David Bowie no usó la moda para verse bien: la usó para decir algo. Mientras otros músicos construían imagen como accesorio, él la convirtió en discurso. Cada silueta, cada textura, cada maquillaje estaba pensado como parte de una narrativa más grande: la de un artista que entendió que el cuerpo también es un medio.
Hablar de Bowie en la moda no es hablar de trajes extravagantes ni de plataformas imposibles. Es hablar de cómo un músico se apropió del lenguaje visual, lo cruzó con performance, género, teatro y ciencia ficción, y creó un sistema estético que hoy sigue dictando tendencias sin pedir permiso.
Cantaba "Changes" mientras se transformaba en tiempo real; hablaba de alienación en "Life on Mars?" mientras vestía como si viniera de otro planeta; y jugaba con el género en "Rebel Rebel" mucho antes de que existiera el debate tal como lo conocemos hoy.

Pensar en que David Bowie se fue hace exactamente 10 años a causa del cáncer —el 10 de enero de 2016— nos llena de nostalgia, pero partimos de ese sentir para entender cómo su relación con la moda sigue siendo una guía brutal para quien quiera vestirse con intención, con riesgo y con estilo propio.
Ziggy Stardust (su alter ego) no fue un look, fue una ruptura estética. En plena era del rock masculino y denim, Bowie apareció con monos de vinil, botas de plataforma, cabello rojo incendiario y siluetas que desafiaban cualquier lectura tradicional del cuerpo. Mientras sonaba "Starman", la moda dejaba de ser terrenal.
El trabajo con Kansai Yamamoto fue clave: kimonos reinterpretados, cortes geométricos, dramatismo teatral y una comprensión radical del vestuario como extensión del escenario. Bowie no se vestía para el show; el vestuario era el show. Cada prenda tenía movimiento, intención y narrativa.
Aquí está el antecedente directo del McQueen más teatral: el que entendía la pasarela como espectáculo, el cuerpo como manifiesto y la ropa como algo que debía incomodar antes que gustar. Ziggy introdujo la idea de que la moda podía ser una fantasía radical sin pedir disculpas.
Lo importante es que Ziggy no buscaba verse cool, buscaba desestabilizar. Y ahí está su legado: la moda como herramienta para incomodar, cuestionar y expandir lo posible.
“You’ve got your mother in a whirl, she’s not sure if you’re a boy or a girl”. Esa línea de "Rebel Rebel" no solo definió una canción, definió una estética completa. David Bowie entendió que el género podía ser fluido, ambiguo y provocador, y lo expresó antes con ropa que con discursos.
Maquillaje visible, cejas borradas, cabello largo, prendas ajustadas y poses que jugaban con lo femenino y lo masculino sin pedir validación. El cantante no exploraba la androginia como tendencia, sino como posición estética y política.
El director creativo Alessandro Michele no inventó esta ambigüedad en Gucci: la tradujo para el siglo XXI. Bowie ya la había puesto en circulación décadas antes, desmontando la idea de cómo debía verse un hombre sobre un escenario.
"Rebel Rebel" sigue siendo el soundtrack perfecto para entender que el estilo no tiene que explicarse, solo sostenerse.
Con el alter ego "Thin White Duke", Bowie giró radicalmente a mediados de los setenta. Dejó el exceso para abrazar una estética minimalista, europea y casi fría. Trajes impecables, camisas blancas, chalecos, pantalones rectos. Mientras sonaba "Station to Station", la moda se volvió precisión.
Este periodo demuestra que Bowie sabía cuándo exagerar y cuándo contener. Entendía el poder del tailoring, de la línea limpia y del gesto medido. La elegancia aquí no era clásica: era inquietante.
Aquí aparece el ADN completo de Hedi Slimane: el traje afilado, la silueta seca, la masculinidad estilizada hasta el límite entre lo elegante y lo frágil. "El Duke" enseñó que el traje también puede ser una forma de provocación silenciosa.
Bowie usó la moda para expresar complejidad psicológica, no solo estética.
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Con "Let’s Dance", Bowie llegó al gran público sin diluirse. Sus looks se volvieron más accesibles, sí, pero nunca genéricos. Trajes amplios, colores sólidos y referencias al modernismo europeo construyeron una imagen exportable sin perder carácter.
Visualmente, esta etapa se construyó desde una elegancia relajada pero pensada. Trajes amplios, cortes suaves, colores sólidos y una silueta que dialogaba con el modernismo europeo y la estética 'new romantic' tardía. No había exceso ni teatralidad extrema, pero sí una claridad visual que convertía cada aparición pública en una lección de estilo controlado. El músico empezó a vestirse para el mundo, no solo para el escenario.
Este Bowie es fundamental para entender la relación entre moda y mercado. Supo leer el clima cultural de los años ochenta —la expansión del pop, el poder del videoclip, la imagen como producto global— y adaptó su estética sin traicionar su narrativa personal. Aquí la moda se volvió estratégica: menos confrontación directa, más precisión visual.
Es el Bowie que la moda admira en silencio: el que demostró que el estilo también puede ser funcional, exportable y comercial sin perder inteligencia cultural. Diseñadores que hoy trabajan entre identidad y mercado reconocen este equilibrio como uno de los momentos más sofisticados de su archivo.
En "Blackstar", David Bowie entendió algo que muy pocos artistas —y aún menos íconos de estilo— logran: que la última imagen también es una declaración estética. No hubo nostalgia, no hubo exceso, no hubo guiños obvios al pasado. Hubo control. La ropa dejó de ser protagonista para convertirse en marco, en estructura, en silencio visual que permitía que el mensaje respirara.
La estética de "Blackstar" se construyó desde la austeridad: trajes oscuros, camisas blancas impecables, botones cerrados, cortes limpios y una paleta casi monocromática. Bowie redujo el vestuario a lo esencial, como si entendiera que, llegado ese punto, el estilo no tenía que impresionar, sino significar.
Este Bowie dialoga directamente con el lenguaje del arte contemporáneo y con una moda que privilegia el concepto sobre el ornamento. Hay ecos claros de diseñadores como Rick Owens, que han hecho del negro, la forma y la repetición un manifiesto, pero también de una sensibilidad más amplia donde el vestir se vuelve casi ritual. "Blackstar" no es minimalismo estético: es conciencia narrativa.
Rick Owens ha construido toda una estética desde esta misma lógica: menos ornamento, más concepto. "Blackstar" no es minimalismo: es decisión.
David Bowie no es para imitar, es para interpretar. Su lección más grande no está en copiar looks, sino en entender el porqué detrás de cada uno. Cambiar cuando haga falta. Usar la moda como lenguaje, no como tendencia.
Hoy Bowie está más presente que nunca en la moda contemporánea: en la ambigüedad de género que sigue explorando Gucci, en el romanticismo oscuro que reaparece en colecciones post–McQueen, en la silueta afilada que aún define el 'menswear' de autor y en la idea de que vestirse es construir un personaje consciente.
Los grandes diseñadores lo saben: no se trata de repetir fórmulas, sino de construir un lenguaje propio que pueda mutar sin perder coherencia. Bowie lo hizo toda su vida, canción tras canción, look tras look.
Vestirse como David Bowie hoy no es usar plataformas ni maquillaje. Es atreverse a editarse, a mutar, a incomodar cuando haga falta. Porque el estilo real —como la buena moda— no se hereda: se trabaja… y eso es lo más cercano a Héroes que estaremos todos nosotros.
En la moda y en la vida real, "We can be heroes, just for one day", si nos atrevemos a cambiar sin pedir permiso.
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