, en muy buena medida, el desastre que se avecina. Podemos seguir caminando hacia el desfiladero, pero también podemos, como lo hicieron en Londres en los años cincuenta del siglo pasado, romper con esas inercias perniciosas. La autoridad tiene que hacerlo, pero nada funcionará si la sociedad no asume también lo que le toca.

Algo debe cambiar, y pronto, para que la relación de muchos con la Ciudad de México abandone los territorios del masoquismo y la ambigüedad: “Ni contigo ni sin ti/ […] Contigo porque me matas/ y sin ti porque me muero”.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario

@alfonsozarate

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