Por alguna razón, que hoy escapa a mi memoria, recuerdo que mi madre me llevó a conocer el campus universitario; yo tendría en ese tiempo cinco o seis años. Me acuerdo perfectamente del majestuoso Estadio Olímpico Universitario, del impresionante edificio de la Biblioteca Central, de la Torre de Rectoría y de los hermosos jardines. Entonces, mi madre me preguntó: “¿Cuando seas mayor te gustaría estudiar en la UNAM?”; aún deslumbrado por lo que veía, le contesté: “Sí”, sin imaginar que esta sería mi casa no por muchos años, sino de toda la vida.

Mi bachillerato lo cursé en el CCH Oriente y después entré a estudiar la carrera de Ingeniería Civil en la Facultad de Ingeniería, en Ciudad Universitaria. Durante mi época de estudiante trabajé en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en el Centro de Procesamiento Nacional; me dedicaba a vigilar causantes mayores. Al término de la carrera, decidí buscar un trabajo relacionado con la misma y lo primero que se me ocurrió fue ir a la bolsa de trabajo de la Facultad. Entre las ofertas había una del Instituto de Ingeniería, en el área de Instrumentación Sísmica, a donde ingresé el primero de septiembre de 1984. Paralelamente a mi actividad laboral, realicé tanto la maestría en Mecánica de Suelos como el doctorado en Ingeniería, ambos en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

Un año después de mi ingreso al Instituto, el 19 de septiembre de 1985 a las 07:17 de la mañana, ocurrió en Michoacán el catastrófico temblor de magnitud 8, que

derrumbó y dañó una gran cantidad de estructuras y produjo un saldo de diez mil personas fallecidas. Lo anterior marcó mi vida personal y profesional, y consideré que, desde mi área de desarrollo, debería contribuir a mitigar el efecto del fenómeno sísmico. A partir de entonces, mi actividad se centró en impulsar y ejecutar proyectos que permitieran mejorar la cobertura de registro sísmico, no sólo en la Ciudad de México, sino también en áreas expuestas a un peligro sísmico mayor o en otras que, sin tenerlo, pueden resultar seriamente afectadas.

En 1990 fui nombrado coordinador de Sismología e Instrumentación Sísmica del Instituto, lo que me permitió conjuntar esfuerzos para expandir la red de Registro de Temblores Fuertes a lo largo de la costa del océano Pacífico; reforzar la instrumentación sísmica de la Ciudad de México; colocar redes sísmicas locales en las ciudades de Acapulco, Oaxaca, Puebla, Guadalajara y Colima; así como instalar infraestructura de observación sísmica en edificios, puentes, presas, el Sistema de Transporte Colectivo (Metro), un relleno sanitario y una tubería enterrada del sistema Cutzamala, entre otros.

Con el transcurrir de los años, participé en acciones que permitieron consolidar el proyecto de la Red Sísmica Mexicana, en el que participan la UNAM (por medio de sus institutos de Ingeniería y Geofísica), el Centro Nacional de Prevención de Desastres, el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico A. C., y diversas instituciones educativas que operan redes de registro sísmico.

Actualmente, México cuenta con una mejor infraestructura para observar y estudiar el fenómeno sísmico, lo que quedó demostrado durante la ocurrencia del temblor

del 19 de septiembre de 2017 (M7.1), el cual ha sido el sismo mejor registrado en la historia del país.

Con mirada retrospectiva, reconozco que he sido un privilegiado al poder servir a la Universidad de la Nación y agradezco el positivo impacto que he recibido de mi Casa de Estudios en todos los aspectos de mi vida. Lo anterior también me ha hecho valorar y reconocer la importante labor que durante treinta y tres años ha realizado la Fundación UNAM, cuyas actividades son un enorme apoyo para todos esos niños y jóvenes que, como yo, alguna vez tuvieron el sueño de ser parte de la UNAM.

Técnico académico titular C en el Instituto de Ingeniería de la UNAM

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