Nadie puede venir a contarme, porque yo lo viví, yo estuve ahí, yo fui parte del fenómeno.

El ritual era sencillo: esperar a que anocheciera, prender el televisor, poner el juego en la consola, apagar las luces y estar horas tratando de sobrevivir en Racoon City.

Si claro, llegué tarde a esa fiesta: el juego original era de PlayStation y salió en 1996. Nunca tuve la consola de Sony, y aunque en 1999 finalmente llegó a Nintendo, tampoco tenía un Nintendo 3DS, esperé hasta 2002 para jugarlo en mi flamante y hermosa Game Cube.

Las noches de juego eran alucinantes, Resident Evil era de esos juegos que se asemejaban a una tortura: difíciles, terroríficos, angustiantes, pero a la vez emocionantes y retadores. ¿De qué trataba? Un grupo de élite llegaba a una vieja mansión a rescatar a un equipo anterior que nunca regresó, y pronto descubrimos por qué: el lugar estaba atestado de muertos vivientes, o sea, de zombies.

El giro de tuerca es que, mientras avanzabas entre las decenas de habitaciones buscando pistas, encontrando armas y combatiendo monstruos, poco a poco te enterabas que en realidad fue una corporación, llamada Umbrella, la responsable de la infección zombie a causa de un virus que ellos mismos crearon y que se les salió de control. Todo esto sucedía en una mítica ciudad llamada Racoon City.

Las adaptaciones a cine de este videojuego fueron múltiples, olvidables a nivel de crítica, pero memorables como una pieza pop: Milla Jovovich se convirtió en una heroína de acción.

Bienvenidos a 2026. Luego de dos estupendas cintas de terror - Barbarian (2022) y Weapons (2025) - el director y guionista Zach Cregger anuncia que ha filmado una nueva adaptación de Resident Evil. El asombro fue instantáneo, ¿qué hace Cregger dirigiendo una franquicia?, y peor aún, ¿de un videojuego?

Luego vino el hate de los fans, quienes -sin ver la película terminada, pero luego del primer trailer- crucificaron a punta de comentarios en redes al director, ya que al parecer no había uno solo de los personajes de los videojuegos. Y peor aún, pecado capital: la película al parecer tenía humor.

Cregger y Sony aguantaron lo más posible el embate, y la versión final de la cinta ha llegado a cines. Olvídense de todo lo que hayan visto del género este año: Resident Evil no solo es la mejor adaptación de un videojuego a cine, es también la mejor película de terror de 2026.

Cregger lo ha hecho otra vez.

Bryan (extraordinario Austin Abrams) es un repartidor que trabaja llevando de un hospital a otro órganos para trasplante. Una noche nevada, Bryan termina su última entrega, pero una doctora le ofrece hacer otra entrega. “Es en el otro sector, la paga es doble”. Bryan acepta. El aspiración donde debe entregar el paquete está en Racoon City.

No hay mucho más que explicar. Bryan irá de un punto A a un punto B tratando de llevar el importante paquete en sus manos (que no sabe qué contiene) pero en el camino se encontrará, poco a poco, con toda clase de monstruos, zombies, infectados, llámese como quiera, pero todos son alucinantemente terroríficos.

En apariencia sencilla, la película en realidad derrama cine por todos lados: en su pulcro guion lleno de momentos de tensión, de humor y de mucho espanto; en el alucinante manejo de cámara (emocionante Dariusz Wolski) que lo mismo emula por momentos el punto de vista clásico de un videojuego (típicamente de un shooter), a la mirada que explora las habitaciones oscuras, vacías (?) y tenebrosas que el protagonista se ve obligado a recorrer; el perturbador diseño de producción que crea bestias por demás asquerosas en ambientes que inevitablemente se vuelven sangrientos; en la sensacional banda sonora que inyecta emoción e incluso nostalgia por la música (repetitiva, electrónica) de los videojuego, y en la sorprende actuación de Austin Abrams, quien con sutil precisión pasa del humor al horror sin problema alguno. La ingenuidad y torpeza del personaje de Abrams resultan esenciales para que la película camine sin resultar ridícula.

El repartidor es en realidad todos nosotros, los gamers que nos acercamos por primera vez a Resident Evil, que moríamos una y otra vez, que éramos torpes en el uso de armas y en general en la mecánica del juego, que nos obligaba a seguir intentándolo una y otra vez.

Cregger entiende que lo que importa al adaptar un videojuego al cine no es la historia: es recrear las atmósferas y la emoción que el juego provoca. El director logra esto con creces, haciendo una mezcla, visceral y efectiva del survival horror, del body horror, con varios clichés del videojuego usados aquí con gran humor.

Humor, algo que los “fans” del juego no le perdonan a Cregger. Al parecer ser videojugador y ser insufrible es lo mismo.

Fiel a su estilo, Cregger no oculta sus influencias. Si en Weapons había claros trazos provenientes de Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), Resident Evil claramente podría ser un remake en clave de horror de Afterhours (Martin Scorsese, 1985), con criaturas inspiradas en The Thing (John Carpenter, 1982), una pizca de Die Hard (John McTiernan, 1988), y un final que remite irremediablemente a The Substance (Coralie Fargeat, 2024).

Cregger entrega, bajo la fachada de una película de franquicia, una de las experiencias dentro del género de terror más divertidas, emocionantes y perturbadoras en años. A los 10 minutos de iniciada la cinta, el hombre ya nos ha hecho gritar, para un segundo después provocar un silencio absoluto de la sala. ¿Cuántos directores son capaces de algo así?

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