En los 84 cuadernos que conforman el diario personal que escribió desde los 11 años hasta el final de sus días, Salvador Elizondo deja constancia de su vida personal, pero también plasma los episodios del mundo, de personajes de la vida nacional e internacional, “va comentando el movimiento del 68, la guerra de Vietnam, la guerra de las Malvinas y otros grandes acontecimientos; recorta noticias del periódico y los pega en el diario, hay muchas fotos de mujeres, dibujos que él hacía, acuarelas fantásticas”, asegura Paulina Lavista, su viuda y heredera del archivo personal del escritor que desde el año pasado está depositado en la Universidad de Princeton.
Antes de morir, el 29 de marzo de 2006, Elizondo estableció con su compañera por más de 37 años, que el contenido total de su diario personal no fuera publicado hasta pasados 20 años de su muerte, para no herir susceptibilidades. Mañana se cumple el plazo, y si hallan un editor, las más de 40 mil hojas de los diarios del autor de Farabeuf o Crónica de un instante podrían llegar a los lectores para que descubran el universo literario de quien es considerado uno de los escritores más innovadores de México y una voz fundamental de la literatura experimental en lengua española del siglo XX.
“En los diarios está todo lo que a Salvador le impresionaba de la vida en general. Eso será muy fascinante, porque la gente que los lea, va leer una especie de reflexión de la historia del mundo, de las guerras, le impresionaba ciertas cosas que pasaban, el mundo literario, por supuesto. Todo eso lo va chismeando, entonces estos diarios se prestan para el voyerismo y para el chisme”, dice la fotógrafa y columnista de EL UNIVERSAL.

Paulina Lavista, junto con el arquitecto Felipe Leal, organizaron el pasado miércoles en El Colegio Nacional el Homenaje a Salvador Elizondo. El impacto de Farabeuf a 60 años de su aparición, que reunió tres fechas significativas en la vida literaria de Salvador Elizondo: los 60 años de la publicación de Farabeuf —salió en noviembre de 1965—; el aniversario de su cumpleaños —el pasado 19 de diciembre hubiera cumplido 93 años— y su 20 aniversario luctuoso.
La conmemoración incluyó una conversación con Georgina García Gutiérrez y Javier García-Galiano, y sobre todo una exposición sobre Farabeuf, que tiene como primera pieza una fotografía de gran formato donde Paulina Lavista instaló los 84 cuadernos de los diarios de Salvador Elizondo, que además fueron enteramente fotografiados, antes de enviarlos a Princeton, y que permiten a los espectadores vislumbrar el universo que el escritor dejó en su literatura más íntima.
“Princeton es el mejor lugar que puede tener la literatura”, asegura Lavista, y agrega, “creo que Salvador habría estado muy contento de que su obra se haya resguardado en Princeton, junto a sus grandes escritores. Sobre todo, sus cuadernos que son realmente, cada uno, una obra de arte porque entre líneas él hacía unos dibujos fantásticos. Por todas las vocaciones que tuvo Elizondo, primero quiso ser pintor, colgó los pinceles, pero nunca los dejó. Esa primera vocación de alguna manera permaneció en sus intereses y siguió pintando. Y justamente los diarios, y la exposición tienen una sección de dibujos de Elizondo, acuarelas”.
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A 20 años de la muerte del autor, Farabeuf o Crónica de un instante, su obra más emblemática, está viva y vigente, y acaba de salir una edición conmemorativa hecha por Joaquín Mortiz; y sus diarios personales son una obra casi inédita que ya está digitalizada y se puede consultar en las Colecciones Latinoamericanas de la Biblioteca de la Universidad de Princeton en el fondo Documentos de Salvador Elizondo 1945-2006. Pero que Paulina Lavista quiere publicar íntegramente o al menos fragmentarlos en etapas como los Noctuarios y Diarios de muerte, que son una “explosión de vida”.
“Es una serie que quiero llamar Ictus, quiere decir el momento en que arranca algo, en música quiere decir que empieza la obra, son los cuatro últimos diarios, son diarios de vida, o sea, de cuando en 2003 lo diagnostican con cáncer y muere en 2006, esos tres años son una explosión de vida. Los diarios tienen 450 páginas de escritura y dibujos. Usted dice, "este hombre es un amor a la vida. Yo creo que voy a empezar a publicar los diarios de muerte porque son realmente un canto a la vida”, afirma Paulina.
También celebra los cuadernos 72 y 73 que dice, son una joya, porque explota en una serie de dibujos a acuarela. “Vienen los dibujos que hace de El llano en llamas, fantásticos y hace reflexiones sobre Rulfo, él lo admiraba muchísimo, su literatura le fascinaba”, apunta.
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Cuenta que a Princeton mandó 83 cuadernos, pues se quedó con el primer cuadernito de Elizondo a los 11 años, porque son apuntes de un niño, canciones o pequeños poemas; mandó también los cinco Noctuarios, correspondencia, manuscritos, mecanuscritos, seis o siete álbumes de notas periodísticas que hablan de él y su obra. Y aún les está preparando un álbum de fotos. “Mandé muchas cartas y otros papeles, y todos sus libros que no tenían, traducciones”.
La fotógrafa dice que Elizondo era un hombre muy meticuloso y ordenado que dejó mucho de su archivo organizado; “él hizo sus propios scrapbooks”, dice, y agrega que además de los diarios los cinco cuadernos de Noctuarios son muy valiosos y están casi inéditos, pues sólo hubo un primer tomo que editó Atalanta en España. “Salvador decía que se pensaba diferente de noche que de día. Decidió, a cierta edad, acostarse temprano para escribir en la noche sus imaginaciones y son unos diarios diferentes, donde inventa historias que se le ocurren y tiene recuerdos fantásticos”.
Y que los diarios también contienen muchos de sus textos que nacieron ahí. “Dice: ‘Se me ocurrió un cuento’ y lo escribe o lo esboza en el diario. Hay veces que el diario se convierte en el cuento”, dice Lavista, quien señala que a Princeton mandó otro grupo de materiales muy importantes: “Mandé los 19 cuadernos de borradores. Ahí está el gran Elizondo. Esos borradores él no corrige, es un escritor de páginas escritas a mano y casi nunca tacha. Es decir, va el texto como lo pensó, a la prima, como hacía Velázquez. Escribe el impulso del cuento, eso es increíble, es lo más extraordinario, la perfección de su escritura. Esos 19 cuadernos también se fueron a Princeton. Ahí está toda la génesis de la elaboración de sus cuentos. Casi no hay correcciones”.
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Lavista compartió “37 años, tres meses y 10 días” de vida con Salvador Elizondo. “Fue una relación muy linda, cultural, nos retroalimentábamos. A los dos nos gustaba la ópera, yo sabía un poco de literatura y él me leía a Sor Juana, a San Juan de la Cruz. Me enamoré mucho de su mente, de su potencia y sobre todo de su gran sentido del humor. Pocos escritores ha habido tan entusiastas de su propia vocación. Le encantaba escribir. Era su fuerte. Tenía muchas plumas fuente y había que comprarle las Montblanc y todas esas cosas. Era muy imaginativo, muy cuidadoso en su trabajo, tenía un gran entusiasmo por la vida, amaba a México. No he conocido una persona así, y para mí fue una aventura. A esta edad me mantiene viva sólo el recuerdo de haber vivido con él”, dice Lavista con admiración a su esposo y autor de Elsinore: un cuaderno, El hipogeo secreto, El grafógrafo y Cámara lucida.
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