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La lucha libre femenil atraviesa un momento extraordinario: las gladiadoras ya no sólo forman parte del gusto del público, hoy encabezan carteles y protagonizan funciones completas.
Sin embargo, este presente luminoso tiene raíces profundas en una generación de féminas que, más allá de los combates en el cuadrilátero, enfrentaron y vencieron al machismo que intentaba excluirlas.
Entre esas pioneras se encuentra Marcela, esteta con cuatro décadas de trayectoria, cuya carrera simboliza la resistencia y la pasión de quienes se negaron a aceptar un “no” por respuesta.
En entrevista con EL UNIVERSAL Deportes, recordó lo que significó romper barreras y abrir una puerta que parecía cerrada para siempre, demostrando que la lucha libre femenil no sólo pertenece al espectáculo, sino también a la historia de la igualdad en el deporte.
“Fue complicado. Tuve muchos problemas, ya que mi madre no quería que fuera luchadora. Ella decía que la mujer era para la casa y que ese deporte era para hombres. Tuve que entrenar y luchar a escondidas. Había machismo; el hombre creía que sólo servíamos para tener hijos. Hoy se ha abierto mucho; esta generación tiene su lugar”, dijo.
La Morenaza de Fuego, como la apodan sus seguidores, agregó que en esa etapa los luchadores eran muy violentos e intentaban sacarla del deporte que es su vida, pero supo resistir, hasta convertirse en referente dentro de los encordados.
“Nos trataban con rudeza; nos decían que si nos gustaba el deporte teníamos que aguantar. Sentía mucho estrés y presión. Pude callar bocas; ellos se sorprendieron mucho”, afirmó.
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